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sábado, 11 de abril de 2026

La mujer del vestido rojo

La casa está en un lote cubierto por Araucarias y Olivos que se extiende hasta el lago. Carmen por las
mañanas suele caminar por su orilla al calor de los primeros rayos del sol con la esperanza que el día continúe y Dora prefiere despertar cuando el día superó las primeras luces del amanecer, teme que el sol se extinga. Ellas suelen sentarse en el jardín a leer y escribir, aunque aún se sufren los olores y se teme por la oscuridad que ha dejado la guerra.

—Recién me llamaron de la Comisaría, quieren hablar conmigo. Voy para allá. —Le avisa Carmen a Dora.

—¿Estas segura? porque “Tuve un sueño, que no será del todo un sueño, el brillante sol se apagaba, y los astros vagaban apagándose por el espacio eterno, sin rayos, sin caminos, y la helada tierra oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna”. —Dora mientras la acompaña a la puerta no para de hablar. —¿Llevás ropa?, entras por unas preguntas y las respuestas te cierran las rejas. —Carmen va hacia la calle y Dora le grita desde la puerta— ¡Pedí un abogado!, ¿escuchaste? —Carmen levanta la mano como afirmando y saludando.

Carmen y el Sargento Lord están sentados en el despacho del Comisario. Paredes blancas recién pintadas, sin ventanas, dos armarios y una caja fuerte. Resalta la ausencia de sentimientos entre tantos libros que hablan de justicia. Las preguntas y respuestas enlazan más que de unir pistas y Carmen comienza a disfrutar de su condición de testigo.

—¿Voy a necesitar un abogado?

—No lo creo. —Le responde el Sargento Lord riendo. —Trate de recordar algo más.

—No sé, dejame ver. Recuerdo haber visto una mujer que no era de aquí, no muy distante de casa. Creo que fue por el bosque, en verdad no lo recuerdo bien. Usaba un vestido rojo y aquí nadie usa un vestido rojo para evadir los recuerdos de los tiempos de la guerra, parecía una mujer joven, pero yo estaba a unos 100 metros. ¿Por qué le interesa tanto?

—La estamos buscando y al parecer usted sería la última en haberla visto.

—¿La buscan por algún hecho?

—Podríamos decir que si, aunque no podemos darle ningún detalle.

—Yo le decía a Dora que esa mujer parecía rara. Muy delgada, como consumida por el hambre. Caminaba extraño como si un dolor agudo por el hambre se hubiera instalado en sus entrañas y sus pasos eran errantes como si el sol se hubiera apagado y no existieran caminos.

—Pero, ¿No la vio a unos 100 metros? ¿Cómo pudo observar tantos detalles?

—¿de quién?

—De la mujer.

—Eso es lo que le decía a Dora y también a ella le pareció raro que usara un vestido rojo. A veces el Dr. Samuel trae alguna acompañante desalineada, pero nada como esta mujer. Pero no me mal entienda, lo veo en sus ojos, Dora no es esa mujer, ni tampoco las amigas del Dr. Samuel. Ella es mi amiga, me refiero a Dora, no las que trae el Dr. Samuel, solo se parecen porque comparten su gusto por el color rubio del cabello, siempre se tiñó de rubio, creo que desde que nació, vos me preguntás por una mujer morocha.

—Gracias Señora Íñiguez.

—Dora me dijo que antes que me encierren puedo hacer un llamado y que diga que quiero un abogado.

—Señora Íñiguez … ¡por favor!

—Querido, si voy a pasar un tiempo en la comisaría tras las rejas puedes llamarme Carmen.

—Le agradezco su ayuda, puede irse. ¡Pero no deje la ciudad! —no pudo contenerse el Sargento Lord y le respondió imitando a un policía de serie de TV.

La casa de Carmen se encuentra a dos kilómetros de la comisaría atravesando el bosque, cerca de la costa del lago.

—¿Estás Dora? —Grita Carmen mientras abre la puerta de su casa.

—Si, ¡Evitando que el hambre se instale en nuestras entrañas! —Dora levanta la voz todo lo que puede para que Carmen la escuche.

—Pregunto por si estás con un muchacho. ¡No quisiera ver! —Carmen le responde asomada desde la puerta de entrada.

—¿Qué muchacho? Si se han ido muriendo todos. Este pueblo ya se parece a el planeta de las amazonas. —Dora grita desde la cocina, hasta que la ve entrar y sigue algo enojada prestando atención a lo que está cocinando.— No me llamaste. Estaba esperando que me llames por si necesitabas un abogado. El Dr. Samuel es el mejor y esta semana está en su casa. ¿Te llevaron a la sala de interrogatorios?, te pregunto porque siempre andás con esa cara de culpable.

—No, fue una entrevista con el Sargento.

—Le llaman entrevista, pero siempre es un interrogatorio. Sin equivocarme te puedo decir que la silla y la mesa eran de metal para que sintieras el frio de la justicia. Seguramente sin ventanas, paredes grises que apagan la luz, que mutan los sentimientos en impiadosos razonamientos retorcidos y solo para salir de ahí dices cualquier cosa. ¿Qué te hicieron firmar? Ya le mando un mensajito al Dr. Samuel, te va a decir que hacer.

—Dora, ¡basta! Estoy bien. Me puse nerviosa al principio con tanta cosa que me metiste en la cabeza. El Sargento Lord me invitó a la oficina del Comisario. Fue muy amable.

—Claro, el policía bueno.

—¡Dora! —Carmen hace un instante silencio para tomar aire y se sienta. —Recién cuando llegué a casa pude tranquilizarme. Me preguntaron por una mujer morocha, esa que te conté que vi hace unas semanas.

—¿La mataron? —Dora deja lo que esta haciendo y corre a la mesa para sentarse frente a Carmen esperando una gran historia.

—No. La están buscando.

—¡Aburrido! Si no hay occisa no hay intriga. Justo que esperaba que pasara algo para contar en el grupo de “las solitarias”.

—Tus amigas son terribles.

—Querida, trae hombres al pueblo y cambiaremos el nombre del grupo. —Comienzan a reír juntas. Dora de repente deja de reír y sigue con pesar— Se siente la soledad y el frio de la cama que debo calentar yo sola.

—Cuando pudiste tenerlos los echaste y ahora que no están los queres traer.

—Eran otros tiempos, parecía que todo era eterno. Que la soledad no existía, que amar era una cuestión que no era necesario aprender a hacerlo, que se daba solo … y … pasó … el tiempo pasó … luego la guerra … la oscuridad … la muerte … y ahora sola. —Habla mientras hace cosas en la cocina sin orden ni razón, como si tratara de encontrar algo.

—El Sargento tiene unos 40 años, no es muy guapo pero parece un buen muchacho.

—¿Cuándo viene Pablo? —Dora sigue dando vueltas en la cocina mientras continúa con la charla, se siente triste.

—Dijo que podría llegar la semana próxima. Está esperando al transbordador pero con el clima de tormentas están restringidos los viajes de ascenso y descenso.  

—¿Vendrá con los niños y su mujer insoportable? —sigue la conversación poniendo la mesa para el almuerzo.

—Esperemos que sí. Amalia no es insoportable, le cuesta adaptarse, somos algo intensas con Pablo y los niños, como si le robáramos su lugar. No podes siempre imaginar que ella extingue al sol.

—No me imagino nada, ella oscurece todo lo que la rodea y siento que devora mí energía.

—Es que es joven aun y no puede comprender la soledad. Tal vez, tiene miedo al vernos, miedo a vivir en la misma soledad. El trabajo de Pablo siempre lo aleja y ella debe imaginar su ausencia eterna y al vernos supone un futuro de soledad que quiere evadir.

Dora al poner los vasos sobre la mesa los golpea contra esta.

—No todas las personas merecen tu compasión, algunas han decidido ser difíciles y no hacer ningún esfuerzo para cambiar. Amalia es una de ellas y tu hijo ha visto algo en ella que yo no veo, o es ciego o yo me he vuelto una vieja insoportable. Sí debo admitir que ha criado muy bien a esos niños.

—Solo estarán dos semanas, como siempre. Ahora tenemos que ocuparnos por armar el puesto en la feria, todos llegarán a partir del próximo viernes. Tenemos mucho que preparar.

La noche llega y el miedo a la oscuridad se va alejando con cada nuevo amanecer.

—¡Buenos Días! —Saluda Dora entrando a la cocina mientras Carmen está preparando el desayuno.

—Buenos Días Dora. No sé qué hacer, hoy salí a caminar por la playa y volví a ver a la  mujer del vestido rojo resaltado por los primeros rayos del sol, muy parecida a la que está buscando la policía. ¿Debería llamar al Sargento Lord?

—¡Llámalo! Tal vez, entre interrogatorios puedas tener una aventura. —Dora se sienta en la mesa riéndose.

—Sigue riéndote, yo voy a tener una aventura y tu deberás caminar por el bosque sin senderos hasta que yo despida a mí amante, ja ja.

—¡Llamá al Sargento Lord!. Esta situación es rara. Yo anteayer también vi a una mujer parecida caminando hacia el bosque.

—Mirá Dora, un mensaje de Pablo. Ya aterrizaron. Vienen el viernes. Deberé dejar la aventura con el Sargento Lord. —Ambas comienzan a reír.

Carmen y Dora entran en la comisaría.

—Buenos días, Señora Iñiguez en qué la puedo ayudar. —Las recibe el Sargento Lord.

—Buenos días, ella es mi amiga Dora. Vimos a una mujer muy parecida a la que está buscando.

—Vengan por aquí, por favor siéntense. —El Sargento las lleva hasta la oficina del Comisario.

—¿No tienen un lugar más agradable para charlar? —Pregunta Dora.

—No, la otra sala es la de interrogatorios con sus sillas y su mesa de metal frio. ¿Tal vez la prefieran? —Responde el Sargento Lord sin emociones, con una voz apagada.

—Estamos bien aquí. —Interviene Carmen anticipándose a Dora.

La charla continúa sin mayores predicciones que las observaciones vagas de Carmen y Dora.

—¿Por qué la buscan? —le pregunta Dora

—Es una Errante.

—Una qué —pregunta Carmen.

—Son personas que no han podido salir de la oscuridad que dejó la guerra, no sienten al sol, sus rayos, se imaginan en un planeta helado sin caminos y vagan hasta encontrar a otro Errante y al verse mueren de su espanto mutuo. —respondió el Sargento Lord abandonando su mirada en una foto de una pareja colgada en la pared.

—¿Quiénes son? —Le pregunta Carmen con tono de madre, mientras Dora se levanta caminando hacia la foto.

—¿Es ella? —Dora se pregunta para sí misma— es ella con su vestido rojo y su cabello negro —repite en voz alta— ¿Es ella? —le pregunta al Sargento Lord.

Él guarda silencio, con su rostro apagado, como si los sentimientos hubieran sido sepultados. Entonces Dora mirando la foto dijo

—“Los rios, lagos y océanos estaban quietos, y nada se movía en sus silenciosos abismos” —se detuvo un instante y se volvió hacia ellos que seguían sentados— La estás cuidando, ¿Por qué proteges a una Errante?

—Ese fue el último día que la vi —mirando la foto—, fue el día de la guerra, el día de la oscuridad. Es mi esposa y no quiero que la guerra que me arrebató mí humanidad dentro de esa sala de interrogatorios me la arranque también a ella. Se que un día el sol volverá a irradiar energía para ella y sus rayos la iluminarán y su ser recuperará su calor.

Carmen y Dora se fueron de la Comisaría hacia su casa. En el camino la volvieron a ver. El viernes llegó pronto junto con Pablo, Amalia y los chicos.

La mañana del sábado Dora y Carmen disfrutan del bullicio de la familia, el Sargento Lord está sentado leyendo al lado del quincho y los chicos jugando en el jardín entre los rayos de sol que se colaban entre las hojas de las Araucarias y los Olivos.

—Abuela, hay una mujer con un vestido rojo encerrada en el quincho. ¿Quién es?

Carmen gira su cabeza hacia el quincho y murmura— Solo un sueño, que no es del todo un sueño … un anhelo que quiere ser esperanza … la espera de un nuevo sol.



#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Abril 2026

nobloyan@gmail.com


domingo, 27 de julio de 2025

Otra Historia, ¡So Long?

 

Traer los recuerdos de Lello, de nuestra adolescencia, es volver a casa, a aquel living con algunos cuadros pintados con acuarela y otros con fotos de tiempos pasados, la gran ventana que lo iluminaba, el sillón de 3 cuerpos en el centro mirando hacia la ventana con una mesa ratona haciendo juego y otro de un cuerpo con su velador de pie al lado de la ventana.

Lello sentado leyendo en el sillón individual con su luz siempre encendida del que se había adueñado desde aquel día que pudo treparlo, mientras nosotras vivíamos nuestra adolescencia desde el sillón grande pasando horas sentadas hablando de mil cosas o jugando a nuestros juegos adolescentes y cuando menos lo esperábamos Lello interrumpía con alguna ocurrencia.

No recuerdo ya los años que han pasado, ¿fueron 20?, algo así. Ya había olvidado ese olor tan particular y lo incómodo que era el sillón que creíamos tan cómodo. Pensábamos que no había nada igual más allá de la puerta. No puedo dejar de recordar a Lello leyendo en su sillón al lado de la ventana y de repente su voz:

—Sunthorn Phu nació en 1786 en la provincia de Chango Wat Rayong en Tailandia. ¿Estás escuchando Sheila? No encuentro como traducir el tailandés, ¿A quién se le ocurre comprar un libro que jamás podremos leer? Dile a tu novio que tiene olor a cigarrillo, lo siento desde aquí, me distrae.

Nunca le habló a Richard y al final tuvo razón, no valía la pena hablarle, sólo se escuchaba a sí mismo. Tardé en aceptarlo, al final lo eché. Pero era lindo. Creo que lo que más odió ese día que le abrí la puerta para que no volviera fue que no pudo ser el primero.

—Hace una semana que no viene el cigarrillo con la persona que lo sostiene. —Fueron las últimas palabras que Lello dijo de Richard, no las pude olvidar.

Lello, tenía razón, tuvimos que lavar el sillón para sacarle ese espantoso olor a cigarrillo. Todavía recuerdo su tono despectivo, cuanto me hacía reír y sufrir. Aunque deba ser así, despedir duele. Lello me enseñó a no dejarme traicionar.

Hoy imagino que toda nuestra vida transcurrió en ese sillón. Tal vez porque en la memoria sólo guardamos aquello que consideramos importante aunque no lo sea.

—¡Mamá! … ¡Mamá! … ¡Mamá! Están matando al sillón de angustia, —Gritaba Lello porque con …, ¿Cómo era su nombre? ah sí Lucio, con Lucio rotamos el sillón— sólo puede ver la pared, el sol ya no lo ilumina y me ocultaron la vida que allí ocurre.

En cuanto entró mamá, Lello la miró como buscando complicidad y luego me miró y no tuvo más ocurrencia que recitar un tango:

—“Quién sos, que no puedo salvarme, muñeca maldita, castigo de Dios … Ventarrón que destroza en su furia un ayer de ternuras, de hogar y de fe… Por vos se ha cambiado mí vida …“ Discépolo ... Dis .. cé ... po ... lo ¿Entendiste?

Ese día no volvió a mencionar el nombre de Lucio y supe que también había terminado su tiempo en el sillón. Esa tarde abrí la puerta para que la cruzara por última vez. El sillón volvió a mirar hacia la ventana.

No sé cómo podía tener tanta memoria. Ese tango, que poco después supe que se llamaba Secreto, lo habíamos escuchado con Lello en un podcast que puso esa mañana. Siempre escuchaba podcast por la mañana de 7 a 8 con el desayuno los Martes, Miércoles y Jueves.

Sólo en el desayuno se sentaba en el sillón grande, siempre creí que era porque podía apoyar la taza y el plato en la mesa ratona, aunque la razón era otra, lo supe una mañana que le dije:

—No soporto más ese podcast, por qué no vas a tu sillón, sólo estás aquí para usar esta mesa.

—No, no es así Sheila. Si quisiera desayunar en mí sillón pondría la mesita portátil, pero no estaría con vos, estaría solo.

Lello era un universo extraño de vivencias que hacían verte lo más importante, todo aquello que sólo valía conservar, abrazar y disfrutar.

Él nunca se sentaba en el sillón grande cuando estaban mis amigos. Tampoco permitía que ocuparan el suyo.  Nunca nos dijo por qué dejó a Luis sentarse en su sillón y leer sus libros. Como si conociera el futuro, como si viera dentro de nosotros todo aquello que nosotros no éramos capaces de ver. Finalmente, me casé con Luis. No tengo dudas que Lello lo eligió.

—Es él. No busques más, ahora podes dejar el sillón y salir por la puerta acompañada. —Si me preguntan qué no podría olvidar, fue ese día. Estábamos con mamá, Lello y yo sentadas en el sillón, fue un miércoles, y Lello escuchaba su podcast. Le contaba a mamá sobre Luis y que me parecía que él era alguien distinto, entonces Lello silenció el podcast y sólo escuchó nuestra charla. Creo que sintió que dudaba demasiado y sólo lo dijo.

Él también tenía esos días que no sabía cómo vivirlos. No era fácil ayudarlo, se protegía de todo lo externo, porque desde afuera llegaba aquello que encendía su dolor.

—Hay personas que se van sin avisar. ¡No está bien!. Uno no puede sólo estar aquí sin saber si no regresan porque se cansaron de uno o que uno por su franqueza los hizo enojar, ¿por qué irse y cerrar la puerta para no volver? ¡siempre espero su voz con tanta alegría!. Si no los quisiera no notaría su ausencia, pero la noto … hoy tampoco escuché su voz llegando a la puerta, entonces  ¿no volverá a abrir la puerta? —Fue la primera vez que vi correr lágrimas por el rostro de Lello. Martha, nuestra abuela, tenía una conexión especial con nosotros y especialmente Lello con ella. Fue cuando falleció. Lello no dijo nada por dos semanas, tampoco escuchó podcasts. El dolor en él se mostraba de una forma particular; por un tiempo se ausentaba, estaba allí y no estaba.

Los primeros días disfruté de ese silencio, dije: —¡por fin! —Luego me odié por mí satisfacción. Me faltaba la voz de Lello y comencé a percibir la profundidad de su dolor.

—¿Esperas que diga algo Sheila? ¿Por qué? el sillón grande está lleno de lágrimas y silencio y en el mío no hay voces … ¿Qué palabras calmarán el dolor?

 Aprendí con él a escuchar el dolor en el otro y lo difícil que es superarlo solo. Tan difícil como lo es para mí hoy.

Verlo allí, recostado en ese cajón de madera y no en su sillón me recordó que se acabaron para siempre esas sorpresivas intervenciones. Tantas veces las odié … las amé … y ahora sólo espero escucharlas nuevamente. No quiero estás lágrimas, lo quiero a él en su sillón …

—¡Sheila!, “¡So long!. Remember my words  -I may again return, I love you- I depart from materials; I am as one disembodied, triumphant, dead.”  Walt Whitman … Walt … Whit … Man. ¿Entendiste Sheila? … No lo olvides … No me olvides ... ¡so long!


#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Julio de 2025

lunes, 2 de junio de 2025

El olvido de Belgorov

Belgorov se despertó más temprano de lo habitual, aun el cuarto esta oscuro, desde el ventanal entre las rendijas que deja la cortina se vislumbra el inicio del crepúsculo. Pensó que igualmente podía levantarse, pero sentía sus piernas inmóviles y sus brazos adormecidos, trató de llamar a Angy pero no logró emitir sonido alguno. Solo podía mover sus ojos. Siente como se apaga lentamente su respiración. 

—¿Será un sueño? —Se dijo cuando pudo incorporarse.— ¿Qué sucede? 

Se ve recostado e inmóvil sobre su cama. La angustia que lo había gobernado por tanto tiempo se esfumó. Ve a Angy parada en la puerta y extiende su mano para avisarle. 

—¡Angy! algo extraño me está sucediendo. —La llama, pero Angy no lo escucha. Ella vuelve su mirada hacia la cama.

—¡Nora!, ¡Nora!, ¡Nora…! —Angy grita cada vez más fuerte y con mayor angustia.— ¡Corre!, Belgorov no respira. —Volviendo hacia Belgorov.— No te irás, no me puedes dejar sola aquí. No soportaría seguir aquí sin escuchar tu voz, … ver tus ojos … —Solo mira su cuerpo tendido en la cama, esperando a Nora.

El piso tiembla por el paso de un carro repleto de equipos empujado por dos enfermeros. Nora corre detrás de ellos. 

—Angy, sale y espera afuera, esto no va a ser agradable. —Le dice Nora mientras los enfermeros conectan una infinidad de cables al cuerpo y a las paredes. 

Nora mira hacia arriba como buscando algo en el techo y grita. 

—¡No puedes irte aún! —Sigue con la mirada como si pudiera ver algo y dice— No te podrás escapar tan fácilmente.

Belgorov ve toda la escena como un sueño y Nora llega para irrumpir y frustrar su destino evitando que pueda escapar.

—Siento su mirada como quien teje una telaraña para atraparme, ¿Qué sucede?  —Vuelve a preguntarse Belgorov.

De pronto frente a él se abre un agujero muy luminoso como un túnel y debajo de él siente un frío intolerable y ve abrirse un agujero negro y profundo. Desde la luz emerge como una mano que lo toma y lo jala.

—¡Ahora! —Grita Nora, un enfermero enciende los equipos y esperan en silencio. 

La pieza se llena de sonidos de descargas eléctricas y del ulular de los equipos. Un destello intenso como el de una explosión de un relámpago sin su estruendo llena la pieza. Todos caen al suelo.

—Nooooooo … —Se escucha el grito profundo lleno de frustración de Belgorov incorporándose en su cama.— ¿Por qué Nora? … ¿Qué has hecho?

Los enfermeros se incorporan aturdidos y comienzan a desconectar todo con dificultad, cuando terminan se retiran empujando el carro que llena los pasillos de un horrible coro de chirridos. Belgorov sentado aún en la cama siente que ha vuelto a su prisión y vuelve a sentir la angustia por el olvido de su vida.

—No te irás tan fácilmente. —Le dice Nora y sale del cuarto.— Ya puedes entrar —le dice a Angy y sigue a los enfermeros sin mirar hacia atrás.


Angy corre hacia él, toma su mano y se inclina, siente un frío extraño que emana de su cuerpo que la asusta. Ella se aleja hacia el sillón que está próximo al ventanal y le dice,

—sabes que no podemos dejarte ir hasta que recuerdes. —Aun siente temblar su cuerpo y se cuestiona si Belgorov podrá recobrar la memoria.

Angy corre la cortina y la luz de la mañana llena toda la pieza. Desde el ventanal se ve el mar y su oleaje. El edificio está sobre un acantilado. El ventanal es hermético. A veces Belgorov cree que aquello es una pantalla gigante y lo tienen encerrado en un laberinto en el cual todos están atrapados. 

Angy se acerca nuevamente, lo ayuda a recostarse y lo arropa. Él se siente cansado y se queda dormido. Ella lo mira desde el sillón donde se acurrucó para descansar y le susurra,

—te extraño. Extraño los días que podíamos compartir una vida pero aceptamos este viaje, esta misión sin sentido. No sé por qué no me di cuenta de que tu mente se estaba yendo, tal vez hubiera podido evitar todo esto. —Se queda dormida.

Belgorov se despierta unas horas más tarde. Desde la ventana puede ver el oleaje del mar embravecido e imagina que el viento es más intenso. Trató de recordar cómo era el sonido del viento y el de las olas. Su rostro refleja su frustración por no poder recordar cómo se sentía el viento y las olas en su cuerpo, solo recuerda su sonido.

Ve a Angy que aún está en la pieza durmiendo acurrucada en el sillón de una forma en la que parecía buscar vencer la incomodidad. Su respiración a veces era profunda como si un sueño la tuviera sumergida en una aventura o tratara de escapar de alguna pesadilla. Ella es hermosa para él, siempre la vio hermosa, y le es difícil recordar el tiempo que compartió con ella, solo encuentra en su memoria imágenes dispersas y desordenadas de aquellos días aunque siente que existe algo que los une. Se inquieta por ese sentimiento de angustia al no poder encontrar la forma para salir de ese lugar que imagina como un laberinto donde debe vencer a Nora para que las puertas se abran y pueda alejarse definitivamente. 

—Te veo y sé que debo extrañarte, pero no sé cómo sentir eso. Parecería que algo se rompió dentro de mí y me he alejado. —Belgorov murmura para no despertarla, pero con la intención de que tal vez pudiera oírlo entre sueños.

Angy abre sus ojos y él sostiene por un instante su mirada en sus ojos, un sentimiento de libertad lo invadió y su angustia se disipó como si de alguna forma ellos fueran la salida de aquel lugar. Angy también se hundió en su mirada y comenzó a sentir el vívido calor de un abrazo, como aquellos que había compartido en otros tiempos con él. A caso, ¿su prisión se había abierto? ¿Sería que estaría recuperando sus sentimientos hacia Angy? 

La puerta se abre. Angy se incorpora moviendo su cuerpo como evadiendo los dolores de una mala posición. Belgorov se levanta y va hacia la mesa con cierta dificultad para caminar. Angy lo ayuda. Él siente el calor del cuerpo de Angy y el frío de sus manos que lo abrazan para ayudarlo a llegar a la mesa. De a poco todos esos sentimientos de afectos vuelven a disiparse y desde su interior algo lo impulsa a separarse de Angy. Sentados en la mesa el enfermero deja la comida y se retira. Belgorov lo sigue con la mirada hasta que sale del cuarto.

—¿Estás distinto?

—¿Qué te hace pensar eso? Tal vez me esté cansando del encierro en este laberinto de angustias. Mira a tu alrededor. Mira el mar que repite su oleaje y ni siquiera puedo sentir ni su frescura ni su olor, solo verlo. 

¿Ya puedes recordar por qué estamos aquí? y ¿por qué no podemos alejarnos de este lugar? Todos estamos de alguna forma atrapados en tu prisión. En algún lugar de tu memoria está, solo debes encontrar el camino para llegar y recordar.

—Me piden que recuerde algo que ni siquiera sé si fue real. 

—Lo fue, aunque no puedas recordarlo. ¿Por qué no me cuentas que sucedió cuando dejaste de respirar?

—Estás linda, aunque no hayas podido dormir bien. 

—Gracias, pero no evadas mi pregunta. 

—No sé qué decirte, todo está tan borroso como el recuerdo de un mal sueño. 

—Necesito saber si aún me recuerdas. 

—Temo que no entiendas, que trates de unir piezas que no son del mismo rompecabezas y finalmente veas algo erróneo. 

—Confía en mí, tal vez juntos podamos encontrar las piezas correctas.

—Recuerdo un último ahogo y sentí como si pudiera ver toda la pieza mientras yo estaba en la cama. Traté de avisarte, pero no me oías. ¿Por qué miraste hacia la cama?

—Sentí como un viento frío que rozaba mi nuca, me di vuelta y te vi inmóvil.

—Fue como si parte de mí hubiera abandonado mi cuerpo. Bien, sabemos que es imposible. Ha sido solo un mal sueño.

—Paso algo más, ¿no? Te conozco, cuando no quieres hablar de algo niegas todo. 

—¿Te vas a comer esos vegetales?

—No, pero los tendrás solo si me dices.

—¿Por qué insistes? 

—Si fue un sueño no tienes nada que perder. Solo me contarás un sueño.

—No sé si solo fue un sueño. No sé si estoy confundiendo los recuerdos. Ya no confío en lo que mi mente recuerda.

—Yo puedo juzgar eso. No sabes lo difícil que es para mí vivir esta enorme distancia que abriste al quitarme de tus recuerdos.

—Ya no se … no sé si fue … si fue culpa mía. No se … no sé como sentir dolor por esto, no recuerdo porque debo sentir amor por ti, pero sé que debo esforzarme a hacerlo. 

—Cuéntame, tal vez estemos encontrando el camino.

—Es posible. Se abrieron dos portales, el primero con una luz intensa y cálida, el segundo oscuro y helado. Sentí algo o alguien que me arrastraba hacia la luz y de repente caí hacia la oscuridad del segundo portal. 

—Toma los vegetales.

—Hay algo más. Algo vino …

La puerta se abre de repente. Entra Nora y un enfermero a retirar la comida.

—¿Qué quieres Nora? —Le dice Angy molesta por frustrar sus esfuerzos para recuperar a Belgorov 

—Si, ¿qué quieres Nora? - Repite Belgorov siguiéndola con la vista. —¿No te basta con invadir mis sueños?

—Hola Belgorov. Veo que aún estás algo irritable. —Mirando a Angy.— ¿Lo ves mejor?

—Aún sigue sin recordar. —Siente que debe ocultarle la charla reciente con Belgorov y sospecha que Nora es parte del motivo de la pérdida de su memoria.

Nora camina alrededor de la mesa explorando a Belgorov con su mirada penetrante. El enfermero se retira dejando la mesa limpia y llevándose las bandejas. Mientras Belgorov sigue con su mirada al enfermero como si solo estuvieran ellos dos.

—Te estás olvidando de mí. ¿Piensas dejarme aquí otra vez? —le dice al enfermero. —No quiero seguir aquí sin encontrar una salida. Tú puedes sacarme, tú tienes lo que ellas buscan.

Nora mira al enfermero que comienza a ponerse nervioso y busca salir de la habitación con mayor prisa. 

—Espera, ¿De qué te está hablando? —Nora le pregunta al enfermero mientras camina hacia él.

—No sé. Desvaría. No tengo idea de qué habla. Yo no tengo las claves.

—¿Qué claves? —Nora ya casi siente su respiración agitada y comienza a dar vueltas lentas a su alrededor e impidiendo que salga de la habitación.

—Las que no recuerda. Las que ustedes necesitan para regresar. —Responde inquieto sintiendo la presión de Nora.

—Sabía que algo no estaba bien. —Dice Angy dirigiéndose a Nora y mirando a Belgorov.— O nos mienten o ha sucedido algo cuando lo trajimos de vuelta.

—Ciertamente. —Dice Nora sin dejar de escudriñar al enfermero.— Porque no te sientas enfrente de Belgorov y averiguamos qué está pasando aquí.

El enfermero duda en moverse, quería irse de allí, pero sabía que Nora no se lo permitiría, ella siempre lo veía todo y lo atraparía, no tenía más salida que la de obedecer y sentarse.

Angy se para y corre la silla esperando que el enfermero se siente. Nora y Angy guardan silencio por un rato observando a ambos.

—¿Recuerdas mi mirada, Belgorov? Yo podía verte cuando tratabas de encontrar una salida. —Nora le recuerda ese instante que veía los ojos de Nora buscándolo.

—Si. Estabas en mi sueño como una ladrona. Cuando sentí que había podido abandonar el laberinto, cuando vi la puerta, sentí tu mirada vigilante a la espera de ese instante para cerrar las puertas y volver a encerrarme aquí, en mi celda. 

—¿Recuerdas que no estabas solo? No podía verlo, pero vi como una sombra que se acercaba hacia ti.

—Alguien quería ayudarme, extendió su mano desde la luz y me sujetó el brazo. 

—y volvió contigo. —Nora responde con una voz imperceptible.

—Nadie vino con él. Todo es un sueño, un mal sueño. —Responde enojado el enfermero mirando a Angy.

Angy no sabe qué decir, prefiere guardar silencio. Observaba toda esa conversación como un juego de desvaríos inducidos por Nora por algún motivo. Belgorov observa a Angy esperando que no mencione nada de su charla. Los tres ven al enfermero como intromisión, alguien que no debía estar allí, un invasor.

Nora y Angy salen del cuarto dejando a los dos solos. Por el ventanal se ve una tormenta que agita el mar con olas cada vez más violentas.  El enfermero se levanta y camina hacia el ventanal, extiende su mano y la apoya contra el vidrio. Siente un frío intenso como si quemara su piel y la retira, la vuelve a extender y la deja apoyada.

—Si intentas salir por la ventana morirás. No hay forma de sobrevivir en ese ambiente helado de metano y helio líquido. —Belgorov le recuerda con ironía algo que todos saben.

—Es mejor que esperar aquí, en este encierro. Aunque tú tienes la compañía de Angy. —El Enfermero le contesta con la misma ironía.

—Diles las claves y todo terminará. 

—¿Para qué? Si ya no existe el lugar donde pretenden regresar. —Vuelve su vista hacia Belgorov mientras retira su mano del vidrio y la mete en su bolsillo para calentarla.

Belgorov se para y la angustia comienza a dominarlo.

—Tu no entiendes lo insoportable de este lugar. Encerrados en este laberinto del que no podemos hallar un final. Pasillos, puertas, cuartos, salones, escaleras y más pasillos. Al principio estábamos ocupados construyendo las instalaciones, dedicando tiempo a investigar. —Se detiene un segundo y toma su cabeza con sus manos.— Ya no recuerdo qué hacemos aquí, solo aprendo olvidar: a no recordar quiénes somos y de dónde venimos.  —Mira hacia la puerta esperando que Angy regrese.—  Empecé a olvidar a Angy y todos los sentimientos que imagino tenía por ella y los que ella dice tenía por mí. 

—Ya estás aquí, no puedes volver y ni tampoco puedes regresar lo que has perdido. 

—A esta altura ya deben intuir que no podré recordar lo que tanto buscan. Prefieren imaginar que encontrarán algo que les permita aferrarse al pasado para no perder la esperanza que los mantiene vivos. Yo ya no sé por qué debo seguir viviendo. Lo he olvidado.

—Me enviaron para protegerlos, que es necesario negarles la salida para que solo les quede la posibilidad de sobrevivir aquí. Al menos así tendrán una oportunidad.

—No sé si aquí existen oportunidades. Ellos pueden lidiar con la verdad y la elección debe ser de ellos no tuya. Aquí se sienten atrapados, inmersos en un laberinto del que no pueden salir. No creo que puedan soportar mucho más.

Belgorov se enfada consigo mismo. La angustia crece. 

—Cargan con los recuerdos del pasado imaginando un presente que ya no existe. Como si vieran en un espejo el recuerdo de lo que ya no soy. —Se deja vencer, un breve silencio y susurrando sigue,— no sé lo que soy.

Belgorov se acerca al enfermero y ambos miran por la ventana, la tormenta ha menguado y puede verse Saturno sobre el horizonte.

—Angy es verdaderamente hermosa, tienes mucha suerte. 

—No sé si llamarlo suerte. Puede ser la mujer más bella pero ya no puedo reconocer la belleza.

—Aunque sea están vivos. Están aquí contigo.

—¿Estás seguro de ello? Porque esto no es estar vivos. Esta luna no es lo que imaginamos. 

—Sabían que Titán sería un desafío y una oportunidad.

—Pero nunca imaginamos lo que encontraríamos. Debes dejarnos salir de aquí. Llévame hacia la luz. Me quisiste llevar, pero no te dejaron.

—Lo sé. Pero aun así no puedo. 

—Está es una maldita pesadilla. 

—Tu memoria cada día tendrá menos de ti. Te irás olvidando, solo recordarás breves imágenes, te será difícil controlar tus emociones y no sabrás por qué. Quienes hoy necesitan de ti ayer no los dejaste tenerte ni ellos te buscaron, perdieron la oportunidad cuando fuiste Belgorov, entonces hoy sabrían qué hacer y cuál es la información que necesitan para dejar este lugar.  Yo me iré y también me olvidarás.

—Malditos rompecabezas. Se mezclan las piezas de unos y otros. —Belgorov vuelve a la silla, espera solo el regreso de Angy y Nora, aún sabe que volverán.

El reflejo de la luz del sol que llega desde Saturno se va disipando en el ocaso, la luz ultravioleta del sol crea un color especial en la atmósfera, una neblina comienza a ocultar el exterior. La puerta cruje al abrirse, entran Nora y Angy, miran ambas a Belgorov esperando una respuesta, que el extraño hubiera conseguido lo que él ha olvidado.

—¿Dónde está el enfermero? —Nora le pregunta a Belgorov buscándolo en toda la pieza.— Es imposible que haya desaparecido. Belgorov, ¿Dónde está el enfermero? le volvió a preguntar enojada.

—¿Qué enfermero? —Responde Belgorov a Nora. 

—¿Cómo qué enfermero? —Le pregunta Angy a Belgorov.

Un velo de silencio inunda el lugar con miradas que recorren cada rincón como si un cuerpo pudiese volverse invisible. Incrédulas de la desaparición hacen traer los equipos para escanear la pieza. 

Belgorov vuelve a su cama, él piensa que si se vuelve a dormir podrá despertar de ese sueño, afuera la niebla lo cubre todo, mira a Angy antes de cerrar sus ojos, podría ser la última vez que la recordaría.



#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Mayo de 2025