Cada
lugar tiene su música y su estética, como así también los tiene cada alma unida a su cuerpo y si buscás ser
parte de ella necesitás de una llave específica que solo puedes encontrar si descubres
qué da libertad a esa alma. En María fue una flor de pétalos rojos la llave y así
vio sus ojos en los míos.
Es
el año 1800, inicio de un nuevo siglo en busca de su música y su estética, que
trae un nuevo mensaje: "Si lo buscas serás capaz de guiar tu propio
destino". Esta es nuestra historia, yo soy Martín Thompson, marino de
guerra, soñador, tenaz en mis causas y amante de los imposibles y ella es María,
el mar que quise navegar.
Nuestra
vida fue signada por los encuentros y las despedidas, permanecer juntos sería
la batalla que nos impusiera el universo para que aprendiéramos a amarnos.
No
esperé tener que izar las velas tan pronto, fue el 23 de octubre de 1819,
para navegar junto al "Gran Almirante". No tuve la oportunidad de
despedirme de María y los niños. Me enfermé durante el viaje de regreso y quedé
en el mar, al menos Dios me llamó en mi reino. En esos días, cuando la fiebre
lo permitía, recordaba el tiempo perdido que no dediqué a los niños y a María.
Desde mi lecho ser el "Capitán de Puertos" ya no se sentía tan
importante. Antes de mi último suspiro recordé cada flor que le regalé a María
cada domingo hasta que nos casamos. Quisiera hoy dejarle una flor de pétalos
rojos otra vez, la última.
Yo soy
María, una mujer intrépida, con la fuerza que impulsa las causas justas. Elegí
el mismo día para organizar la tertulia del “Gran Almirante”, 23 de octubre
de 1868. Hoy abrí la puerta a mi alma y salió al encuentro de Martin que me
regaló la última flor de pétalos rojos, como aquel domingo en el atrio de La
Merced, yo con mi vestido blanco con encajes en rojo y él con su uniforme de
gala.
Primero
de noviembre de 1800, me desperté temprano y corrí al salón, hoy cumplo 14
años, ya soy una mujer. Tengo tanto miedo, el vestido que me regalaron mamá y
papá está colgado en el salón esperándome, es tan hermoso. La peineta me la
trajo mi madrina desde el Callao. Papá quiere llevarme del brazo al entrar al
atrio de La Merced, creo que está más nervioso que yo. Mamá está tan feliz. Encargaron
la Misa del domingo en la Iglesia de La Merced para dar Gracias por mi
cumpleaños, las criadas, que saben todo lo que pasa en Buenos Aires me dijeron
que va todo el pueblo.
No
quería admitirlo, pero estaba ansioso esperando a María, aún la recuerdo como
una niña. Parece una fiesta organizada por el Cabildo, todos con sus vestidos
de domingo en el atrio de la Iglesia antes de que iniciara la Misa. Parado a un
costado del atrio la vi llegar del brazo de Don Sánchez, con su sonrisa que
jamás se apaga. Pisó el atrio como siempre lo ha hecho, con la seguridad de
quién gobierna con sabiduría. Se ve tan hermosa con su vestido blanco con
pequeñas flores rojas bordadas.
Ya
no tenía dudas que ella sería la mujer con quien compartir una familia, la vida.
No sé por qué, pero tomé una flor de pétalos rojos de un arreglo floral, como
las de su vestido, y se la llevé. Ella la dejó caer y me incliné para
recogerla, al levantar la mano con la flor quedé frente a ella en genuflexión. María
tomó la flor y nuestros ojos se entretejieron. Ella solo dijo "Sí".
Mis piernas se aflojaron, quedé atónito.
Ya
estamos llegando. Levanté la vista en la esquina y en el atrio de La Merced
están todos. Tenía tanta vergüenza que quería entrar rápido al templo, pero papá
solo piensa en saludar a cada uno. Alguien me quiere dar una flor de pétalos
rojos, como las que tenía bordadas en mi vestido, pero no llegué a agarrarla y
se cayó al suelo. Es mi primo Martín de rodillas frente a mí con una flor en su
mano y entonces vi mis ojos en sus ojos. Me sentí como la Virgen ante el Arcángel
Gabriel y yo respondí igual que ella, solo dije "Sí" y ya no había
nadie más a nuestro alrededor, éramos solo Martín y yo.
Papá
tiró de mi brazo. Me di cuenta que no le había gustado ese encuentro casual,
apenas lo saludó a Martín. En ese momento se acercó un anciano al que Papá le
dispensó saludos más generosos que a los demás, algo me decía que pronto
tendría problemas.
El
lunes llegó muy rápido y solo esperaba al siguiente domingo para ir a la Misa y
verlo a Martin. Desde ese día cada domingo que nos encontrábamos me trajo una
flor. A veces la tenía que esconder porque mis padres no lo querían. La ponía
sobre el mueble de mi cuarto, para verla antes de dormirme y al despertar. Sentir
así sus abrazos cada noche y cada mañana.
Pasaron
unos meses y mis sospechas se cumplieron. Me sentí desolada, traicionada.
Habían acordado mi casamiento con aquel anciano que papá había saludado con
tanto esmero en el atrio de La Merced. Era un hombre gris de unos 54 años. Es el
precio a pagar para conservar los lujos con los que fui criada. Mamá dice que
el amor es cosa de los pobres porque ellos no tienen nada que perder ni que
ganar.
Desde
ese día la tristeza y el enojo me invadieron. Me llené de rebeldía. Al
principio creí que podría convencer a mis padres, inútil cada intento. Las
clases fueron lo único que me distraía. Aunque Martín no se dejó vencer y con
su más atrevido ingenio se disfrazó de lo que fuera para verme. Recuerdo aquel
día que se pintó el rostro de negro para hacerse pasar por un sirviente.
Aprovechaba
las tertulias para verla, al menos un rato. El piano no paraba de sonar y las
charlas se hacían eternas. Ella estaba allí, participando animadamente de cada
charla, de cada detalle. Tuve que ingeniármelas para verla y evitar ser corrido
por Don Sánchez. Me disfracé de todo para que no me reconocieran y poder ingresar
a la casa o a la chacra para verla, aunque sea un instante. Hasta un domingo,
próximo a la Pascua, tomé de la sacristía una sotana, una estola y un gorro. Me
acerqué a María que estaba con sus padres en el templo y justo su padre se me
acerca, entre rápidamente al confesionario y María reconoció mis zapatos y en
seguida se arrojó al confesionario, antes que su padre se arrodillara. Dio que
hablar aquella confesión tan larga. Fray Pantaleón Rivarola en esos días se
alojaba en el Convento, me reconoció cuando traté de salir del Templo vestido
aún con la sotana. Como penitencia y para guardar el secreto tuve que ayudar
con las caridades de la Semana Santa.
Mis
padres no ceden ante mis ruegos. Para ellos el amor requiere de la seguridad
económica. El casamiento con aquel hombre gris ya tenía fecha. Una tarde, en
uno de esos encuentros con Martin no lo dude y nos comprometimos, ya no podía
soportar el dolor de estar obligada a olvidarlo para sobrevivir. Solo queda lo
único que daría a nuestras vidas una oportunidad, luchar para ser dueños de
nuestro destino.
No
pude evitar que me llevaran al altar con el hombre gris. Parecía que había
perdido todo. Entonces desde mí alma cambie el “Sí” por "Estoy
comprometida con otro hombre".
Me
acuerdo el día que no pudimos evitar que te llevaran hasta el altar para
casarte con el viejo, la cara que puso ese hombre cuando miraste al cura y le
dijiste “Estoy comprometida con otro hombre". Yo estaba atrás, medio
escondido. El dolor de aquel hombre fue mi felicidad.
Me
puse el vestido blanco para vos y vos el uniforme de gala, es 1805, vos
cumpliste 27 y yo 18, con el permiso del Virrey, entramos juntos a la Iglesia y
juntos dijimos “Sí”, desde ese día nadie ha olvidado nuestras tertulias.
Pero
desde aquí, 24 de octubre de 1868, todo parece tan simple, ya todo tomó
su forma, escribimos la partitura de la melodía de nuestra vida, de nuestra
familia, y pintamos con los colores que elegimos juntos. Siempre lamenté aquel
viaje, si me hubiera quedado en Buenos Aires, tal vez la vida hubiera sido
otra.
Aquel día que llegó la noticia que ya no bajarías del barco, que tu cuerpo fue entregado al mar que tanto amas, me enojé mucho, parecía que el universo me obligaba a seguir luchando y esta vez sola. Pero hoy queda la hermosa simpleza de aquel día que me diste la primera flor de pétalos rojos, también el día que quisiste y no me la pudiste dar y hoy que estamos aquí, de nuevo juntos, yo con mí vestido blanco y flores bordadas y vos con tu uniforme de gala y la flor de pétalos rojos en nuestras manos. ¿Escuchás?, el piano no deja de tocar nuestra melodía.
#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026
El cuento es una ficción basada en la vida de Mariquita Sanchez y Martín Thompson.





