domingo, 31 de mayo de 2026

La flor de pétalos rojos

 

Cada lugar tiene su música y su estética, como así también los tiene  cada alma unida a su cuerpo y si buscás ser parte de ella necesitás de una llave específica que solo puedes encontrar si descubres qué da libertad a esa alma. En María fue una flor de pétalos rojos la llave y así vio sus ojos en los míos.

Es el año 1800, inicio de un nuevo siglo en busca de su música y su estética, que trae un nuevo mensaje: "Si lo buscas serás capaz de guiar tu propio destino". Esta es nuestra historia, yo soy Martín Thompson, marino de guerra, soñador, tenaz en mis causas y amante de los imposibles y ella es María, el mar que quise navegar.

Nuestra vida fue signada por los encuentros y las despedidas, permanecer juntos sería la batalla que nos impusiera el universo para que aprendiéramos a amarnos.

No esperé tener que izar las velas tan pronto, fue el 23 de octubre de 1819, para navegar junto al "Gran Almirante". No tuve la oportunidad de despedirme de María y los niños. Me enfermé durante el viaje de regreso y quedé en el mar, al menos Dios me llamó en mi reino. En esos días, cuando la fiebre lo permitía, recordaba el tiempo perdido que no dediqué a los niños y a María. Desde mi lecho ser el "Capitán de Puertos" ya no se sentía tan importante. Antes de mi último suspiro recordé cada flor que le regalé a María cada domingo hasta que nos casamos. Quisiera hoy dejarle una flor de pétalos rojos otra vez, la última.

Yo soy María, una mujer intrépida, con la fuerza que impulsa las causas justas. Elegí el mismo día para organizar la tertulia del “Gran Almirante”, 23 de octubre de 1868. Hoy abrí la puerta a mi alma y salió al encuentro de Martin que me regaló la última flor de pétalos rojos, como aquel domingo en el atrio de La Merced, yo con mi vestido blanco con encajes en rojo y él con su uniforme de gala.

Primero de noviembre de 1800, me desperté temprano y corrí al salón, hoy cumplo 14 años, ya soy una mujer. Tengo tanto miedo, el vestido que me regalaron mamá y papá está colgado en el salón esperándome, es tan hermoso. La peineta me la trajo mi madrina desde el Callao. Papá quiere llevarme del brazo al entrar al atrio de La Merced, creo que está más nervioso que yo. Mamá está tan feliz. Encargaron la Misa del domingo en la Iglesia de La Merced para dar Gracias por mi cumpleaños, las criadas, que saben todo lo que pasa en Buenos Aires me dijeron que va todo el pueblo.

No quería admitirlo, pero estaba ansioso esperando a María, aún la recuerdo como una niña. Parece una fiesta organizada por el Cabildo, todos con sus vestidos de domingo en el atrio de la Iglesia antes de que iniciara la Misa. Parado a un costado del atrio la vi llegar del brazo de Don Sánchez, con su sonrisa que jamás se apaga. Pisó el atrio como siempre lo ha hecho, con la seguridad de quién gobierna con sabiduría. Se ve tan hermosa con su vestido blanco con pequeñas flores rojas bordadas.

Ya no tenía dudas que ella sería la mujer con quien compartir una familia, la vida. No sé por qué, pero tomé una flor de pétalos rojos de un arreglo floral, como las de su vestido, y se la llevé. Ella la dejó caer y me incliné para recogerla, al levantar la mano con la flor quedé frente a ella en genuflexión. María tomó la flor y nuestros ojos se entretejieron. Ella solo dijo "Sí". Mis piernas se aflojaron, quedé atónito.

Ya estamos llegando. Levanté la vista en la esquina y en el atrio de La Merced están todos. Tenía tanta vergüenza que quería entrar rápido al templo, pero papá solo piensa en saludar a cada uno. Alguien me quiere dar una flor de pétalos rojos, como las que tenía bordadas en mi vestido, pero no llegué a agarrarla y se cayó al suelo. Es mi primo Martín de rodillas frente a mí con una flor en su mano y entonces vi mis ojos en sus ojos. Me sentí como la Virgen ante el Arcángel Gabriel y yo respondí igual que ella, solo dije "Sí" y ya no había nadie más a nuestro alrededor, éramos solo Martín y yo.

Papá tiró de mi brazo. Me di cuenta que no le había gustado ese encuentro casual, apenas lo saludó a Martín. En ese momento se acercó un anciano al que Papá le dispensó saludos más generosos que a los demás, algo me decía que pronto tendría problemas.

El lunes llegó muy rápido y solo esperaba al siguiente domingo para ir a la Misa y verlo a Martin. Desde ese día cada domingo que nos encontrábamos me trajo una flor. A veces la tenía que esconder porque mis padres no lo querían. La ponía sobre el mueble de mi cuarto, para verla antes de dormirme y al despertar. Sentir así sus abrazos cada noche y cada mañana.

Pasaron unos meses y mis sospechas se cumplieron. Me sentí desolada, traicionada. Habían acordado mi casamiento con aquel anciano que papá había saludado con tanto esmero en el atrio de La Merced. Era un hombre gris de unos 54 años. Es el precio a pagar para conservar los lujos con los que fui criada. Mamá dice que el amor es cosa de los pobres porque ellos no tienen nada que perder ni que ganar.

Desde ese día la tristeza y el enojo me invadieron. Me llené de rebeldía. Al principio creí que podría convencer a mis padres, inútil cada intento. Las clases fueron lo único que me distraía. Aunque Martín no se dejó vencer y con su más atrevido ingenio se disfrazó de lo que fuera para verme. Recuerdo aquel día que se pintó el rostro de negro para hacerse pasar por un sirviente.

Aprovechaba las tertulias para verla, al menos un rato. El piano no paraba de sonar y las charlas se hacían eternas. Ella estaba allí, participando animadamente de cada charla, de cada detalle. Tuve que ingeniármelas para verla y evitar ser corrido por Don Sánchez. Me disfracé de todo para que no me reconocieran y poder ingresar a la casa o a la chacra para verla, aunque sea un instante. Hasta un domingo, próximo a la Pascua, tomé de la sacristía una sotana, una estola y un gorro. Me acerqué a María que estaba con sus padres en el templo y justo su padre se me acerca, entre rápidamente al confesionario y María reconoció mis zapatos y en seguida se arrojó al confesionario, antes que su padre se arrodillara. Dio que hablar aquella confesión tan larga. Fray Pantaleón Rivarola en esos días se alojaba en el Convento, me reconoció cuando traté de salir del Templo vestido aún con la sotana. Como penitencia y para guardar el secreto tuve que ayudar con las caridades de la Semana Santa.

Mis padres no ceden ante mis ruegos. Para ellos el amor requiere de la seguridad económica. El casamiento con aquel hombre gris ya tenía fecha. Una tarde, en uno de esos encuentros con Martin no lo dude y nos comprometimos, ya no podía soportar el dolor de estar obligada a olvidarlo para sobrevivir. Solo queda lo único que daría a nuestras vidas una oportunidad, luchar para ser dueños de nuestro destino.

No pude evitar que me llevaran al altar con el hombre gris. Parecía que había perdido todo. Entonces desde mí alma cambie el “Sí” por "Estoy comprometida con otro hombre".

Me acuerdo el día que no pudimos evitar que te llevaran hasta el altar para casarte con el viejo, la cara que puso ese hombre cuando miraste al cura y le dijiste “Estoy comprometida con otro hombre". Yo estaba atrás, medio escondido. El dolor de aquel hombre fue mi felicidad.

Me puse el vestido blanco para vos y vos el uniforme de gala, es 1805, vos cumpliste 27 y yo 18, con el permiso del Virrey, entramos juntos a la Iglesia y juntos dijimos “Sí”, desde ese día nadie ha olvidado nuestras tertulias.

Pero desde aquí, 24 de octubre de 1868, todo parece tan simple, ya todo tomó su forma, escribimos la partitura de la melodía de nuestra vida, de nuestra familia, y pintamos con los colores que elegimos juntos. Siempre lamenté aquel viaje, si me hubiera quedado en Buenos Aires, tal vez la vida hubiera sido otra.

Aquel día que llegó la noticia que ya no bajarías del barco, que tu cuerpo fue entregado al mar que tanto amas, me enojé mucho, parecía que el universo me obligaba a seguir luchando y esta vez sola. Pero hoy queda la hermosa simpleza de aquel día que me diste la primera flor de pétalos rojos, también el día que quisiste y no me la pudiste dar y hoy que estamos aquí, de nuevo juntos, yo con mi vestido blanco y flores bordadas y vos con tu uniforme de gala y la flor de pétalos rojos en nuestras manos. ¿Escuchás?, el piano no deja de tocar nuestra melodía.

#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026


El cuento es una ficción basada en la vida de Mariquita Sanchez y Martín Thompson. 

La imagen: Detalles para ver XX | Museo Histórico Nacional

sábado, 9 de mayo de 2026

El uniforme de gala


—!Está muerto! —Un soldado tunecino del ejército otomano parado al lado de un jinete británico y su caballo gritó alzando su brazo.

—¿Quién está muerto? —Pregunta un Dragón luciendo su uniforme de gala parado al lado del tunecino mientras mantenía la mano alzada sin inmutarse.

William Wood, sargento de la Brigada Ligera, nacido en Leeds el 25 de octubre de 1820, hijo de Susan Shaw y Jack Wood, artesanos textiles. Yace junto a su caballo en el campo de Balaclava.

El Dragón vestido de gala sigue esperando la respuesta del soldado tunecino que no cede a su persistente obstinación de sostener su brazo alzado.

Un carro tirado por dos caballos en mal estado se detiene frente a ellos. Un soldado francés sentado al lado del mayoral se para y mirando al jinete y su caballo le dice al tunecino.

—Ya puede bajar el brazo, este jinete y su caballo serán enterrados aquí. —se vuelve a sentar y el mayoral agita las riendas avanzando por el campo.

—!Hey!, Galo ¿a dónde vas? No puedes dejar a un soldado británico para que sea carroña, y su caballo que ha sido amigo en todas sus conquistas no puede ser abandonado sobre la tierra. ¡Ven aquí maldito francés! ¿no me oyes? —quiso salir corriendo tras el carro, pero sus piernas no se lo permitieron, era como si fueran un arbusto plantado en el suelo.

El soldado tunecino baja el brazo y gira su cuerpo hacia el sur extendiendo su mirada hacia el Mar Negro, el silencio cubre todo el campo de la muerte, levanta sus manos abiertas a la altura de sus hombros. El Dragón lo observa y escucha la voz del tunecino y entiende cada palabra.

—Allahu Akbar, -su voz se eleva “Dios es Grande”.

Baja sus manos y las cruza sobre su pecho, el Dragón repite el gesto.

—Detente Mayoral —Se escucha la orden del galo, mira hacia atrás y salta del carro. —Ayúdame Mayoral este otro soldado está vivo, tal vez el médico pueda mantenerlo en este mundo. —Baja de su asiento y al ver al tunecino le grita,

—Ne yapiyorsun Tunuslu? O senin kardesin degil! —Indignado le dice “¿Qué haces tunecino? Ese no es un hermano”, él sigue mirando al sur.

—¡Callaté Turc! y ven aquí que debemos ocuparnos de los vivos. Deja al tunecino que se ocupe de los muertos. —el Mayoral y el francés suben al carro al soldado herido.— Ten cuidado, su pierna derecha está partida en tres, y su brazo apenas sigue unido a su cuerpo. Me han convertido en enfermero por no haber perecido como todos los Dragones. Haber sobrevivido ya no es digno, tantos muertos me han robado la gloria.

—Bismillah ir-rahman ir-rahim. Al-hamdu lillahi rabb il-alamin. Ar-rahman ir-rahim. Maliki yawm id-din —recita en voz baja y el Dragón repite “En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Alabado sea Dios, Señor de los mundos. El Compasivo, el Misericordioso. Dueño del Día del Juicio.”

—Allahu Akbar —levantan suavemente sus manos, y repite “Dios es grande”.

—Allahumma salli ala Muhammad wa ala ali Muhammad —el Dragón repite la oración del profeta “Oh Dios, bendice a Muhammad y a la familia de Muhammad”.

—Allahu Akbar —alzando las manos, “Dios es grande”. El tunesino inclina levemente la cabeza y recita la súplica por el difunto —Allahumma ghfir lahu warhamhu wa afihi wa´fu anhu. Allahumma la tahrimna ajrahu wa la taftinna ba’dahu —y el Dragón también inclina su cabeza “Oh Dios, perdónalo ten misericordia de él, protégelo y perdona sus faltas. Oh Dios, no nos prives de su recompensa y no nos pongas a prueba después de él”. —Ambos levantan sus manos por última vez

—Allahu Akbar —silencian sus voces y giran sus cabezas hacia la derecha— As-salamu alaykum wa rahmatullah —“La paz sea con ustedes y la misericordia de Dios”, giran la cabeza hacia la izquierda— As-salamu alaykum wa rahmatullah —Bajan sus brazos.

Una luz aclara el sitio y el Dragón al ver el rostro del jinete se reconoce en él.

—William qué haces allí y tu Orión ¿quién les ha hecho esto? ¿Quién me ha hecho esto?… solo veo camaradas y tunecinos durmiendo. ¿Mi gala acaso es una broma? Tu William Wood vistes las ropas desgarradas, húmedas por la sangre, teñidas por el barro. Yo William Wood visto de gala en el campo de la muerte. ¿Qué broma tan cruel es esta? Tunecinos que hallan muertos para elevarlos y un galo para hallar británicos que aún gimen con sus esforzados alientos, que sueñan con una efímera oportunidad para regresar y abrazar a sus hijos, para amar a su mujer. No hay nada en este hedor de muerte que me honre en usar la gala, debería portar el sable y el uniforme de la batalla y alzarme y llevar a las almas enemigas al infierno.

—Te quejas sargento inglés como si fueras el único que ha sido castigado por el cielo y olvidado por los ángeles. Yo también he sido vestido de gala como si el Zar me hubiera llamado. ¿Parece que somos los únicos? O el cielo nos ha premiado por una vida honrada que sé que no he tenido o el infierno quiere recibirnos con glorias y mujeres para satisfacer nuestra gula.

—¿Quién sos? O más bien ¿quién fuiste?, porque si yo estoy tendido allí junto a Orión, tú eres …

—Nicolai Popov de San Petersburgo, teniente de Caballería. Tal vez, también padre, si pudiera portar ese grado, de Irina Popov, a quién he conocido solo por las cartas de su madre.

—William Wood, de Leeds, hasta hoy sargento, mañana quién abre o cierra las puertas del cielo dirá si ángel o demonio. Lamento tu dolor por Irina, aún no he tenido hijos por los que deba velar, me espera una hermosa y testaruda mujer, Laura, y mis padres Susan y Jack. Veo tu cuerpo y el de tu caballo, él ha sufrido mucho no ha muerto enseguida.

—Mi más fiel camarada. Ha cuidado de mí hasta en las batallas del amor. Krasny, así lo llamé, porque nació hermoso. Sea en el cielo o sea en el infierno siempre será él a quien extrañe.

—Es nuestro destino, llegar a viejos no se nos permite. Nacimos para ser héroes y solo muertos se concede tal honor.

—Esa es nuestra vida, cabalgar no en un desfile sino en la carga de caballería hacia el enemigo, lanzados sin más ambición que cumplir la misión y si en ella perecemos la gloria nos es otorgada. Y aquí estamos los dos, para custodiar todas estas almas y llevarlas al último cuartel.

—Si esa es la razón entonces el mayor honor se nos ha concedido, guiar a nuestros camaradas hacia la nueva Brigada. Este campo de la muerte renacerá como un camposanto. Nuestros cuerpos serán alimento de la vida futura, y nuestras almas tendrán la misión de luchar por quienes aún siguen sobre esta tierra.

—Ven, vayamos. Los tunecinos harán su trabajo y sus oraciones despertarán las almas de nuestros camaradas y antes que los demonios los demanden cumplamos nuestra tarea de mayorales para llevarlos a la gloria que merecen.

—Si, vayamos. No sea que el galo imagine un aliento en nuestros cuerpos que dejamos y pretenda que volvamos a ellos para robarnos la misión que la muerte nos encomendó.

Las almas de William y Nicolai caminan hacia el horizonte con sus uniformes de gala, donde el sol nace, tendiendo sus manos a cada alma que encuentran. Allí va el nuevo ejército con sus mejores uniformes, muertos como enemigos renacidos como camaradas.


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#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

25 de octubre de 1854, Batalla de Balaclava, Crimea. Brigada Ligera. Regimiento de Dragones Ligero

La imagen es la Estampa de Moraine cuyo original digitalizado se encuentra https://gallica.bnf.fr - Bibliothèque Nationale de France.

nobloyan@gmail.com

viernes, 8 de mayo de 2026

Los sucesos extraños suelen acaecer en noches frías de invierno

 

Ya es de noche y estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires.  Estoy cansado, necesito alejar a mí mente de esa batalla virtual en la que me involucraron. Tal vez, detenerme para cenar sea lo mejor. Vi la luz del bodegón encendida, el que está en la esquina frente a la plaza.

Los Bodegones son lugares que te transportan hacia una estética definida por los sabores y las texturas de aquellos platos que firmaban mis abuelas, recuerdos culinarios de mí infancia en aquellas reuniones que transcurrían en la cocina y reunían a la familia. Hoy manos hábiles recuperan aquellos sabores, texturas y un ambiente de familia con el mismo bullicio de aquella cocina de mí infancia.

Estacioné y caminé hacia la luz. No se oyen conversaciones en la calle, sólo resaltan los manchones de luz que pintan las luminarias sobre la calle tiñendo el paisaje de un aire estremecedor. Aceleré el paso y a través de las ventanas del bodegón puedo ver seres algo difusos, a veces inmóviles como si el tiempo se congelara y otras veces en movimiento. La sensación es rara. Alcancé la puerta.

Traté abrirla sin lograrlo. Volví a intentarlo y fracasé nuevamente. Escucho movimientos en el interior. Busqué algo que indicara cómo abrir esa puerta. Un timbre, un cartel con las palabras "¡golpee aquí:", un teclado para ingresar un código, un escáner biométrico, pero no había nada.

La espera no es placentera por el frío y esa llovizna persistente. Una brisa helada inesperada golpeó mi espalda y todo a mi alrededor se volvió difuso, salvo la puerta. Algo está sucediendo. Una fuerza desconocida me transforma en energía y siento a mis moléculas viajar hacia el interior para finalmente reconstruirme dentro.

  —El plato de hoy es mondongo, —dijo un ser de azul parado frente a mí para recibirme mientras me palpo mí cuerpo con la esperanza de que nada se haya perdido en el viaje cuántico.

  —No, hoy prefiero milanesa con papas fritas y una cerveza.  —Le respondí.

Me senté en la mesa que se encuentra sobre la ventana y a la altura del mostrador donde los seres de azul se congregan. Abrí el libro que lleve conmigo aprovechando la capacidad de contraer el tiempo que posee la lectura, durante la espera del arribo de la comida. Cada tanto levanto la vista y veo a través de la ventana el exterior difuso provocado por un extraño juego en movimiento caprichoso de las luminarias en la oscuridad, a veces inmóviles y otras en movimiento a variadas velocidades, como quien viaja en un tren.

  —El plato de hoy es mondongo, —escuché otra vez la voz del ser de azul, el más joven del lugar, que repetía como saludo ante la aparición de una nueva persona,

— No gracias, ¿Puede ser matambre al horno con papas? —Le responde el nuevo comensal.

—Sí, y ¿para beber? —Le pregunta el joven ser de azul.

—El vino. —Refiriéndose a una botella de vino que guardan para él, que consume de a poco con cada visita al bodegón.

Se ubicó en la mesa junto al mostrador vecina a la mía, como si fuéramos un mismo ser que se refleja en un espejo, con la apariencia de compartir un mismo tiempo, ambos estamos sentados solos, pero no en soledad. Pronto comencé a darme cuenta de la variación del tiempo, a veces transcurre más lento y otras se acelera.

Llegó la comida, una fuente colmada para al menos dos comensales. Al mismo tiempo, en la mesa contigua, la que ocupa Juan Carlos, a quien conocí más tarde, sucede una charla entre él y un ser de azul, el mayor a todos, de nombre Marcelino. Un ser hábil en construir diálogos.

Volví la mirada hacia la ventana y algo cambio. Ya no veo la calle sino que se suceden lugares y situaciones reales coincidiendo con los tópicos de la charla que llevan Juan Carlos y Marcelino. Puedo sentir los aromas, el clima, los sentimientos, las alegrías y dolores, como si yo hubiera vivido esos eventos en otro tiempo y los rescatara de la memoria para vivirlos nuevamente. Estoy desorientado y tratando de encontrar una explicación racional.

—Aunque quieras no puedes ni debes, cambiar nada allí. —dijo otro ser de azul, sobrino de Marcelino, que apareció frente a mí como si las moléculas del aire le dieran su forma.— El tiempo es una necesidad de la mente, si cambias algo en tu pasado, ya no estarías aquí y tu futuro tendría otro camino. —Quise responderle, pero de pronto lo vi tras el mostrador.

Entonces, volví mi mirada hacia la mesa contigua, y Marcelino, mirándome a los ojos, comenzó a responder las argumentaciones de Juan Carlos como si esas respuestas fueran necesariamente para mí.

Seguimos la charla de mesa a mesa, Marcelino ya se había trasladado a otro lugar, mientras disfrutábamos de nuestros platos. Al avanzar la charla se hacía cada vez más notable las similitudes entre nuestras vidas; como si Juan Carlos fuera yo mismo en otro plano, una suerte de juego perverso del espacio-tiempo en una danza que me excluye y me obliga a ser observador. La intriga de lo que seguirá me desorienta, esa incertidumbre que hace imposible predecir el siguiente instante.

Terminé la cena y me despedí de Juan Carlos y de los seres de azul. Salí del Bodegón de la misma forma que ingresé, conté mis moléculas, están todas. Mientras camino hacía el auto regresé mi mirada hacia el Bodegón y en su interior sólo vi a los seres de azul.

Una brisa helada golpea mi espalda, qué sensación rara, nuevamente todo se vuelve difuso.

Estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires. Más adelante veo la luz de un bodegón en una esquina frente a una plaza, pienso en detenerme para cenar, freno y finalmente sigo hacia casa. Miré por el espejo retrovisor y la luz del bodegón ya no está, sólo veo la luminaria de la calle con su caprichoso juego con la oscuridad.

#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

Escrito en el Bodegón de Marcelino, Villa Sarmiento, Buenos Aires en Julio 2023. Varios de los cuentos y ensayos nacieron allí.

nobloyan@gmail.com

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Por suerte no …

 Su rostro se desfiguró al ver la bala que se dirigía hacia ella. Ya nada que hiciera la evitaría. Fue el destello o el sonido de la detonación o ambos lo que la advirtió, no lo sé. Repaso ese instante en mi mente una y otra vez y no logro entender, ser testigo te encierra en una rueda que gira sin detenerse en el mismo instante. 

Me duele la cabeza, debe ser por no dormir. Cierro los ojos y se encienden las luces de la escena, los personajes están allí, en el centro de un callejón que cruza una manzana a 90 grados, cada uno en su marca, la obra empieza. Un destello y luego una detonación y una bala sale de un revólver que lo sujeta el primer personaje. Zapatillas negras, pantalón de Jean, buzo con capucha que cubre su cabeza, un mechón de pelo rubio que sobresale de la capucha, el pie izquierdo 15 cm delante del derecho, las manos juntas sujetando el revólver a la altura de sus hombros, su cabeza algo inclinada mirando a su víctima.

En el otro extremo el segundo personaje que en unos instantes caerá al suelo. Pantalón claro, remera azul, saco celeste y un gorro. Está caminando con paso presuroso con su vista fija en mí. Un tercer personaje opuesto al tirador es una señorita con un vestido rojo que le llega hasta su rodilla, cabello oscuro suelto que llega por debajo de sus hombros y lentes negros; inmóvil, viendo pasar al segundo personaje delante de ella y mirando hacia el tirador.

El destello y la detonación sorprenden a la señorita que busca de alguna forma evadir la bala que viene hacia ella ocultándose detrás del segundo personaje. Del otro lado el tirador, ausente, sin sentimientos, seguro de su tarea y la calidad de la misma. Esa tarde había limpiado y aceitado el arma, revisó que las balas fueran las nuevas y llenó el mismo el cargador. Lo hizo en su departamento, a tres horas de tren del lugar planificado para el trabajo. Verificó cuidadosamente la tensión del gatillo, lo suficientemente blando para que la tensión de la mano no mueva el arma y lo suficientemente duro para evitar un tiro por error. Disparó tres balas para verificar el arma y luego repuso esas balas.

El segundo personaje también advirtió la detonación, pero su reacción fue distinta, apenas giró su cabeza hacia la señorita y observando sorprendido su rostro entrando en pánico. Esa tarde había escuchado tres detonaciones de un arma cuando pasó caminando delante de un callejón hacia la estación del tren. Apuró el paso y llegó agitado a la estación. Al entrar al andén tropieza con una señorita de revestido rojo. Quiso disculparse y aprovechar la oportunidad para iniciar una charla, pero ella no estaba dispuesta, lo dejó hablando solo. El tren arriba al andén y suben tres personas.

Todo se precipita en la escena. El segundo personaje es golpeado por una bala justo cuando pasa delante de la señorita del vestido rojo. El primer personaje ya había girado su cuerpo para huir cuando advierte que olvidó recoger el casquillo, trató de volver sobre sus pasos pero el grito desgarrador de la señorita lo obliga a abandonar la escena preguntándose cómo no había advertido que el segundo personaje no se detendría.

El cuerpo tirado en el piso, una joven de vestido rojo llena de lágrimas sentada a unos pasos del cuerpo, unos lentes oscuros tirados a un costado. Los ojos del segundo personaje mirándome. El primer personaje subido al tren de regreso repasando una y otra vez la escena, ya al borde de la tortura. Tratando de visualizar cualquier otro error, se había confiado.

Aún no puedo dormir más de una hora seguida. Veo la bala buscando un destinatario, como si el tiempo se dilatara de tal forma que su movimiento pudiera ser visto desde su salida del arma hasta golpear en un cuerpo desafortunado. 

Las presuntas van y vienen en la mente del herido. Todo concluía en que la bala lo había encontrado por casualidad, por no haberse detenido a disfrutar un café en el bar o a comprar el regalo para el cumpleaños de Ana, la decisión de postergar todo y solo vivir el apuro lo puso en el lugar equivocado, ¿casualidad o …? 

Desandó sus pasos desde el instante que la bala lo encuentra y descienden del tren. Es esa la morocha de vestido rojo y gafas oscuras que camina delante de mí, entre nosotros un hombre de cabello rubio que parece no quitar la vista de ella e iguala constantemente su paso. Pero, por algún motivo que ya no recuerdo estoy sumamente apurado, no hay tiempo para detenerme. 

Luego me detuve en la joyería, ahí está el anillo que estaba buscado para el regalo de Ana. Abrí la puerta y recordé que estaba apurado, podría comprarlo de regreso, seguí caminando. Unas cuadras más adelante me cruzo con Jorge, tenía tantas ganas de tomar un café con él, podría hacerlo volviendo a la tarde si no me atraso mucho. Seguí mi camino y apuré el paso, tomando el callejón llegaría antes. Entro al callejón, al llegar al centro y doblar 90 grados está la morocha otra vez, veo su rostro, la esquivo, no me detengo y siento un golpe en mí pecho. Me caigo, bajo de mi la aspereza del suelo. Sus gritos son lo último que recuerdo y a Ana. 

Vuelvo a la escena, me despierto nuevamente todo transpirado, nervioso, como en una pesadilla, de esas que no te dejan ir. 

Alguien llamó a la policía, se escuchan las sirenas y un murmullo. La joven parece reconocerme a pesar nuestro encuentro tan fugaz en la estación. Siento sus lágrimas sobre mi rostro, ella se aproxima, creo que quiere saber si respiro. ¿Sabrá que la bala la buscaba a ella?

—Perdóname, no tuve opción —me susurró al oído— Seguro te preguntarás por qué, debía ser así. Dame la joya y me iré. Ya están por llegar. —Trata de parase y siente correr sangre desde su pecho. La bala había seguido un recorrido inesperado. 

Ella no podía imaginar que el precio de una bala no compraría el anillo que él debía comprar para Ana. Su rostro ya no está junto al mío, siento su mano recorre cada bolsillo sin encontrar nada. 

—Idiota, ¿dónde la dejaste? —Se levanta, la policía está entrando al callejón, ella sale corriendo, tambalea y cae sobre el suelo antes de dejar la escena y golpea su frente contra un casquillo.

La escena se desvanece y yo logro dormir. Despierto con su rostro a mi lado, bajo de mí la suavidad de las sábanas, siento sus lágrimas caer sobre mi rostro y su mano sostiene mi mejilla, apenas percibo su perfume. 

—¡Ana! … 



Pablo A Bevilacqua

#Paulus

Diciembre 2025

 

viernes, 29 de agosto de 2025

Mr. Jerney, in bocca al lupo!!

En la calle el aire se está enfriando y la noche está por llegar. El bar está lleno y el ritmo late componiendo historias extraordinarias de las vivencias simples de esas personas comunes. En la barra corre la cerveza, el whisky, la charla,  el Rock que vibra mezclado con los cantos de fanáticos por el partido que se transmite en las pantallas y cada tanto la rivalidad de los presentes se resuelve con una apuesta

Mr. Jerney tiró su moneda de la suerte al aire.  La ve subir dando vueltas con la esperanza que la gravedad la devuelva al suelo del lado … ¿Qué lado había elegido? Olvidar algo tan simple,  solo transcurrieron unos segundos de la elección, justo antes de arrojarla al aire.


La moneda alcanzó su cima. Por un instante rogó que ya no regresara como si fuera posible vencer la gravedad con solo desearlo, pero no, ello no sucedería, la moneda caprichosa y irrespetuosa cedió ante las leyes del universo y comenzó su viaje de regreso, eso que suelen llamar caída libre, aunque Mr. Jerney, ayudado por unos previos vasos de Whisky, en su mente cuestionaba el término “libre: pues que libertad posee si es esclava de las leyes de la física, entonces ¿el azar sería verdaderamente azar o solo azar por el desconocimiento de la fórmula que lo explique?”, filosofía que no puede evitar su caída hacia su destino. 


Mr. Jerney comenzó a ver cada vuelta de la moneda al girar, primero Cara y luego Cruz, tratando de recordar su apuesta. Los nervios lo invaden ¿cómo saber si deberá  festejar o pagar la apuesta? 


Comenzó a imaginar una estrategia para que nadie notara su olvido. La moneda continua su viaje sin paradas intermedias sin detener sus giros. Así comenzó a tramar que hacer, pero ese plan ingenioso al ver Cara, lo descarta al ver Cruz.


Para Mr. Jerney el tiempo se dilata, los segundos parecen minutos.


Imperdonable, una vergüenza insuperable. La moneda ya gira frente a sus ojos. Su corazón parece endurecerse como una roca, su garganta se estrangula. El frío sudor que desciende desde su frente hacia su pecho le recuerda que se aproximaba el final, los últimos instantes de su vida y comienza a revivir su pasado: “Aquel día que llegué a la ciudad  trayendo tantos sueños. El tren frenó abruptamente y casi caigo sobre una hermosa chica con aroma a perfume de vainilla que estaba frente a mí. Cómo olvidar sus ojos, su sonrisa. De repente el bullicio, la prisa, nadie se detenía. Caminé hacia la puerta del vagón con mi valija en la mano y me detuve con un pila de sueños y ansiedades, era tan joven, tan imprudente. Había llegado al umbral de mi futuro.”


La moneda da otra vuelta … Cara … y otra … Cruz. Mr. Jerney comienza a sentir que sus piernas ya no lo pueden sostener. Otra vuelta … Cara … y otra … Cruz.


“Nunca podré olvidar cuando crucé el umbral de aquel edificio imponente una mañana templada. Mi primer trabajo en la ciudad, mi primer sueldo y el primer día en el bar con mis compañeros. Fue una tarde fría que en ese mismo umbral mis piernas se aflojaron el día que me despidieron y ya no tendría el sueldo ni el bar con mis compañeros.”


Las vueltas de la moneda continúan. Cara … Cruz … Cara. Mr. Jerney mira fijamente su moneda en el aire observando cada detalle, como si fueran las sombras sobre la Luna.


“Había Luna llena, esa noche por alguna razón brillaba como si fuera un sol, no podía quitar la mirada de ella. Cuando baje la vista vi sus ojos, su rostro, su sonrisa. Era aquella chica del tren con aroma a vainilla en mi primer día en la ciudad. Mi Camila, ella despertó mi vida. Mi mejor apuesta.”


La moneda llegó a su destino, Mr Jerney se enfrentó a lo inevitable, ya nada puede ocultar su peor fracaso. Cerró sus ojos y la moneda impactó contra el suelo. Enfrenta lo imposible. Una algarabía estalló, como si el lugar se llenara de fuegos artificiales, gritos y chiflidos.


Mr. Jerney no sabe que ocurre. Al abrir sus ojos ve la moneda allí erguida, de canto. No era ni Cara ni Cruz, de canto. 


“Era primavera y yo lo sentía como otoño, aquel día que caminábamos con Camila por la ribera del rio. Estaba tan angustiado como si el cielo se desplomará sobre mí y Camila me dijo: Siempre esperamos que la moneda caiga cara o cruz, pero cuando menos lo esperamos cae de canto. Siempre hay una opción novedosa.”


Mr Jerney lo recordó. Su apuesta fue que caería de canto, lo imposible.


#Paulus - Pablo A Bevilacqua

Otoño 2025

domingo, 24 de agosto de 2025

El diario de Emma

—¿Quién es Emma? —Pregunta el Sr. Red a la Sra. Bianca. Como si la Sra. Bianca no se diera cuenta de la fascinación del Sr. Red por acumular cosas nuevas.

—La hija menor de la familia Hernández, los que se mudaron a la residencia que vendieron los Chiskey en el norte del club. —Le responde la Sra. Bianca al Sr. Red mientras gira su cabeza a ambos lados tratando de distinguir a los nuevos vecinos.

La mirada de ambos como la de los demás siguen a la joven Emma, de recientes 18 años cumplidos y realmente hermosa, imposible de no ser encantado por ella. La fiesta se desarrolla en los jardines del Club House, donde Emma y su familia se presentan a la comunidad en un ambiente distendido (a veces fingido). El jardín está dominado por una variada gama de verdes e iluminado con canteros florales sobre los que destacan los blancos y rojos, con sus intensos aromas de primavera; perfectamente mantenido (el jardín y los secretos).

La ocasión le permitió elegir su vestido blanco, ese que el sol trasluce, de modo que cada rasgo de su cuerpo puede ser imaginado en su detalle más íntimo. La elección no fue un error, tal vez si una imprudencia reprochable para esta ocasión y sancionada por sus padres y hermanas. Es un lugar selecto donde nada ni nadie se desconoce. Vidas libres y privadas, esclavas de sus deseos y de sus secretos guardados. Ambiente al que Emma gusta confrontar y ciertamente lo disfruta.

Muy joven para comprender los alcances de sus juegos sociales, aunque experta en algunos de ellos, al menos aquellos que alteran a su familia. Los meses pasan y los eventos del Club House se suceden donde los ojos de los presentes siguen los movimientos de Emma mientras simulan participar de las charlas insustanciales del club. Emma busca esas miradas aunque le intrigan aquellas que distingue de los hombres que prefieren otros intereses y de las mujeres que ocultan su estremecimiento por ella. No hay mente que no la haya memorizado, que no la haya deseado u odiado.

Cuando llega la noche y es propicia la hora para los encuentros que dan comienzo a los juegos íntimos entre amantes, el rito es abatido por otros pensamientos. Ellos, que pretenden ser los dueños del clímax, en el momento preciso del éxtasis el rostro de la mujer que comparte el lecho se transforma en el rostro de Emma. Ellas ven los ojos de sus amantes tornar lejos de ellas e imaginan la traición de aquella jovencita que como un mal espejo resalta de sus cuerpos todo lo que ellas imaginan les roba la belleza. El placer se escapa, el clímax se pierde.

En varias oportunidades fue abordada por algún hombre o alguna mujer y Emma conserva la distancia porque intuye que en cuanto alguno alcanzara satisfacer sus deseos quedaría expuesta ante todos. Los secretos en este mundo no existen, los amantes secretos jamás son secretos. También duda, que aunque cada parte de su cuerpo se enlaza con mayor perfección que el de Afrodita, pueda dar respuesta a las pasiones y el clímax imaginados por esos pretendientes fantasmas en la misma medida de su perfección corporal. Emma no tiene interés en compartir su cuerpo, tal vez por miedos, tal vez por rituales, al menos con esos extraños de juventudes perdidas.

Nada impide a Emma pasear, charlar y reír. Todo es guardado en las páginas de un diario, su diario secreto. Un libro del que ella dice "contiene aquello que pude observar, enriquecido al imaginar la avaricia de acumular conquistas de una breve duración, la ira que emerge al traslucir todo aquello que se desea ocultar y la gula por devorar hasta el último placer". Emma compone una cápsula del tiempo que recuerda al reloj que en su carrera infinita es la condena que Afrodita impone: una joven nueva, un espejo nuevo.

—¿Quién es esa anciana? —Le pregunta el joven White a la joven Hernández, quien es seguida por todas las miradas en el jardín del Club House, embellecido por la primavera.

—Es Emma, mi abuela. —se aleja del joven White y corre hacia Emma, la toma del brazo—. Abu, ¿Hay más historias en tu diario?

—Mi querida Emita, muchas, algunas felices y otras no tanto. Ven, caminemos juntas y disfrutemos ambas del jardín que ya habrá otro momento para capturar miradas y seguir escribiendo porque el placer sin amor es su sombra.

#Paulus - Pablo A Bevilacqua

Agosto 2025

sábado, 9 de agosto de 2025

La mesa, el vaso y el plato

La ciudad siempre tiene sus luminarias que le dan una imagen especial a la noche. Claroscuros, arboledas y sus manchones de oscuridad, donde se ocultan los miedos, así es como la luz tenue de los faroles gastados dibuja las calles del barrio. También están las avenidas, que nunca duermen, inundadas de luz blanca intensa como si se quisiera ocultar la noche, los miedos. Una ilusión.

No es muy tarde. Dejé el departamento de mamá pensando volver a casa. Esta frío, lo suficiente para evitar estar deambulando por la calle. La pizzería aún esta abierta y bastante concurrida. Elegí una mesa individual, alcanza para mí y mi sombra. Me senté mirando hacia la TV que solo deja ver imágenes de partidos de futbol que nadie ve. Alguien abre la puerta e ingresa el frío del exterior. Solo deseo que la cierre. 

¿Qué puedes pedir en una pizzería si estás solo? Yo no tengo dudas, tal vez tú querido lector que te asomas por esa ventana tengas alguna duda. Fugazeta Rellena y Fainá. Afuera sigue el frío, ese que se entierra en los huesos, aquí la mesa, el vaso y el plato a la espera de las porciones calientes.

La espera es una oportunidad para recorrer la memoria e imaginar. También para dejarse perder en las imágenes de un partido que quién sabe quiénes disputan por el triunfo. Prefiero dejar el celular guardado, me separa de mí. El deambular de los mozos y la espera a ser llamados le dan un ritual propio al lugar. Ahí viene la moza y mi encargo. Una sonrisa.

Pensé en solo comer la mitad y llevar el resto a casa, no fue posible. Opíparo, esa es la conclusión de mi estómago. Culpa de los sabores que siempre nos dejan atrapados en el placer de su fusión. La masa crocante, la cebolla caramelizada, el queso derretido y el jamón en su interior. Tan sólo es solo una porción. La fainá con su particular sabor y crocantez cierra el entrelazamiento de los sabores porteños. El postre no tiene lugar ni en los sabores ni en mi estómago. 

Pagué, me levanté. Abrí la puerta y solo quería  que el abrigo fuera suficiente. Al salir dejé que el frío ingresara y otro ansiara que cerrara la puerta rápidamente.  Seguí mi camino hacia casa entre los claroscuros. Hace frío. 


#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Agosto de 2025

jueves, 7 de agosto de 2025

Tesis sobre la psicosis de los infinitos proporcionales


Esta Tesis busca encontrar el vínculo entre la proporción de los infinitos, en el marco de la dimensión en que existe nuestro universo, y el caso de la psicosis del profesor Phd. Dr. Mg. Ing. Alfonso Ludueña inducida por un alumno desconocido, que llamaremos Equis Sub Uno.

En primera instancia debemos citar que las pruebas de la existencia de Equis Sub Uno se remiten a los dichos del Profesor Alfonso Ludueña, cuya veracidad se basan en sus credenciales académicas como Ingeniero aeroespacial, con un Magister en Astrofísica, seguido de su doctorado en proporción de los infinitos y su tesis sobre el cuento de ficción en los entornos subatómicos como portal de los infinitos.

Además, Equis Sub Uno es mencionado en una conversación de WhatsApp entre el Profesor Alfonso Ludueña y el Sr. Ramanathan Iyengar, encargado de la limpieza, donde éste último alega haber visto salir del aula a su hijo de 17 años de edad, ambos originarios de la República de Bharat, en coincidencia con la observación de la desaparición misteriosa de un joven en el aula.

Para el abordaje de nuestro estudio nos remitiremos al marco teórico expuesto en ocasión del Taller Literario Escritura Creativa realizado en fecha terrana occidental 5 de agosto de 2025, por las disertaciones sobre la Proporción de los Infinitos abordado por el Sr. Manuel y el Entrelazamiento del tiempo y los Universos en una Partícula Aleph presentado por la Sra. Viviana, ambos emergentes de la gravitación Borgiana, dando así sustento a esta investigación de la psicosis de los infinitos. Seguido presentamos el relato de los hechos por Paulus que materializa el objeto de nuestra investigación.

El Profesor Alfonso Ludueña entró al aula, descendió los escalones y se ubicó en el espacio reservado a quien dispone del conocimiento. Sonó el timbre y comenzaron a ingresar los alumnos. Así inició el semestre. Ese año se propuso ser casual, alejado de toda vanidad de la que pudiera ser acusado, para hablar del infinito como la finitud de las grandes medidas, aquellas que sólo encuentran significado en los viajes entre galaxias y también a través de los espacios subatómicos, donde la energía es principio de la materia, que alojan infinitos diversos y proporcionales.

 El infinito es una magnitud incomprensible y comprensible, es como un Qubits que sostiene dos estados al mismo tiempo, salvo cuando es observado adoptando uno de los dos estados. —Se detuvo un instante para medir la respiración de sus alumnos. Cinco se han dormido, diez cuchichean entre ellos, tres están absortos y uno, sólo uno, respiraba normalmente.— Veo alumno que el tema no lo ha sorprendido, ni para bien ni para mal.

 —Aún no profesor. —Responde imponiendo un tono de sabiduría como si hasta allí conociera todas las respuestas.

 —Y a partir desde ¿dónde podré lograr que su respiración se agite?

 —Cuando comencemos a entrelazar la tridimensionalidad del tiempo en el tejido de los infinitos de las energías solidificadas en materia.

 Alfonso no supo qué contestar. Si no hubiera sido por el timbre que anunciaba el fin de la clase se hubiera hiperventilado. Pero, ¿qué conocimiento podría poseer ese joven?, imaginó la posibilidad que sólo se estuviera burlando de él, aunque no puede descartar que fuera poseedor de un conocimiento que él no ha alcanzado. Decidió no dedicar más tiempo a tal trivialidad y asumió, con un ligero cálculo estadístico, que no había ya dudas sobre la primera opción, una singular burla, representando un  72,28% y la lejana posibilidad de ser poseedor de un inesperado conocimiento corresponde asignarle un 26,03%, siendo la diferencia la tasa de error. No había porque afligirse, su conocimiento seguía manteniendo sus estándares exigidos por la academia.

 Aunque, la ciencia no permite tal liviandad y serenidad, pues no es posible asumir una verdad antes de comprobar su falsedad. Claramente estaba obligado a verificar si el alumno poseía el conocimiento para formular tal pregunta. Ya no podía escapar de esa trampa tendida como el laberinto que encerró al minotauro para luego convertirse en la celda de su arquitecto. La pregunta ya había sido lanzada al espacio y al tiempo, ya era imposible ocultarla. Inmediatamente, la anotó en su cuaderno y por si pudiera perderlo le hizo una foto con su celular.

 “¿Entrelazar el tiempo en el tejido de los infinitos?” la pregunta o la respuesta de aquel alumno lo seguía como su propia sombra. Al principio sólo fue una angustia que iba y venía. No vislumbraba una solución. Si el conocimiento fuera un infinito contenido en un Aleph ¿Quién poseería el infinito mayor? ¿Cuál Aleph poseería la mayor cardinalidad?¿Aquel joven o él?

 La próxima clase se encontraría nuevamente con ese alumno y no podría darle una respuesta, aún peor, no podría hacerle una pregunta sin alcanzar una interpretación, una pista, un inicio, cómo sabría cuál sería una duda válida que revelaría su entendimiento de la cuestión. Se estaba enfrentando a la perversidad del iluminismo, allí donde lo racional fracasa y se enfrenta al abismo donde domina lo irracional.

 Por primera vez, fue el último en ingresar al aula. Desde atrás trató de encontrar a aquel alumno. No estaba allí. Fue bajando la escalera lentamente mirando rostro por rostro. Llegó a su lugar, el trono del docente, la sede del conocimiento, protegido por las paredes dibujadas con los símbolos que componen las fórmulas que explican el universo. 

 Hoy debía hablar de las integrales triples y la comparación entre infinitos. De lo abstracto, de aquello que aún no habla de la existencia de Dios, pero se aproxima, esa frontera donde sólo la filosofía se anima a cruzar brevemente antes de convertirse en teología.

 Dio la clase. Fue magistral, ningún error, sin sesgos de superioridad. El tema había sido comprendido por todos. Su misión de maestro fue cumplida a la perfección. Sólo faltaba un aplauso, una ovación que reconociera tal logro. Sonó el timbre y todos abandonaron el aula, Alfonso aún conservaba la tiza en su mano derecha. 

 Entonces, la puerta se golpea, se sobresalta. Allí estaba el alumno, parado en la entrada observado los pizarrones.

 —Intente escribir nuevamente lo mismo, pero con su mano izquierda. —dice el joven.

 Qué estupidez le decía ese alumno. ¿Qué diferencia se puede producir si escribía con una u otra mano?

 —Por favor, inténtelo profesor. 

 Esta vez no rehuiría al desafío, era cuestión simple, más teniendo la seguridad de ser ambidiestro. Comenzó a escribir con su mano izquierda, todo parecía igual hasta que lo vio. Si, pero ¿cómo era posible? Allí estaba el tejido de los infinitos moviéndose en un sistema tridimensional del tiempo, todo contenido en un Aleph. A caso ¿estaría redefiniendo el teorema Greog Cantor o por el contrario sería la descripción matemática de escenas de una obra de Tadeusz Kantor?

 Lo escuchó respirar agitadamente. El alumno había cumplido con su promesa. Volvió la vista al pizarrón y dejó de oír la respiración del alumno, se dio vuelta repentinamente y no había nadie, sólo estaba él y su conocimiento. Volvió a mirar el pizarrón.

 Una voz desde lo alto, desde las puertas de entrada lo llama.

 —Profesor, ¿le falta mucho? Debo empezar mí clase. —Le reclamó otro profesor mirando su reloj.

 Una corriente de alumnos comenzó a entrar. Rápidamente tomó su celular y fotografió todo lo que había escrito sobre el pizarrón. Una nueva tesis, una nueva comprensión del universo.

 —Profesor, ¿le molesta si borro esos garabatos?. Ya no controlan a los niños que dejan entrar a las aulas y se divierten dibujando en los pizarrones. —Le dice riendo el profesor que entraba para dictar clase de Astrofísica—. Qué fórmulas raras y confusas. ¿Es un juego? ¿Una nueva didáctica para que estos cerebritos entiendan algo? Más tarde lo veo y me cuenta.

 El profesor Phd. Dr. Mg. Ing. Alfonso Ludueña sube la escalera lentamente, como si su cuerpo le pesara. Ve los rostros de esos alumnos jugando con su juventud a la espera de algún conocimiento que animara sus fiestas de los viernes. Vuelve su mirada al pizarrón y ve como aquel maravilloso conocimiento, que no podía ser comprendido, era esfumado por un borrador agitado por una mano izquierda perteneciente a otro ilustre profesor. ¿Tal vez debería usar su mano derecha? Se pregunta y sigue sin la esperanza que lo descubra.

 Al salir del aula buscó a quien desde ese instante llamaría Equis Sub Uno sin poder hallarlo. Lo intentó durante todo el semestre y tampoco pudo hallarlo. Finalmente escribió una tesis titulada “Entrelazamiento en la tridimensionalidad del tiempo en el tejido de los infinitos de las energías solidificadas en materia”. No obtuvo el Premio Nobel, tampoco el reconocimiento de sus pares. Sólo el silencio del escritorio de su casa, una pila de hojas impresas que algún día de invierno alimentarán la chimenea.

En conclusión, Paulus en su relato de los hechos nos impone entender ¿qué es el Aleph y su posible relación con la psicosis?, porque él no lo aborda, aunque tiene la generosidad de dejarnos las pistas que deberemos seguir para aproximarnos a una definición. La primera pista nos lleva hacia el observador que puede definirlo en un estado conceptual o uno corpóreo. Este primer estado conceptual fue propuesto por Greog Cantor desde la matemática y por el contrario, 100 años más tarde, Tadeusz Kantor, sin hacer mención específica al Aleph toma el concepto de Greog Cantor y le otorga un sentido corpóreo en la persona y su temporalidad o en el teatro y su forma conceptual. Contemporáneo a este último Jorge Luis Borges nos deslumbra desde la literatura preguntando sobre qué estado posee el Aleph, planteando una ambigüedad ¿solo se conocerá su estado al observarlo sin la intención previa del observador a suponer un estado?

La segunda pista nos plantea otra pregunta sobre cómo la capacidad de observar y comprender los conocimientos puede afectar a la persona cuando intenta revelarlos. Una premisa necesaria es que los conocimientos adquieren existencia cuando el observador es capaz de reconocerlos, por ello, es necesaria la existencia de un motor Equis Sub Uno que motive el desplazamiento de lo conocido para aceptar lo novedoso disruptivo, como le sucedió al profesor Phd. Dr. Mg. Ing. Alfonso Ludueña. Pero, existe una discontinuidad de temporalidad en la distribución del conocimiento, tal se describe cuando el profesor de Astrofísica no logra comprender las fórmulas. Por ello, podemos asumir que éste reconocimiento no sucede en todas las mentes en el mismo instante de temporalidad.

La tercera pista nos lleva hacia la observación del trauma, como una respuesta esperable a la frustración en la búsqueda a ser entendido. Para ello debemos considerar nuevamente el relato de los hechos observados por Paulus que ante el intento del profesor Phd. Dr. Mg. Ing. Alfonso Ludueña de hacer visible ese conocimiento disruptivo novedoso encuentra una resistencia de igual proporción y opuesta a su aceptación. Entonces, extendiendo este concepto podemos decir que el intento reiterado por hacerlo visible en un ambiente díscolo produce un crecimiento exponencial de la magnitud de la fuerza opuesta de aceptación. La imagen del abandono de la Tesis a su olvido y posible destrucción muestra que esta resistencia lleva a quien posee el novedoso conocimiento a una percepción, real o imaginaria, de soledad e incomprensión, cayendo irremediablemente en un Aleph de psicosis… 


Paulus- Pablo A Bevilacqua

Agosto 2025

domingo, 27 de julio de 2025

Otra Historia, ¡So Long?

 

Traer los recuerdos de Lello, de nuestra adolescencia, es volver a casa, a aquel living con algunos cuadros pintados con acuarela y otros con fotos de tiempos pasados, la gran ventana que lo iluminaba, el sillón de 3 cuerpos en el centro mirando hacia la ventana con una mesa ratona haciendo juego y otro de un cuerpo con su velador de pie al lado de la ventana.

Lello sentado leyendo en el sillón individual con su luz siempre encendida del que se había adueñado desde aquel día que pudo treparlo, mientras nosotras vivíamos nuestra adolescencia desde el sillón grande pasando horas sentadas hablando de mil cosas o jugando a nuestros juegos adolescentes y cuando menos lo esperábamos Lello interrumpía con alguna ocurrencia.

No recuerdo ya los años que han pasado, ¿fueron 20?, algo así. Ya había olvidado ese olor tan particular y lo incómodo que era el sillón que creíamos tan cómodo. Pensábamos que no había nada igual más allá de la puerta. No puedo dejar de recordar a Lello leyendo en su sillón al lado de la ventana y de repente su voz:

—Sunthorn Phu nació en 1786 en la provincia de Chango Wat Rayong en Tailandia. ¿Estás escuchando Sheila? No encuentro como traducir el tailandés, ¿A quién se le ocurre comprar un libro que jamás podremos leer? Dile a tu novio que tiene olor a cigarrillo, lo siento desde aquí, me distrae.

Nunca le habló a Richard y al final tuvo razón, no valía la pena hablarle, sólo se escuchaba a sí mismo. Tardé en aceptarlo, al final lo eché. Pero era lindo. Creo que lo que más odió ese día que le abrí la puerta para que no volviera fue que no pudo ser el primero.

—Hace una semana que no viene el cigarrillo con la persona que lo sostiene. —Fueron las últimas palabras que Lello dijo de Richard, no las pude olvidar.

Lello, tenía razón, tuvimos que lavar el sillón para sacarle ese espantoso olor a cigarrillo. Todavía recuerdo su tono despectivo, cuanto me hacía reír y sufrir. Aunque deba ser así, despedir duele. Lello me enseñó a no dejarme traicionar.

Hoy imagino que toda nuestra vida transcurrió en ese sillón. Tal vez porque en la memoria sólo guardamos aquello que consideramos importante aunque no lo sea.

—¡Mamá! … ¡Mamá! … ¡Mamá! Están matando al sillón de angustia, —Gritaba Lello porque con …, ¿Cómo era su nombre? ah sí Lucio, con Lucio rotamos el sillón— sólo puede ver la pared, el sol ya no lo ilumina y me ocultaron la vida que allí ocurre.

En cuanto entró mamá, Lello la miró como buscando complicidad y luego me miró y no tuvo más ocurrencia que recitar un tango:

—“Quién sos, que no puedo salvarme, muñeca maldita, castigo de Dios … Ventarrón que destroza en su furia un ayer de ternuras, de hogar y de fe… Por vos se ha cambiado mí vida …“ Discépolo ... Dis .. cé ... po ... lo ¿Entendiste?

Ese día no volvió a mencionar el nombre de Lucio y supe que también había terminado su tiempo en el sillón. Esa tarde abrí la puerta para que la cruzara por última vez. El sillón volvió a mirar hacia la ventana.

No sé cómo podía tener tanta memoria. Ese tango, que poco después supe que se llamaba Secreto, lo habíamos escuchado con Lello en un podcast que puso esa mañana. Siempre escuchaba podcast por la mañana de 7 a 8 con el desayuno los Martes, Miércoles y Jueves.

Sólo en el desayuno se sentaba en el sillón grande, siempre creí que era porque podía apoyar la taza y el plato en la mesa ratona, aunque la razón era otra, lo supe una mañana que le dije:

—No soporto más ese podcast, por qué no vas a tu sillón, sólo estás aquí para usar esta mesa.

—No, no es así Sheila. Si quisiera desayunar en mí sillón pondría la mesita portátil, pero no estaría con vos, estaría solo.

Lello era un universo extraño de vivencias que hacían verte lo más importante, todo aquello que sólo valía conservar, abrazar y disfrutar.

Él nunca se sentaba en el sillón grande cuando estaban mis amigos. Tampoco permitía que ocuparan el suyo.  Nunca nos dijo por qué dejó a Luis sentarse en su sillón y leer sus libros. Como si conociera el futuro, como si viera dentro de nosotros todo aquello que nosotros no éramos capaces de ver. Finalmente, me casé con Luis. No tengo dudas que Lello lo eligió.

—Es él. No busques más, ahora podes dejar el sillón y salir por la puerta acompañada. —Si me preguntan qué no podría olvidar, fue ese día. Estábamos con mamá, Lello y yo sentadas en el sillón, fue un miércoles, y Lello escuchaba su podcast. Le contaba a mamá sobre Luis y que me parecía que él era alguien distinto, entonces Lello silenció el podcast y sólo escuchó nuestra charla. Creo que sintió que dudaba demasiado y sólo lo dijo.

Él también tenía esos días que no sabía cómo vivirlos. No era fácil ayudarlo, se protegía de todo lo externo, porque desde afuera llegaba aquello que encendía su dolor.

—Hay personas que se van sin avisar. ¡No está bien!. Uno no puede sólo estar aquí sin saber si no regresan porque se cansaron de uno o que uno por su franqueza los hizo enojar, ¿por qué irse y cerrar la puerta para no volver? ¡siempre espero su voz con tanta alegría!. Si no los quisiera no notaría su ausencia, pero la noto … hoy tampoco escuché su voz llegando a la puerta, entonces  ¿no volverá a abrir la puerta? —Fue la primera vez que vi correr lágrimas por el rostro de Lello. Martha, nuestra abuela, tenía una conexión especial con nosotros y especialmente Lello con ella. Fue cuando falleció. Lello no dijo nada por dos semanas, tampoco escuchó podcasts. El dolor en él se mostraba de una forma particular; por un tiempo se ausentaba, estaba allí y no estaba.

Los primeros días disfruté de ese silencio, dije: —¡por fin! —Luego me odié por mí satisfacción. Me faltaba la voz de Lello y comencé a percibir la profundidad de su dolor.

—¿Esperas que diga algo Sheila? ¿Por qué? el sillón grande está lleno de lágrimas y silencio y en el mío no hay voces … ¿Qué palabras calmarán el dolor?

 Aprendí con él a escuchar el dolor en el otro y lo difícil que es superarlo solo. Tan difícil como lo es para mí hoy.

Verlo allí, recostado en ese cajón de madera y no en su sillón me recordó que se acabaron para siempre esas sorpresivas intervenciones. Tantas veces las odié … las amé … y ahora sólo espero escucharlas nuevamente. No quiero estás lágrimas, lo quiero a él en su sillón …

—¡Sheila!, “¡So long!. Remember my words  -I may again return, I love you- I depart from materials; I am as one disembodied, triumphant, dead.”  Walt Whitman … Walt … Whit … Man. ¿Entendiste Sheila? … No lo olvides … No me olvides ... ¡so long!


#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Julio de 2025

lunes, 2 de junio de 2025

El olvido de Belgorov

Belgorov se despertó más temprano de lo habitual, aun el cuarto esta oscuro, desde el ventanal entre las rendijas que deja la cortina se vislumbra el inicio del crepúsculo. Pensó que igualmente podía levantarse, pero sentía sus piernas inmóviles y sus brazos adormecidos, trató de llamar a Angy pero no logró emitir sonido alguno. Solo podía mover sus ojos. Siente como se apaga lentamente su respiración. 

—¿Será un sueño? —Se dijo cuando pudo incorporarse.— ¿Qué sucede? 

Se ve recostado e inmóvil sobre su cama. La angustia que lo había gobernado por tanto tiempo se esfumó. Ve a Angy parada en la puerta y extiende su mano para avisarle. 

—¡Angy! algo extraño me está sucediendo. —La llama, pero Angy no lo escucha. Ella vuelve su mirada hacia la cama.

—¡Nora!, ¡Nora!, ¡Nora…! —Angy grita cada vez más fuerte y con mayor angustia.— ¡Corre!, Belgorov no respira. —Volviendo hacia Belgorov.— No te irás, no me puedes dejar sola aquí. No soportaría seguir aquí sin escuchar tu voz, … ver tus ojos … —Solo mira su cuerpo tendido en la cama, esperando a Nora.

El piso tiembla por el paso de un carro repleto de equipos empujado por dos enfermeros. Nora corre detrás de ellos. 

—Angy, sale y espera afuera, esto no va a ser agradable. —Le dice Nora mientras los enfermeros conectan una infinidad de cables al cuerpo y a las paredes. 

Nora mira hacia arriba como buscando algo en el techo y grita. 

—¡No puedes irte aún! —Sigue con la mirada como si pudiera ver algo y dice— No te podrás escapar tan fácilmente.

Belgorov ve toda la escena como un sueño y Nora llega para irrumpir y frustrar su destino evitando que pueda escapar.

—Siento su mirada como quien teje una telaraña para atraparme, ¿Qué sucede?  —Vuelve a preguntarse Belgorov.

De pronto frente a él se abre un agujero muy luminoso como un túnel y debajo de él siente un frío intolerable y ve abrirse un agujero negro y profundo. Desde la luz emerge como una mano que lo toma y lo jala.

—¡Ahora! —Grita Nora, un enfermero enciende los equipos y esperan en silencio. 

La pieza se llena de sonidos de descargas eléctricas y del ulular de los equipos. Un destello intenso como el de una explosión de un relámpago sin su estruendo llena la pieza. Todos caen al suelo.

—Nooooooo … —Se escucha el grito profundo lleno de frustración de Belgorov incorporándose en su cama.— ¿Por qué Nora? … ¿Qué has hecho?

Los enfermeros se incorporan aturdidos y comienzan a desconectar todo con dificultad, cuando terminan se retiran empujando el carro que llena los pasillos de un horrible coro de chirridos. Belgorov sentado aún en la cama siente que ha vuelto a su prisión y vuelve a sentir la angustia por el olvido de su vida.

—No te irás tan fácilmente. —Le dice Nora y sale del cuarto.— Ya puedes entrar —le dice a Angy y sigue a los enfermeros sin mirar hacia atrás.


Angy corre hacia él, toma su mano y se inclina, siente un frío extraño que emana de su cuerpo que la asusta. Ella se aleja hacia el sillón que está próximo al ventanal y le dice,

—sabes que no podemos dejarte ir hasta que recuerdes. —Aun siente temblar su cuerpo y se cuestiona si Belgorov podrá recobrar la memoria.

Angy corre la cortina y la luz de la mañana llena toda la pieza. Desde el ventanal se ve el mar y su oleaje. El edificio está sobre un acantilado. El ventanal es hermético. A veces Belgorov cree que aquello es una pantalla gigante y lo tienen encerrado en un laberinto en el cual todos están atrapados. 

Angy se acerca nuevamente, lo ayuda a recostarse y lo arropa. Él se siente cansado y se queda dormido. Ella lo mira desde el sillón donde se acurrucó para descansar y le susurra,

—te extraño. Extraño los días que podíamos compartir una vida pero aceptamos este viaje, esta misión sin sentido. No sé por qué no me di cuenta de que tu mente se estaba yendo, tal vez hubiera podido evitar todo esto. —Se queda dormida.

Belgorov se despierta unas horas más tarde. Desde la ventana puede ver el oleaje del mar embravecido e imagina que el viento es más intenso. Trató de recordar cómo era el sonido del viento y el de las olas. Su rostro refleja su frustración por no poder recordar cómo se sentía el viento y las olas en su cuerpo, solo recuerda su sonido.

Ve a Angy que aún está en la pieza durmiendo acurrucada en el sillón de una forma en la que parecía buscar vencer la incomodidad. Su respiración a veces era profunda como si un sueño la tuviera sumergida en una aventura o tratara de escapar de alguna pesadilla. Ella es hermosa para él, siempre la vio hermosa, y le es difícil recordar el tiempo que compartió con ella, solo encuentra en su memoria imágenes dispersas y desordenadas de aquellos días aunque siente que existe algo que los une. Se inquieta por ese sentimiento de angustia al no poder encontrar la forma para salir de ese lugar que imagina como un laberinto donde debe vencer a Nora para que las puertas se abran y pueda alejarse definitivamente. 

—Te veo y sé que debo extrañarte, pero no sé cómo sentir eso. Parecería que algo se rompió dentro de mí y me he alejado. —Belgorov murmura para no despertarla, pero con la intención de que tal vez pudiera oírlo entre sueños.

Angy abre sus ojos y él sostiene por un instante su mirada en sus ojos, un sentimiento de libertad lo invadió y su angustia se disipó como si de alguna forma ellos fueran la salida de aquel lugar. Angy también se hundió en su mirada y comenzó a sentir el vívido calor de un abrazo, como aquellos que había compartido en otros tiempos con él. A caso, ¿su prisión se había abierto? ¿Sería que estaría recuperando sus sentimientos hacia Angy? 

La puerta se abre. Angy se incorpora moviendo su cuerpo como evadiendo los dolores de una mala posición. Belgorov se levanta y va hacia la mesa con cierta dificultad para caminar. Angy lo ayuda. Él siente el calor del cuerpo de Angy y el frío de sus manos que lo abrazan para ayudarlo a llegar a la mesa. De a poco todos esos sentimientos de afectos vuelven a disiparse y desde su interior algo lo impulsa a separarse de Angy. Sentados en la mesa el enfermero deja la comida y se retira. Belgorov lo sigue con la mirada hasta que sale del cuarto.

—¿Estás distinto?

—¿Qué te hace pensar eso? Tal vez me esté cansando del encierro en este laberinto de angustias. Mira a tu alrededor. Mira el mar que repite su oleaje y ni siquiera puedo sentir ni su frescura ni su olor, solo verlo. 

¿Ya puedes recordar por qué estamos aquí? y ¿por qué no podemos alejarnos de este lugar? Todos estamos de alguna forma atrapados en tu prisión. En algún lugar de tu memoria está, solo debes encontrar el camino para llegar y recordar.

—Me piden que recuerde algo que ni siquiera sé si fue real. 

—Lo fue, aunque no puedas recordarlo. ¿Por qué no me cuentas que sucedió cuando dejaste de respirar?

—Estás linda, aunque no hayas podido dormir bien. 

—Gracias, pero no evadas mi pregunta. 

—No sé qué decirte, todo está tan borroso como el recuerdo de un mal sueño. 

—Necesito saber si aún me recuerdas. 

—Temo que no entiendas, que trates de unir piezas que no son del mismo rompecabezas y finalmente veas algo erróneo. 

—Confía en mí, tal vez juntos podamos encontrar las piezas correctas.

—Recuerdo un último ahogo y sentí como si pudiera ver toda la pieza mientras yo estaba en la cama. Traté de avisarte, pero no me oías. ¿Por qué miraste hacia la cama?

—Sentí como un viento frío que rozaba mi nuca, me di vuelta y te vi inmóvil.

—Fue como si parte de mí hubiera abandonado mi cuerpo. Bien, sabemos que es imposible. Ha sido solo un mal sueño.

—Paso algo más, ¿no? Te conozco, cuando no quieres hablar de algo niegas todo. 

—¿Te vas a comer esos vegetales?

—No, pero los tendrás solo si me dices.

—¿Por qué insistes? 

—Si fue un sueño no tienes nada que perder. Solo me contarás un sueño.

—No sé si solo fue un sueño. No sé si estoy confundiendo los recuerdos. Ya no confío en lo que mi mente recuerda.

—Yo puedo juzgar eso. No sabes lo difícil que es para mí vivir esta enorme distancia que abriste al quitarme de tus recuerdos.

—Ya no se … no sé si fue … si fue culpa mía. No se … no sé como sentir dolor por esto, no recuerdo porque debo sentir amor por ti, pero sé que debo esforzarme a hacerlo. 

—Cuéntame, tal vez estemos encontrando el camino.

—Es posible. Se abrieron dos portales, el primero con una luz intensa y cálida, el segundo oscuro y helado. Sentí algo o alguien que me arrastraba hacia la luz y de repente caí hacia la oscuridad del segundo portal. 

—Toma los vegetales.

—Hay algo más. Algo vino …

La puerta se abre de repente. Entra Nora y un enfermero a retirar la comida.

—¿Qué quieres Nora? —Le dice Angy molesta por frustrar sus esfuerzos para recuperar a Belgorov 

—Si, ¿qué quieres Nora? - Repite Belgorov siguiéndola con la vista. —¿No te basta con invadir mis sueños?

—Hola Belgorov. Veo que aún estás algo irritable. —Mirando a Angy.— ¿Lo ves mejor?

—Aún sigue sin recordar. —Siente que debe ocultarle la charla reciente con Belgorov y sospecha que Nora es parte del motivo de la pérdida de su memoria.

Nora camina alrededor de la mesa explorando a Belgorov con su mirada penetrante. El enfermero se retira dejando la mesa limpia y llevándose las bandejas. Mientras Belgorov sigue con su mirada al enfermero como si solo estuvieran ellos dos.

—Te estás olvidando de mí. ¿Piensas dejarme aquí otra vez? —le dice al enfermero. —No quiero seguir aquí sin encontrar una salida. Tú puedes sacarme, tú tienes lo que ellas buscan.

Nora mira al enfermero que comienza a ponerse nervioso y busca salir de la habitación con mayor prisa. 

—Espera, ¿De qué te está hablando? —Nora le pregunta al enfermero mientras camina hacia él.

—No sé. Desvaría. No tengo idea de qué habla. Yo no tengo las claves.

—¿Qué claves? —Nora ya casi siente su respiración agitada y comienza a dar vueltas lentas a su alrededor e impidiendo que salga de la habitación.

—Las que no recuerda. Las que ustedes necesitan para regresar. —Responde inquieto sintiendo la presión de Nora.

—Sabía que algo no estaba bien. —Dice Angy dirigiéndose a Nora y mirando a Belgorov.— O nos mienten o ha sucedido algo cuando lo trajimos de vuelta.

—Ciertamente. —Dice Nora sin dejar de escudriñar al enfermero.— Porque no te sientas enfrente de Belgorov y averiguamos qué está pasando aquí.

El enfermero duda en moverse, quería irse de allí, pero sabía que Nora no se lo permitiría, ella siempre lo veía todo y lo atraparía, no tenía más salida que la de obedecer y sentarse.

Angy se para y corre la silla esperando que el enfermero se siente. Nora y Angy guardan silencio por un rato observando a ambos.

—¿Recuerdas mi mirada, Belgorov? Yo podía verte cuando tratabas de encontrar una salida. —Nora le recuerda ese instante que veía los ojos de Nora buscándolo.

—Si. Estabas en mi sueño como una ladrona. Cuando sentí que había podido abandonar el laberinto, cuando vi la puerta, sentí tu mirada vigilante a la espera de ese instante para cerrar las puertas y volver a encerrarme aquí, en mi celda. 

—¿Recuerdas que no estabas solo? No podía verlo, pero vi como una sombra que se acercaba hacia ti.

—Alguien quería ayudarme, extendió su mano desde la luz y me sujetó el brazo. 

—y volvió contigo. —Nora responde con una voz imperceptible.

—Nadie vino con él. Todo es un sueño, un mal sueño. —Responde enojado el enfermero mirando a Angy.

Angy no sabe qué decir, prefiere guardar silencio. Observaba toda esa conversación como un juego de desvaríos inducidos por Nora por algún motivo. Belgorov observa a Angy esperando que no mencione nada de su charla. Los tres ven al enfermero como intromisión, alguien que no debía estar allí, un invasor.

Nora y Angy salen del cuarto dejando a los dos solos. Por el ventanal se ve una tormenta que agita el mar con olas cada vez más violentas.  El enfermero se levanta y camina hacia el ventanal, extiende su mano y la apoya contra el vidrio. Siente un frío intenso como si quemara su piel y la retira, la vuelve a extender y la deja apoyada.

—Si intentas salir por la ventana morirás. No hay forma de sobrevivir en ese ambiente helado de metano y helio líquido. —Belgorov le recuerda con ironía algo que todos saben.

—Es mejor que esperar aquí, en este encierro. Aunque tú tienes la compañía de Angy. —El Enfermero le contesta con la misma ironía.

—Diles las claves y todo terminará. 

—¿Para qué? Si ya no existe el lugar donde pretenden regresar. —Vuelve su vista hacia Belgorov mientras retira su mano del vidrio y la mete en su bolsillo para calentarla.

Belgorov se para y la angustia comienza a dominarlo.

—Tu no entiendes lo insoportable de este lugar. Encerrados en este laberinto del que no podemos hallar un final. Pasillos, puertas, cuartos, salones, escaleras y más pasillos. Al principio estábamos ocupados construyendo las instalaciones, dedicando tiempo a investigar. —Se detiene un segundo y toma su cabeza con sus manos.— Ya no recuerdo qué hacemos aquí, solo aprendo olvidar: a no recordar quiénes somos y de dónde venimos.  —Mira hacia la puerta esperando que Angy regrese.—  Empecé a olvidar a Angy y todos los sentimientos que imagino tenía por ella y los que ella dice tenía por mí. 

—Ya estás aquí, no puedes volver y ni tampoco puedes regresar lo que has perdido. 

—A esta altura ya deben intuir que no podré recordar lo que tanto buscan. Prefieren imaginar que encontrarán algo que les permita aferrarse al pasado para no perder la esperanza que los mantiene vivos. Yo ya no sé por qué debo seguir viviendo. Lo he olvidado.

—Me enviaron para protegerlos, que es necesario negarles la salida para que solo les quede la posibilidad de sobrevivir aquí. Al menos así tendrán una oportunidad.

—No sé si aquí existen oportunidades. Ellos pueden lidiar con la verdad y la elección debe ser de ellos no tuya. Aquí se sienten atrapados, inmersos en un laberinto del que no pueden salir. No creo que puedan soportar mucho más.

Belgorov se enfada consigo mismo. La angustia crece. 

—Cargan con los recuerdos del pasado imaginando un presente que ya no existe. Como si vieran en un espejo el recuerdo de lo que ya no soy. —Se deja vencer, un breve silencio y susurrando sigue,— no sé lo que soy.

Belgorov se acerca al enfermero y ambos miran por la ventana, la tormenta ha menguado y puede verse Saturno sobre el horizonte.

—Angy es verdaderamente hermosa, tienes mucha suerte. 

—No sé si llamarlo suerte. Puede ser la mujer más bella pero ya no puedo reconocer la belleza.

—Aunque sea están vivos. Están aquí contigo.

—¿Estás seguro de ello? Porque esto no es estar vivos. Esta luna no es lo que imaginamos. 

—Sabían que Titán sería un desafío y una oportunidad.

—Pero nunca imaginamos lo que encontraríamos. Debes dejarnos salir de aquí. Llévame hacia la luz. Me quisiste llevar, pero no te dejaron.

—Lo sé. Pero aun así no puedo. 

—Está es una maldita pesadilla. 

—Tu memoria cada día tendrá menos de ti. Te irás olvidando, solo recordarás breves imágenes, te será difícil controlar tus emociones y no sabrás por qué. Quienes hoy necesitan de ti ayer no los dejaste tenerte ni ellos te buscaron, perdieron la oportunidad cuando fuiste Belgorov, entonces hoy sabrían qué hacer y cuál es la información que necesitan para dejar este lugar.  Yo me iré y también me olvidarás.

—Malditos rompecabezas. Se mezclan las piezas de unos y otros. —Belgorov vuelve a la silla, espera solo el regreso de Angy y Nora, aún sabe que volverán.

El reflejo de la luz del sol que llega desde Saturno se va disipando en el ocaso, la luz ultravioleta del sol crea un color especial en la atmósfera, una neblina comienza a ocultar el exterior. La puerta cruje al abrirse, entran Nora y Angy, miran ambas a Belgorov esperando una respuesta, que el extraño hubiera conseguido lo que él ha olvidado.

—¿Dónde está el enfermero? —Nora le pregunta a Belgorov buscándolo en toda la pieza.— Es imposible que haya desaparecido. Belgorov, ¿Dónde está el enfermero? le volvió a preguntar enojada.

—¿Qué enfermero? —Responde Belgorov a Nora. 

—¿Cómo qué enfermero? —Le pregunta Angy a Belgorov.

Un velo de silencio inunda el lugar con miradas que recorren cada rincón como si un cuerpo pudiese volverse invisible. Incrédulas de la desaparición hacen traer los equipos para escanear la pieza. 

Belgorov vuelve a su cama, él piensa que si se vuelve a dormir podrá despertar de ese sueño, afuera la niebla lo cubre todo, mira a Angy antes de cerrar sus ojos, podría ser la última vez que la recordaría.



#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Mayo de 2025