Esquivar un charco parecería algo
simple, si la atención estuviera puesta en el camino, o algo no tan simple, si
la distracción dominara los sentidos. También existe el no evitarlos, pero
ello, ya es un juego de la infancia. Mi investigación busca desentrañar los profundos
aspectos colaterales del persistente charco y del sujeto experimental –para
quien no he hallado otro que a mi propia persona-.
Habiendo dado unos cincuenta
pasos, metí el pie en lo profundo de un charco y mi zapato demostró una
incapacidad total a la flotación. Mi espíritu sorprendido impulsó a mi cuerpo en
gracioso brinco, cual salto de corista tratando de elevarse, con la sutil
diferencia del estrepitoso amarizaje. No existía otro destino que acabar sentado
sobre el centro de esa laguna, brevemente profunda como para no causar mi ahogo,
pero lo necesariamente imprudente como para humedecer hasta mi espíritu.
La cualidad de los charcos es que
suelen desvanecerse en un breve tiempo pasadas las lluvias, pero este parecería
profanar esa ley natural y caprichosamente estaba decidido a prolongar su
existencia; pues, cual milagro divino ese casual charco, con pretensión de
laguna, había mutado en colosal océano. Aunque no he visto cetáceos
navegándolo, un verdín copioso -de un furioso verdor- daba cuenta de su posible
formación en el cretácico -sin lugar a duda está habitado por monstruos
marinos-. Su extensión, sin exagerar y aplicando las proporciones pitagóricas, lo
asimilan a un mar interior continental.
Mi espíritu, que recordaba ese
físico muscular de mi adolescencia, no había recibido memo notificando los
cambios corporales del sujeto experimental que habita en un escritorio en el
Ministerio de Salud. Por ello, antes de
realizar cualquier esfuerzo dedicado a incorporar mi cuerpo a su estado
anterior al gracioso vuelo y posterior amarizaje, revise mis partes y, dado mi
gran porte espiritual, busque algún ser marino que pudiera haber quedado bajo
ese porte. Sin duda, por el agudo dolor, allí donde el espíritu termina, daba
cuenta de haber caído seguramente sobre un pez espada.
Al tratar de incorporarme, con la
mayor dignidad que me era posible, resbalé, ayudado por aquel verdín, girando
en graciosa voltereta cual delfín en acrobacia perfecta culminando en un
salpicar destinado a mojar a un expectante público. La experiencia ha
aterrorizado a mi espíritu, que busca recordar aquellas clases de nado de mi
infancia, esfuerzo de una madre por criar un hombre que no temiera a los mares
y sus monstruos. Mi espíritu indomable ya daba cuenta que algo había sucedido con
aquel esbelto cuerpo adolescente del que tanto orgullo sentía. Pero ante tal
tragedia, cual cobarde capitán que no desea morir con su nave, lo he visto
abandonar por un instante mi cuerpo.
Ya con mi espíritu de regreso tomé un instante para evaluar mis acciones realizadas, sus efectos adversos y posterior planificación de rescate, basado en el aprendizaje de los errores. Con resiliencia en mano retomé la misión de abandonar ese embravecido océano. Giré mi cabeza buscando costa posible a la que pudiera arribar, tal vez, con la generosa ayuda de ese niño, que por algún chiste que le ha venido a la memoria, reía a carcajada suelta.
Mi rostro surcado por gotas de
agua que no terminaban de manar, de un olor nauseabundo, determinaban la
urgencia de ser rescatado. Llamé al niño alzando mi brazo y sacudiendo mi mano
en busca de un auxilio no conseguido. Pues, ese jocoso niño abandonó el lugar
dejándome, a mí y mi espíritu, a la misma soledad de Robinson Crusoe.
Acongojado por mi injusta
apreciación veo al niño acercarse, con presuroso paso y portando carcajada a
flor de piel, acompañado de un adulto -seguramente padre, tutor o familiar-,
quien sin disimular una emotiva alegría, extendió generosamente su mano, la
cual tomé, como quien sabe su inevitable descenso a las profundidades del hogar
de Poseidón, para ser extraído cual pez que ha devenido en pescado.
Agotado por las emociones de tan
abrumadora experiencia, pero sin olvidar que he sido seleccionado como el
sujeto de tan noble experimento, y luego de haber procedido a los
correspondientes agradecimientos y saludos, he retomado mi camino sin otro
destino en el devenir de mis pasos que repetir este singular experimento.
Por Pablo A Bevilacqua – nobloyan@gmail.com
Enero, 2023
