sábado, 9 de mayo de 2026

El uniforme de gala


—!Está muerto! —Un soldado tunecino del ejército otomano parado al lado de un jinete británico y su caballo gritó alzando su brazo.

—¿Quién está muerto? —Pregunta un Dragón luciendo su uniforme de gala parado al lado del tunecino mientras mantenía la mano alzada sin inmutarse.

William Wood, sargento de la Brigada Ligera, nacido en Leeds el 25 de octubre de 1820, hijo de Susan Shaw y Jack Wood, artesanos textiles. Yace junto a su caballo en el campo de Balaclava.

El Dragón vestido de gala sigue esperando la respuesta del soldado tunecino que no cede a su persistente obstinación de sostener su brazo alzado.

Un carro tirado por dos caballos en mal estado se detiene frente a ellos. Un soldado francés sentado al lado del mayoral se para y mirando al jinete y su caballo le dice al tunecino.

—Ya puede bajar el brazo, este jinete y su caballo serán enterrados aquí. —se vuelve a sentar y el mayoral agita las riendas avanzando por el campo.

—!Hey!, Galo ¿a dónde vas? No puedes dejar a un soldado británico para que sea carroña, y su caballo que ha sido amigo en todas sus conquistas no puede ser abandonado sobre la tierra. ¡Ven aquí maldito francés! ¿no me oyes? —quiso salir corriendo tras el carro, pero sus piernas no se lo permitieron, era como si fueran un arbusto plantado en el suelo.

El soldado tunecino baja el brazo y gira su cuerpo hacia el sur extendiendo su mirada hacia el Mar Negro, el silencio cubre todo el campo de la muerte, levanta sus manos abiertas a la altura de sus hombros. El Dragón lo observa y escucha la voz del tunecino y entiende cada palabra.

—Allahu Akbar, -su voz se eleva “Dios es Grande”.

Baja sus manos y las cruza sobre su pecho, el Dragón repite el gesto.

—Detente Mayoral —Se escucha la orden del galo, mira hacia atrás y salta del carro. —Ayúdame Mayoral este otro soldado está vivo, tal vez el médico pueda mantenerlo en este mundo. —Baja de su asiento y al ver al tunecino le grita,

—Ne yapiyorsun Tunuslu? O senin kardesin degil! —Indignado le dice “¿Qué haces tunecino? Ese no es un hermano”, él sigue mirando al sur.

—¡Callaté Turc! y ven aquí que debemos ocuparnos de los vivos. Deja al tunecino que se ocupe de los muertos. —el Mayoral y el francés suben al carro al soldado herido.— Ten cuidado, su pierna derecha está partida en tres, y su brazo apenas sigue unido a su cuerpo. Me han convertido en enfermero por no haber perecido como todos los Dragones. Haber sobrevivido ya no es digno, tantos muertos me han robado la gloria.

—Bismillah ir-rahman ir-rahim. Al-hamdu lillahi rabb il-alamin. Ar-rahman ir-rahim. Maliki yawm id-din —recita en voz baja y el Dragón repite “En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Alabado sea Dios, Señor de los mundos. El Compasivo, el Misericordioso. Dueño del Día del Juicio.”

—Allahu Akbar —levantan suavemente sus manos, y repite “Dios es grande”.

—Allahumma salli ala Muhammad wa ala ali Muhammad —el Dragón repite la oración del profeta “Oh Dios, bendice a Muhammad y a la familia de Muhammad”.

—Allahu Akbar —alzando las manos, “Dios es grande”. El tunesino inclina levemente la cabeza y recita la súplica por el difunto —Allahumma ghfir lahu warhamhu wa afihi wa´fu anhu. Allahumma la tahrimna ajrahu wa la taftinna ba’dahu —y el Dragón también inclina su cabeza “Oh Dios, perdónalo ten misericordia de él, protégelo y perdona sus faltas. Oh Dios, no nos prives de su recompensa y no nos pongas a prueba después de él”. —Ambos levantan sus manos por última vez

—Allahu Akbar —silencian sus voces y giran sus cabezas hacia la derecha— As-salamu alaykum wa rahmatullah —“La paz sea con ustedes y la misericordia de Dios”, giran la cabeza hacia la izquierda— As-salamu alaykum wa rahmatullah —Bajan sus brazos.

Una luz aclara el sitio y el Dragón al ver el rostro del jinete se reconoce en él.

—William qué haces allí y tu Orión ¿quién les ha hecho esto? ¿Quién me ha hecho esto?… solo veo camaradas y tunecinos durmiendo. ¿Mi gala acaso es una broma? Tu William Wood vistes las ropas desgarradas, húmedas por la sangre, teñidas por el barro. Yo William Wood visto de gala en el campo de la muerte. ¿Qué broma tan cruel es esta? Tunecinos que hallan muertos para elevarlos y un galo para hallar británicos que aún gimen con sus esforzados alientos, que sueñan con una efímera oportunidad para regresar y abrazar a sus hijos, para amar a su mujer. No hay nada en este hedor de muerte que me honre en usar la gala, debería portar el sable y el uniforme de la batalla y alzarme y llevar a las almas enemigas al infierno.

—Te quejas sargento inglés como si fueras el único que ha sido castigado por el cielo y olvidado por los ángeles. Yo también he sido vestido de gala como si el Zar me hubiera llamado. ¿Parece que somos los únicos? O el cielo nos ha premiado por una vida honrada que sé que no he tenido o el infierno quiere recibirnos con glorias y mujeres para satisfacer nuestra gula.

—¿Quién sos? O más bien ¿quién fuiste?, porque si yo estoy tendido allí junto a Orión, tú eres …

—Nicolai Popov de San Petersburgo, teniente de Caballería. Tal vez, también padre, si pudiera portar ese grado, de Irina Popov, a quién he conocido solo por las cartas de su madre.

—William Wood, de Leeds, hasta hoy sargento, mañana quién abre o cierra las puertas del cielo dirá si ángel o demonio. Lamento tu dolor por Irina, aún no he tenido hijos por los que deba velar, me espera una hermosa y testaruda mujer, Laura, y mis padres Susan y Jack. Veo tu cuerpo y el de tu caballo, él ha sufrido mucho no ha muerto enseguida.

—Mi más fiel camarada. Ha cuidado de mí hasta en las batallas del amor. Krasny, así lo llamé, porque nació hermoso. Sea en el cielo o sea en el infierno siempre será él a quien extrañe.

—Es nuestro destino, llegar a viejos no se nos permite. Nacimos para ser héroes y solo muertos se concede tal honor.

—Esa es nuestra vida, cabalgar no en un desfile sino en la carga de caballería hacia el enemigo, lanzados sin más ambición que cumplir la misión y si en ella perecemos la gloria nos es otorgada. Y aquí estamos los dos, para custodiar todas estas almas y llevarlas al último cuartel.

—Si esa es la razón entonces el mayor honor se nos ha concedido, guiar a nuestros camaradas hacia la nueva Brigada. Este campo de la muerte renacerá como un camposanto. Nuestros cuerpos serán alimento de la vida futura, y nuestras almas tendrán la misión de luchar por quienes aún siguen sobre esta tierra.

—Ven, vayamos. Los tunecinos harán su trabajo y sus oraciones despertarán las almas de nuestros camaradas y antes que los demonios los demanden cumplamos nuestra tarea de mayorales para llevarlos a la gloria que merecen.

—Si, vayamos. No sea que el galo imagine un aliento en nuestros cuerpos que dejamos y pretenda que volvamos a ellos para robarnos la misión que la muerte nos encomendó.

Las almas de William y Nicolai caminan hacia el horizonte con sus uniformes de gala, donde el sol nace, tendiendo sus manos a cada alma que encuentran. Allí va el nuevo ejército con sus mejores uniformes, muertos como enemigos renacidos como camaradas.


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#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

25 de octubre de 1854, Batalla de Balaclava, Crimea. Brigada Ligera. Regimiento de Dragones Ligero

La imagen es la Estampa de Moraine cuyo original digitalizado se encuentra https://gallica.bnf.fr - Bibliothèque Nationale de France.

nobloyan@gmail.com

viernes, 8 de mayo de 2026

Los sucesos extraños suelen acaecer en noches frías de invierno

 

Ya es de noche y estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires.  Estoy cansado, necesito alejar a mí mente de esa batalla virtual en la que me involucraron. Tal vez, detenerme para cenar sea lo mejor. Vi la luz del bodegón encendida, el que está en la esquina frente a la plaza.

Los Bodegones son lugares que te transportan hacia una estética definida por los sabores y las texturas de aquellos platos que firmaban mis abuelas, recuerdos culinarios de mí infancia en aquellas reuniones que transcurrían en la cocina y reunían a la familia. Hoy manos hábiles recuperan aquellos sabores, texturas y un ambiente de familia con el mismo bullicio de aquella cocina de mí infancia.

Estacioné y caminé hacia la luz. No se oyen conversaciones en la calle, sólo resaltan los manchones de luz que pintan las luminarias sobre la calle tiñendo el paisaje de un aire estremecedor. Aceleré el paso y a través de las ventanas del bodegón puedo ver seres algo difusos, a veces inmóviles como si el tiempo se congelara y otras veces en movimiento. La sensación es rara. Alcancé la puerta.

Traté abrirla sin lograrlo. Volví a intentarlo y fracasé nuevamente. Escucho movimientos en el interior. Busqué algo que indicara cómo abrir esa puerta. Un timbre, un cartel con las palabras "¡golpee aquí:", un teclado para ingresar un código, un escáner biométrico, pero no había nada.

La espera no es placentera por el frío y esa llovizna persistente. Una brisa helada inesperada golpeó mi espalda y todo a mi alrededor se volvió difuso, salvo la puerta. Algo está sucediendo. Una fuerza desconocida me transforma en energía y siento a mis moléculas viajar hacia el interior para finalmente reconstruirme dentro.

  —El plato de hoy es mondongo, —dijo un ser de azul parado frente a mí para recibirme mientras me palpo mí cuerpo con la esperanza de que nada se haya perdido en el viaje cuántico.

  —No, hoy prefiero milanesa con papas fritas y una cerveza.  —Le respondí.

Me senté en la mesa que se encuentra sobre la ventana y a la altura del mostrador donde los seres de azul se congregan. Abrí el libro que lleve conmigo aprovechando la capacidad de contraer el tiempo que posee la lectura, durante la espera del arribo de la comida. Cada tanto levanto la vista y veo a través de la ventana el exterior difuso provocado por un extraño juego en movimiento caprichoso de las luminarias en la oscuridad, a veces inmóviles y otras en movimiento a variadas velocidades, como quien viaja en un tren.

  —El plato de hoy es mondongo, —escuché otra vez la voz del ser de azul, el más joven del lugar, que repetía como saludo ante la aparición de una nueva persona,

— No gracias, ¿Puede ser matambre al horno con papas? —Le responde el nuevo comensal.

—Sí, y ¿para beber? —Le pregunta el joven ser de azul.

—El vino. —Refiriéndose a una botella de vino que guardan para él, que consume de a poco con cada visita al bodegón.

Se ubicó en la mesa junto al mostrador vecina a la mía, como si fuéramos un mismo ser que se refleja en un espejo, con la apariencia de compartir un mismo tiempo, ambos estamos sentados solos, pero no en soledad. Pronto comencé a darme cuenta de la variación del tiempo, a veces transcurre más lento y otras se acelera.

Llegó la comida, una fuente colmada para al menos dos comensales. Al mismo tiempo, en la mesa contigua, la que ocupa Juan Carlos, a quien conocí más tarde, sucede una charla entre él y un ser de azul, el mayor a todos, de nombre Marcelino. Un ser hábil en construir diálogos.

Volví la mirada hacia la ventana y algo cambio. Ya no veo la calle sino que se suceden lugares y situaciones reales coincidiendo con los tópicos de la charla que llevan Juan Carlos y Marcelino. Puedo sentir los aromas, el clima, los sentimientos, las alegrías y dolores, como si yo hubiera vivido esos eventos en otro tiempo y los rescatara de la memoria para vivirlos nuevamente. Estoy desorientado y tratando de encontrar una explicación racional.

—Aunque quieras no puedes ni debes, cambiar nada allí. —dijo otro ser de azul, sobrino de Marcelino, que apareció frente a mí como si las moléculas del aire le dieran su forma.— El tiempo es una necesidad de la mente, si cambias algo en tu pasado, ya no estarías aquí y tu futuro tendría otro camino. —Quise responderle, pero de pronto lo vi tras el mostrador.

Entonces, volví mi mirada hacia la mesa contigua, y Marcelino, mirándome a los ojos, comenzó a responder las argumentaciones de Juan Carlos como si esas respuestas fueran necesariamente para mí.

Seguimos la charla de mesa a mesa, Marcelino ya se había trasladado a otro lugar, mientras disfrutábamos de nuestros platos. Al avanzar la charla se hacía cada vez más notable las similitudes entre nuestras vidas; como si Juan Carlos fuera yo mismo en otro plano, una suerte de juego perverso del espacio-tiempo en una danza que me excluye y me obliga a ser observador. La intriga de lo que seguirá me desorienta, esa incertidumbre que hace imposible predecir el siguiente instante.

Terminé la cena y me despedí de Juan Carlos y de los seres de azul. Salí del Bodegón de la misma forma que ingresé, conté mis moléculas, están todas. Mientras camino hacía el auto regresé mi mirada hacia el Bodegón y en su interior sólo vi a los seres de azul.

Una brisa helada golpea mi espalda, qué sensación rara, nuevamente todo se vuelve difuso.

Estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires. Más adelante veo la luz de un bodegón en una esquina frente a una plaza, pienso en detenerme para cenar, freno y finalmente sigo hacia casa. Miré por el espejo retrovisor y la luz del bodegón ya no está, sólo veo la luminaria de la calle con su caprichoso juego con la oscuridad.

#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

Escrito en el Bodegón de Marcelino, Villa Sarmiento, Buenos Aires en Julio 2023. Varios de los cuentos y ensayos nacieron allí.

nobloyan@gmail.com

domingo, 12 de abril de 2026

La donna dal vestito rosso

 (Il testo originale è in spagnolo; è stato tradotto in italiano da IA-claude)


 La casa si trova su un terreno coperto di Araucarie e Ulivi che si estende fino al lago. Carmen, al mattino, è solita passeggiare lungo la riva nel calore dei primi raggi di sole, sperando che la giornata continui, mentre Dora preferisce svegliarsi quando il giorno ha già superato le prime luci dell'alba —teme che il sole possa spegnersi. Sono solite sedersi in giardino a leggere e scrivere, sebbene gli odori persistano ancora e l'oscurità lasciata dalla guerra faccia ancora paura.

—Mi hanno appena chiamato dalla Commissaria, vogliono parlarmi. Vado subito. —Carmen avvisa Dora.

—Sei sicura? Perché "Ho fatto un sogno, che non era del tutto un sogno. Il sole splendente si spense, e le stelle vagavano nel buio dello spazio eterno, senza raggi, senza cammini, e la gelida terra oscillava cieca e sempre più scura nell'aria senza luna." —Dora la accompagna alla porta senza smettere di parlare.— Hai portato dei vestiti di ricambio? Entri per qualche domanda e le risposte ti chiudono le sbarre dietro. —Carmen si avvia verso la strada e Dora le grida dalla porta— Chiedi un avvocato! Hai sentito?— Carmen alza la mano, tra il sì e il saluto.

Carmen e il Sergente Lord sono seduti nell'ufficio del Commissario. Pareti bianche appena ridipinte, nessuna finestra, due armadi e una cassaforte. Risalta l'assenza di sentimenti tra tanti libri che parlano di giustizia. Le domande e le risposte legano più che unire indizi, e Carmen comincia a godere della sua condizione di testimone.

—Avrò bisogno di un avvocato?

—Non credo. —Le risponde il Sergente Lord ridendo.— Cerchi di ricordare qualcos'altro.

—Non so, vediamo. Ricordo di aver visto una donna che non era di qui, non molto lontano da casa. Credo fosse vicino al bosco, ma in realtà non lo ricordo bene. Indossava un vestito rosso, e qui nessuno porta un vestito rosso non dopo la guerra, non con tutto ciò che richiama. Sembrava una donna giovane, ma ero a circa cento metri. Perché le interessa tanto?

—La stiamo cercando, e a quanto pare lei sarebbe l'ultima ad averla vista.

—La cercate per qualcosa?

—Si potrebbe dire di sì, anche se non possiamo fornirle dettagli.

—Stavo dicendo a Dora che quella donna mi sembrava strana. Molto magra, come consumata dalla fame. Camminava in modo strano, come se un dolore acuto si fosse installato nelle sue viscere, e i suoi passi erano erranti, come se il sole si fosse spento e non esistessero più cammini.

—Ma non ha detto che era a cento metri? Come ha potuto osservare tanti dettagli?

—Di chi?

—Della donna.

—È proprio quello che dicevo a Dora anche a lei sembrava strano che portasse un vestito rosso. A volte il Dottor Samuel porta qualche accompagnatrice un po' trasandata, ma niente come questa donna. Non mi fraintenda, lo vedo nei suoi occhi, Dora non è quella donna, né le amiche del Dottor Samuel. Lei è la mia amica, intendo Dora, non quelle che porta il dottore, si somigliano solo perché condividono il gusto per i capelli biondi, sempre tinti di biondo, credo dalla nascita. Lei mi sta chiedendo di una donna mora.

—Grazie, Signora Íñiguez.

—Dora mi ha detto che prima che mi rinchiudano posso fare una telefonata e che devo chiedere un avvocato.

—Signora Íñiguez… la prego!

—Caro, se devo passare del tempo in commissariato dietro le sbarre, puoi chiamarmi Carmen.

—La ringrazio per il suo aiuto, può andare. Ma non lasci la città! — Il Sergente Lord non riuscì a trattenersi e lo disse imitando un poliziotto di una serie televisiva.

La casa di Carmen si trova a due chilometri dalla commissaria attraversando il bosco, vicino alla riva del lago.

—Dora, ci sei? —Grida Carmen mentre apre la porta di casa.

—Sì, evitando che la fame si installi nelle nostre viscere! —Dora alza la voce quanto può perché Carmen la senta.

—Lo chiedo nel caso tu abbia compagnia. Non vorrei vedere! —Carmen risponde affacciandosi dalla porta d'ingresso.

—Quale compagnia? Se ne sono andati tutti a morire. Questo paese comincia ad assomigliare al pianeta delle amazzoni. —Dora grida dalla cucina, finché non la vede entrare e continua un po' seccata, seguendo quello che sta cucinando.— Non mi hai chiamata. Aspettavo che mi chiamassi nel caso avessi bisogno di un avvocato. Il Dottor Samuel è il migliore e questa settimana è a casa. Ti hanno portato nella sala interrogatori? Te lo chiedo perché hai sempre quella faccia da colpevole.

—No, è stato un colloquio con il Sergente.

—Lo chiamano colloquio, ma è sempre un interrogatorio. Senza sbagliare posso dirti che la sedia e il tavolo erano di metallo, per farti sentire il freddo della giustizia. Sicuramente senza finestre, pareti grigie che spengono la luce, che mutano i sentimenti in ragionamenti spietati e contorti, e solo per uscire di lì dici qualsiasi cosa. Che cosa ti hanno fatto firmare? Mando subito un messaggio al Dottor Samuel, ti dirà cosa fare.


—Dora, basta! Sto bene. Mi sono innervosita all'inizio con tutto quello che mi avevi messo in testa. Il Sergente Lord mi ha invitata nell'ufficio del Commissario. È stato molto gentile.

—Certo, il poliziotto buono.

—Dora! —Carmen fa una pausa per prendere fiato e si siede.— Solo quando sono arrivata a casa ho potuto calmarmi. Mi hanno chiesto di una donna mora, quella che ti avevo raccontato di aver visto qualche settimana fa.

—L'hanno ammazzata? —Dora lascia quello che sta facendo e corre al tavolo per sedersi di fronte a Carmen, aspettandosi una grande storia.

—No. La stanno cercando.

—Che noia! Se non c'è una morta non c'è intrigo. Proprio quando speravo che succedesse qualcosa da raccontare al gruppo delle "solitarie".

—Le tue amiche sono terribili.

—Cara, porta degli uomini in paese e cambieremo il nome del gruppo. —Cominciano a ridere insieme. Dora smette all'improvviso e continua con tristezza— Si sente la solitudine e il freddo del letto che devo scaldare da sola.

—Quando potevi tenerli li hai cacciati, e adesso che non ci sono più li vorresti riportare.

—Erano altri tempi. Sembrava che tutto fosse eterno. Che la solitudine non esistesse, che amare fosse una cosa che non era necessario imparare, che venisse da sola… e… è passato… il tempo è passato… poi la guerra… il buio… la morte… e ora sola. —Parla mentre fa cose in cucina senza ordine né ragione, come se cercasse qualcosa.

—Il Sergente avrà una quarantina d'anni, non è molto bello ma sembra un bravo ragazzo.

—Quando arriva Pablo? —Dora continua a girare per la cucina mentre va avanti con la conversazione, si sente triste.

—Ha detto che potrebbe arrivare la settimana prossima. Sta aspettando il traghetto, ma con il tempo di tempesta hanno limitato i viaggi di andata e ritorno.

—Verrà con i bambini e la sua moglie insopportabile? — continua la conversazione mentre apparecchia la tavola per il pranzo.

—Speriamo di sì. Amalia non è insopportabile, fa fatica ad adattarsi, siamo un po' intense con Pablo e i bambini, come se le rubassimo il posto. Non puoi sempre immaginare che lei spenga il sole.

—Non immagino niente, lei oscura tutto quello che la circonda e sento che divora la mia energia.

—È che è ancora giovane e non riesce a capire la solitudine. Forse ha paura quando ci vede, paura di vivere nella stessa solitudine. Il lavoro di Pablo lo porta sempre lontano e lei deve immaginare la sua assenza eterna, e quando ci vede suppone un futuro di solitudine che vuole evitare.

Dora, nell'apparecchiare la tavola, sbatte i bicchieri contro di essa.

—Non tutte le persone meritano la tua compassione, alcune hanno deciso di essere difficili e non fanno nessuno sforzo per cambiare. Amalia è una di queste, e tuo figlio ha visto qualcosa in lei che io non vedo — o è cieco o sono diventata una vecchia insopportabile. Devo ammettere però che ha cresciuto molto bene quei bambini.

—Staranno solo due settimane, come sempre. Adesso dobbiamo occuparci di allestire il banco alla fiera, arriveranno tutti a partire da venerdì prossimo. Abbiamo molto da preparare.

La notte arriva, e la paura del buio si allontana un poco con ogni nuovo alba.

—Buongiorno! —Saluta Dora entrando in cucina mentre Carmen sta preparando la colazione.

—Buongiorno Dora. Non so cosa fare — stamattina sono uscita a passeggiare lungo la riva e ho visto di nuovo la donna dal vestito rosso, illuminata dai primi raggi di sole. Molto simile a quella che sta cercando la polizia. Dovrei chiamare il Sergente Lord?

—Chiamalo! Magari, tra un interrogatorio e l'altro, potresti avere un'avventura. —Dora si siede al tavolo ridendo.

—Continua a ridere —io avrò la mia avventura e tu dovrai camminare nel bosco senza sentieri finché non avrò congedato il mio ospite.

—Chiama il Sergente Lord. Questa situazione è strana. L'altro ieri ho visto anch'io una donna molto simile che camminava verso il bosco.

—Guarda Dora, un messaggio di Pablo. Sono atterrati. Vengono venerdì. Dovrò rimandare l'avventura con il Sergente Lord. —Entrambe cominciano a ridere.

Carmen e Dora entrano in commissaria.

—Buongiorno, Signora Íñiguez, in cosa posso aiutarla. —Le riceve il Sergente Lord.

—Buongiorno, lei è la mia amica Dora. Abbiamo visto una donna molto simile a quella che sta cercando.

—Venite da questa parte, prego siedetevi. —Il Sergente le porta fino all'ufficio del Commissario.

—Non avete un posto più gradevole dove parlare? —Chiede Dora.

—No, l'altra sala è quella degli interrogatori con le sue sedie e il suo tavolo di metallo freddo. Forse la preferite? —Risponde il Sergente Lord senza emozioni, con una voce spenta.

—Stiamo bene qui. —Interviene Carmen anticipandosi a Dora.

La conversazione continua senza maggiori elementi oltre alle vaghe osservazioni di Carmen e Dora.

—Perché la cercate? —chiede Dora.

—È un'Errante.

—Una cosa? —chiede Carmen.

—Sono persone che non sono riuscite a uscire dall'oscurità lasciata dalla guerra. Non sentono il sole, i suoi raggi —si immaginano su un pianeta gelato senza cammini, e vagano finché non incontrano un altro Errante, e quando si vedono muoiono del loro terrore reciproco.— Rispose il Sergente Lord abbandonando lo sguardo su una foto di una coppia appesa alla parete.

—Chi sono? —Chiede Carmen con tono materno, mentre Dora si alza e cammina verso la foto.

—È lei? —Dora si chiede sottovoce— è lei con il suo vestito rosso e i suoi capelli neri —ripete ad alta voce— È lei? —chiede al Sergente Lord.

Lui tace, il viso spento, come se i sentimenti fossero stati sepolti. Allora Dora, guardando la foto, disse

—"I fiumi, i laghi e gli oceani erano immobili, e nulla si muoveva nei loro silenziosi abissi" —si fermò un istante e si voltò verso di loro che erano ancora seduti— Lo stai proteggendo. Perché proteggi un'Errante?

—È stato l'ultimo giorno che l'ho vista —guardando la foto— è stato il giorno della guerra, il giorno del buio. È mia moglie, e non voglio che la guerra che mi ha strappato la mia umanità in quella sala interrogatori me la porti via anche. So che un giorno il sole tornerà a irradiarle energia, e i suoi raggi la illumineranno, e il suo essere recupererà il suo calore.

Carmen e Dora uscirono dalla commissaria verso casa. Per strada la videro di nuovo. Il venerdì arrivò presto insieme a Pablo, Amalia e i bambini.

Il sabato mattina Dora e Carmen godevano del trambusto della famiglia, il Sergente Lord era seduto a leggere accanto al pergolato e i bambini giocavano in giardino tra i raggi di sole che si filtravano tra le foglie delle Araucarie e degli Ulivi.

—Nonna, c'è una donna con un vestito rosso chiusa nel pergolato. Chi è?

Carmen gira la testa verso il pergolato e mormora —Un sogno, che non è del tutto un sogno… un desiderio che vuole diventare speranza… l'attesa di un nuovo sole.


#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Abril 2026

nobloyan@gmail.com

sábado, 11 de abril de 2026

La mujer del vestido rojo

La casa está en un lote cubierto por Araucarias y Olivos que se extiende hasta el lago. Carmen por las mañanas suele caminar por su orilla al calor de los primeros rayos del sol con la esperanza de que el día continúe y Dora prefiere despertar cuando el día superó las primeras luces del amanecer, teme que el sol se extinga. Ellas suelen sentarse en el jardín a leer y escribir, aunque aún se sufren los olores y se teme por la oscuridad que ha dejado la guerra.

—Recién me llamaron de la Comisaría, quieren hablar conmigo. Voy para allá. —Le avisa Carmen a Dora.

—¿Estás segura? porque “Tuve un sueño, que no será del todo un sueño, el brillante sol se apagaba, y los astros vagaban apagándose por el espacio eterno, sin rayos, sin caminos, y la helada tierra oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna”. —Dora mientras la acompaña a la puerta no para de hablar.— ¿Llevás ropa?, entras por unas preguntas y las respuestas te cierran las rejas. —Carmen va hacia la calle y Dora le grita desde la puerta— ¡Pedí un abogado!, ¿escuchaste? —Carmen levanta la mano como afirmando y saludando.

Carmen y el Sargento Lord están sentados en el despacho del Comisario. Paredes blancas recién pintadas, sin ventanas, dos armarios y una caja fuerte. Resalta la ausencia de sentimientos entre tantos libros que hablan de justicia. Las preguntas y respuestas enlazan más que de unir pistas y Carmen comienza a disfrutar de su condición de testigo.

—¿Voy a necesitar un abogado?

—No lo creo. —Le responde el Sargento Lord riendo. —Trate de recordar algo más.

—No sé, dejame ver. Recuerdo haber visto una mujer que no era de aquí, no muy distante de casa. Creo que fue por el bosque, en verdad no lo recuerdo bien. Usaba un vestido rojo y aquí nadie usa un vestido rojo para evadir los recuerdos de los tiempos de la guerra, parecía una mujer joven, pero yo estaba a unos 100 metros. ¿Por qué le interesa tanto?

—La estamos buscando y al parecer usted sería la última en haberla visto.

—¿La buscan por algún hecho?

—Podríamos decir que sí, aunque no podemos darle ningún detalle.

—Yo le decía a Dora que esa mujer parecía rara. Muy delgada, como consumida por el hambre. Caminaba extraño como si un dolor agudo por el hambre se hubiera instalado en sus entrañas y sus pasos eran errantes como si el sol se hubiera apagado y no existieran caminos.

—Pero, ¿No la vio a unos 100 metros? ¿Cómo pudo observar tantos detalles?

—¿de quién?

—De la mujer.

—Eso es lo que le decía a Dora y también a ella le pareció raro que usara un vestido rojo. A veces el Dr. Samuel trae alguna acompañante desalineada, pero nada como esta mujer. Pero no me mal entienda. Dora es mi amiga, no es esa mujer. Las amigas del Dr. Samuel tampoco, aunque todas comparten el gusto por el cabello rubio. Vos me preguntás por una mujer morocha.

—Gracias Señora Íñiguez.

—Dora me dijo que antes que me encierren puedo hacer un llamado y que diga que quiero un abogado.

—Señora Íñiguez … ¡por favor!

—Querido, si voy a pasar un tiempo en la comisaría tras las rejas puedes llamarme Carmen.

—Le agradezco su ayuda, puede irse. ¡Pero no deje la ciudad! —no pudo contenerse el Sargento Lord y le respondió imitando a un policía de serie de TV.

La casa de Carmen se encuentra a dos kilómetros de la comisaría atravesando el bosque, cerca de la costa del lago.

—¿Estás Dora? —Grita Carmen mientras abre la puerta de su casa.

—Sí, ¡Evitando que el hambre se instale en nuestras entrañas! —Dora levanta la voz todo lo que puede para que Carmen la escuche.

—Pregunto por si estás con un muchacho. ¡No quisiera ver! —Carmen le responde asomada desde la puerta de entrada.

—¿Qué muchacho? Si se han ido muriendo todos. Este pueblo ya se parece a el planeta de las amazonas. —Dora grita desde la cocina, hasta que la ve entrar y sigue algo enojada prestando atención a lo que está cocinando.— No me llamaste. Estaba esperando que me llames por si necesitabas un abogado. El Dr. Samuel es el mejor y esta semana está en su casa. ¿Te llevaron a la sala de interrogatorios?, te pregunto porque siempre andás con esa cara de culpable.

—No, fue una entrevista con el Sargento.

—Le llaman entrevista, pero siempre es un interrogatorio. Sin equivocarme, te puedo decir que la silla y la mesa eran de metal para que sintieras el frio de la justicia. Seguramente sin ventanas, paredes grises que apagan la luz, que mutan los sentimientos en impiadosos razonamientos retorcidos y solo para salir de ahí dices cualquier cosa. ¿Qué te hicieron firmar? Ya le mando un mensajito al Dr. Samuel, te va a decir que hacer.

—Dora, ¡basta! Estoy bien. Me puse nerviosa al principio con tanta cosa que me metiste en la cabeza. El Sargento Lord me invitó a la oficina del Comisario. Fue muy amable.

—Claro, el policía bueno.

—¡Dora! —Carmen hace un instante silencio para tomar aire y se sienta. —Recién cuando llegué a casa pude tranquilizarme. Me preguntaron por una mujer morocha, esa que te conté que vi hace unas semanas.

—¿La mataron? —Dora deja lo que está haciendo y corre a la mesa para sentarse frente a Carmen esperando una gran historia.

—No. La están buscando.

—¡Aburrido! Si no hay occisa no hay intriga. Justo que esperaba que pasara algo para contar en el grupo de “las solitarias”.

—Tus amigas son terribles.

—Querida, trae hombres al pueblo y cambiaremos el nombre del grupo.  —Comienzan a reír juntas. Dora de repente deja de reír y sigue con pesar— Se siente la soledad y el frio de la cama que debo calentar yo sola.

—Cuando pudiste tenerlos los echaste y ahora que no están los querés traer.
—Eran otros tiempos, parecía que todo era eterno. Que la soledad no existía, que amar era una cuestión que no era necesario aprenderlo, que se daba solo … y … pasó … el tiempo pasó … luego la guerra … la oscuridad … la muerte … y ahora sola. —Habla mientras hace cosas en la cocina sin orden ni razón, como si tratara de encontrar algo.

—El Sargento tiene unos 40 años, no es muy guapo, pero parece un buen muchacho.

—¿Cuándo viene Pablo? —Dora sigue dando vueltas en la cocina mientras continúa con la charla, se siente triste.

—Dijo que podría llegar la semana próxima. Está esperando al transbordador, pero con el clima de tormentas están restringidos los viajes de ascenso y descenso.  

—¿Vendrá con los niños y su mujer insoportable? —sigue la conversación poniendo la mesa para el almuerzo.

—Esperemos que sí. Amalia no es insoportable, le cuesta adaptarse, somos algo intensas con Pablo y los niños, como si le robáramos su lugar. No podes siempre imaginar que ella extingue al sol.

—No me imagino nada, ella oscurece todo lo que la rodea y siento que devora mi energía.

—Es que es joven aun y no puede comprender la soledad. Tal vez, tiene miedo al vernos, miedo a vivir en la misma soledad. El trabajo de Pablo siempre lo aleja y ella debe imaginar su ausencia eterna y al vernos supone un futuro de soledad que quiere evadir.

Dora al poner los vasos sobre la mesa los golpea contra ella.

—No todas las personas merecen tu compasión, algunas han decidido ser difíciles y no hacer ningún esfuerzo para cambiar. Amalia es una de ellas y tu hijo ha visto algo en ella que yo no veo, o es ciego o yo me he vuelto una vieja insoportable. Sí debo admitir que ha criado muy bien a esos niños.

—Solo estarán dos semanas, como siempre. Ahora tenemos que ocuparnos por armar el puesto en la feria, todos llegarán a partir del próximo viernes. Tenemos mucho que preparar.

La noche llega y el miedo a la oscuridad se va alejando con cada nuevo amanecer.

—¡Buenos Días! —Saluda Dora entrando a la cocina mientras Carmen está preparando el desayuno.

—Buenos Días Dora. No sé qué hacer, hoy salí a caminar por la playa y volví a ver a la mujer del vestido rojo resaltado por los primeros rayos del sol, muy parecida a la que está buscando la policía. ¿Debería llamar al Sargento Lord?

—¡Llámalo! Tal vez, entre interrogatorios puedas tener una aventura. —Dora se sienta en la mesa riéndose.

—Sigue riéndote, yo voy a tener una aventura y tu deberás caminar por el bosque sin senderos hasta que yo despida a mi amante, ja ja.

—¡Llamá al Sargento Lord! Esta situación es rara. Yo anteayer también vi a una mujer parecida caminando hacia el bosque.

—Mirá Dora, un mensaje de Pablo. Ya aterrizaron. Vienen el viernes. Deberé dejar la aventura con el Sargento Lord. —Ambas comienzan a reír.

Carmen y Dora entran en la comisaría.

—Buenos días, Señora Iñiguez en qué la puedo ayudar. —Las recibe el Sargento Lord.

—Buenos días, ella es mi amiga Dora. Vimos a una mujer muy parecida a la que está buscando.

—Vengan por aquí, por favor siéntense. —El Sargento las lleva hasta la oficina del Comisario.

—¿No tienen un lugar más agradable para charlar? —Pregunta Dora.

—No, la otra sala es la de interrogatorios con sus sillas y su mesa de metal frio. ¿Tal vez la prefieran? —Responde el Sargento Lord sin emociones, con una voz apagada.

—Estamos bien aquí. —Interviene Carmen anticipándose a Dora.

La charla continúa sin mayores predicciones que las observaciones vagas de Carmen y Dora.

—¿Por qué la buscan? —le pregunta Dora

—Es una Errante.

—Una qué —pregunta Carmen.

—Son personas que no han podido salir de la oscuridad que dejó la guerra, no sienten al sol, sus rayos, se imaginan en un planeta helado sin caminos y vagan hasta encontrar a otro Errante y al verse mueren de su espanto mutuo. —Respondió el Sargento Lord abandonando su mirada en una foto de una pareja colgada en la pared.

—¿Quiénes son? —Le pregunta Carmen con tono de madre, mientras Dora se levanta caminando hacia la foto.

—¿Es ella? —Dora se pregunta para sí misma— es ella con su vestido rojo y su cabello negro —repite en voz alta— ¿Es ella? —le pregunta al Sargento Lord. 

Él guarda silencio, con su rostro apagado, como si los sentimientos hubieran sido sepultados. Entonces Dora mirando la foto dijo

—“Los rios, lagos y océanos estaban quietos, y nada se movía en sus silenciosos abismos” —se detuvo un instante y se volvió hacia ellos que seguían sentados— La estás cuidando, ¿Por qué proteges a una Errante?

—Ese fue el último día que la vi —mirando la foto—, fue el día de la guerra, el día de la oscuridad. Es mi esposa y no quiero que la guerra que me arrebató mi humanidad dentro de esa sala de interrogatorios me la arranque también a ella. Sé que un día el sol volverá a irradiar energía para ella y sus rayos la iluminarán y su ser recuperará su calor.

Carmen y Dora se fueron de la Comisaría hacia su casa. En el camino la volvieron a ver. El viernes llegó pronto junto con Pablo, Amalia y los chicos.

La mañana del sábado Dora y Carmen disfrutan del bullicio de la familia, el Sargento Lord está sentado leyendo al lado del quincho y los chicos jugando en el jardín entre los rayos de sol que se colaban entre las hojas de las Araucarias y los Olivos.

—Abuela, hay una mujer con un vestido rojo encerrada en el quincho. ¿Quién es?

Carmen gira su cabeza hacia el quincho y murmura— Solo un sueño, que no es del todo un sueño … un anhelo que quiere ser esperanza … la espera de un nuevo sol.



#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Abril 2026

nobloyan@gmail.com


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Por suerte no …

 Su rostro se desfiguró al ver la bala que se dirigía hacia ella. Ya nada que hiciera la evitaría. Fue el destello o el sonido de la detonación o ambos lo que la advirtió, no lo sé. Repaso ese instante en mi mente una y otra vez y no logro entender, ser testigo te encierra en una rueda que gira sin detenerse en el mismo instante. 

Me duele la cabeza, debe ser por no dormir. Cierro los ojos y se encienden las luces de la escena, los personajes están allí, en el centro de un callejón que cruza una manzana a 90 grados, cada uno en su marca, la obra empieza. Un destello y luego una detonación y una bala sale de un revólver que lo sujeta el primer personaje. Zapatillas negras, pantalón de Jean, buzo con capucha que cubre su cabeza, un mechón de pelo rubio que sobresale de la capucha, el pie izquierdo 15 cm delante del derecho, las manos juntas sujetando el revólver a la altura de sus hombros, su cabeza algo inclinada mirando a su víctima.

En el otro extremo el segundo personaje que en unos instantes caerá al suelo. Pantalón claro, remera azul, saco celeste y un gorro. Está caminando con paso presuroso con su vista fija en mí. Un tercer personaje opuesto al tirador es una señorita con un vestido rojo que le llega hasta su rodilla, cabello oscuro suelto que llega por debajo de sus hombros y lentes negros; inmóvil, viendo pasar al segundo personaje delante de ella y mirando hacia el tirador.

El destello y la detonación sorprenden a la señorita que busca de alguna forma evadir la bala que viene hacia ella ocultándose detrás del segundo personaje. Del otro lado el tirador, ausente, sin sentimientos, seguro de su tarea y la calidad de la misma. Esa tarde había limpiado y aceitado el arma, revisó que las balas fueran las nuevas y llenó el mismo el cargador. Lo hizo en su departamento, a tres horas de tren del lugar planificado para el trabajo. Verificó cuidadosamente la tensión del gatillo, lo suficientemente blando para que la tensión de la mano no mueva el arma y lo suficientemente duro para evitar un tiro por error. Disparó tres balas para verificar el arma y luego repuso esas balas.

El segundo personaje también advirtió la detonación, pero su reacción fue distinta, apenas giró su cabeza hacia la señorita y observando sorprendido su rostro entrando en pánico. Esa tarde había escuchado tres detonaciones de un arma cuando pasó caminando delante de un callejón hacia la estación del tren. Apuró el paso y llegó agitado a la estación. Al entrar al andén tropieza con una señorita de revestido rojo. Quiso disculparse y aprovechar la oportunidad para iniciar una charla, pero ella no estaba dispuesta, lo dejó hablando solo. El tren arriba al andén y suben tres personas.

Todo se precipita en la escena. El segundo personaje es golpeado por una bala justo cuando pasa delante de la señorita del vestido rojo. El primer personaje ya había girado su cuerpo para huir cuando advierte que olvidó recoger el casquillo, trató de volver sobre sus pasos pero el grito desgarrador de la señorita lo obliga a abandonar la escena preguntándose cómo no había advertido que el segundo personaje no se detendría.

El cuerpo tirado en el piso, una joven de vestido rojo llena de lágrimas sentada a unos pasos del cuerpo, unos lentes oscuros tirados a un costado. Los ojos del segundo personaje mirándome. El primer personaje subido al tren de regreso repasando una y otra vez la escena, ya al borde de la tortura. Tratando de visualizar cualquier otro error, se había confiado.

Aún no puedo dormir más de una hora seguida. Veo la bala buscando un destinatario, como si el tiempo se dilatara de tal forma que su movimiento pudiera ser visto desde su salida del arma hasta golpear en un cuerpo desafortunado. 

Las presuntas van y vienen en la mente del herido. Todo concluía en que la bala lo había encontrado por casualidad, por no haberse detenido a disfrutar un café en el bar o a comprar el regalo para el cumpleaños de Ana, la decisión de postergar todo y solo vivir el apuro lo puso en el lugar equivocado, ¿casualidad o …? 

Desandó sus pasos desde el instante que la bala lo encuentra y descienden del tren. Es esa la morocha de vestido rojo y gafas oscuras que camina delante de mí, entre nosotros un hombre de cabello rubio que parece no quitar la vista de ella e iguala constantemente su paso. Pero, por algún motivo que ya no recuerdo estoy sumamente apurado, no hay tiempo para detenerme. 

Luego me detuve en la joyería, ahí está el anillo que estaba buscado para el regalo de Ana. Abrí la puerta y recordé que estaba apurado, podría comprarlo de regreso, seguí caminando. Unas cuadras más adelante me cruzo con Jorge, tenía tantas ganas de tomar un café con él, podría hacerlo volviendo a la tarde si no me atraso mucho. Seguí mi camino y apuré el paso, tomando el callejón llegaría antes. Entro al callejón, al llegar al centro y doblar 90 grados está la morocha otra vez, veo su rostro, la esquivo, no me detengo y siento un golpe en mí pecho. Me caigo, bajo de mi la aspereza del suelo. Sus gritos son lo último que recuerdo y a Ana. 

Vuelvo a la escena, me despierto nuevamente todo transpirado, nervioso, como en una pesadilla, de esas que no te dejan ir. 

Alguien llamó a la policía, se escuchan las sirenas y un murmullo. La joven parece reconocerme a pesar nuestro encuentro tan fugaz en la estación. Siento sus lágrimas sobre mi rostro, ella se aproxima, creo que quiere saber si respiro. ¿Sabrá que la bala la buscaba a ella?

—Perdóname, no tuve opción —me susurró al oído— Seguro te preguntarás por qué, debía ser así. Dame la joya y me iré. Ya están por llegar. —Trata de parase y siente correr sangre desde su pecho. La bala había seguido un recorrido inesperado. 

Ella no podía imaginar que el precio de una bala no compraría el anillo que él debía comprar para Ana. Su rostro ya no está junto al mío, siento su mano recorre cada bolsillo sin encontrar nada. 

—Idiota, ¿dónde la dejaste? —Se levanta, la policía está entrando al callejón, ella sale corriendo, tambalea y cae sobre el suelo antes de dejar la escena y golpea su frente contra un casquillo.

La escena se desvanece y yo logro dormir. Despierto con su rostro a mi lado, bajo de mí la suavidad de las sábanas, siento sus lágrimas caer sobre mi rostro y su mano sostiene mi mejilla, apenas percibo su perfume. 

—¡Ana! … 



Pablo A Bevilacqua

#Paulus

Diciembre 2025

 

viernes, 29 de agosto de 2025

Mr. Jerney, in bocca al lupo!!

En la calle el aire se está enfriando y la noche está por llegar. El bar está lleno y el ritmo late componiendo historias extraordinarias de las vivencias simples de esas personas comunes. En la barra corre la cerveza, el whisky, la charla,  el Rock que vibra mezclado con los cantos de fanáticos por el partido que se transmite en las pantallas y cada tanto la rivalidad de los presentes se resuelve con una apuesta

Mr. Jerney tiró su moneda de la suerte al aire.  La ve subir dando vueltas con la esperanza que la gravedad la devuelva al suelo del lado … ¿Qué lado había elegido? Olvidar algo tan simple,  solo transcurrieron unos segundos de la elección, justo antes de arrojarla al aire.


La moneda alcanzó su cima. Por un instante rogó que ya no regresara como si fuera posible vencer la gravedad con solo desearlo, pero no, ello no sucedería, la moneda caprichosa y irrespetuosa cedió ante las leyes del universo y comenzó su viaje de regreso, eso que suelen llamar caída libre, aunque Mr. Jerney, ayudado por unos previos vasos de Whisky, en su mente cuestionaba el término “libre: pues que libertad posee si es esclava de las leyes de la física, entonces ¿el azar sería verdaderamente azar o solo azar por el desconocimiento de la fórmula que lo explique?”, filosofía que no puede evitar su caída hacia su destino. 


Mr. Jerney comenzó a ver cada vuelta de la moneda al girar, primero Cara y luego Cruz, tratando de recordar su apuesta. Los nervios lo invaden ¿cómo saber si deberá  festejar o pagar la apuesta? 


Comenzó a imaginar una estrategia para que nadie notara su olvido. La moneda continua su viaje sin paradas intermedias sin detener sus giros. Así comenzó a tramar que hacer, pero ese plan ingenioso al ver Cara, lo descarta al ver Cruz.


Para Mr. Jerney el tiempo se dilata, los segundos parecen minutos.


Imperdonable, una vergüenza insuperable. La moneda ya gira frente a sus ojos. Su corazón parece endurecerse como una roca, su garganta se estrangula. El frío sudor que desciende desde su frente hacia su pecho le recuerda que se aproximaba el final, los últimos instantes de su vida y comienza a revivir su pasado: “Aquel día que llegué a la ciudad  trayendo tantos sueños. El tren frenó abruptamente y casi caigo sobre una hermosa chica con aroma a perfume de vainilla que estaba frente a mí. Cómo olvidar sus ojos, su sonrisa. De repente el bullicio, la prisa, nadie se detenía. Caminé hacia la puerta del vagón con mi valija en la mano y me detuve con un pila de sueños y ansiedades, era tan joven, tan imprudente. Había llegado al umbral de mi futuro.”


La moneda da otra vuelta … Cara … y otra … Cruz. Mr. Jerney comienza a sentir que sus piernas ya no lo pueden sostener. Otra vuelta … Cara … y otra … Cruz.


“Nunca podré olvidar cuando crucé el umbral de aquel edificio imponente una mañana templada. Mi primer trabajo en la ciudad, mi primer sueldo y el primer día en el bar con mis compañeros. Fue una tarde fría que en ese mismo umbral mis piernas se aflojaron el día que me despidieron y ya no tendría el sueldo ni el bar con mis compañeros.”


Las vueltas de la moneda continúan. Cara … Cruz … Cara. Mr. Jerney mira fijamente su moneda en el aire observando cada detalle, como si fueran las sombras sobre la Luna.


“Había Luna llena, esa noche por alguna razón brillaba como si fuera un sol, no podía quitar la mirada de ella. Cuando baje la vista vi sus ojos, su rostro, su sonrisa. Era aquella chica del tren con aroma a vainilla en mi primer día en la ciudad. Mi Camila, ella despertó mi vida. Mi mejor apuesta.”


La moneda llegó a su destino, Mr Jerney se enfrentó a lo inevitable, ya nada puede ocultar su peor fracaso. Cerró sus ojos y la moneda impactó contra el suelo. Enfrenta lo imposible. Una algarabía estalló, como si el lugar se llenara de fuegos artificiales, gritos y chiflidos.


Mr. Jerney no sabe que ocurre. Al abrir sus ojos ve la moneda allí erguida, de canto. No era ni Cara ni Cruz, de canto. 


“Era primavera y yo lo sentía como otoño, aquel día que caminábamos con Camila por la ribera del rio. Estaba tan angustiado como si el cielo se desplomará sobre mí y Camila me dijo: Siempre esperamos que la moneda caiga cara o cruz, pero cuando menos lo esperamos cae de canto. Siempre hay una opción novedosa.”


Mr Jerney lo recordó. Su apuesta fue que caería de canto, lo imposible.


#Paulus - Pablo A Bevilacqua

Otoño 2025