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domingo, 31 de mayo de 2026

La flor de pétalos rojos

 

Cada lugar tiene su música y su estética, como así también los tiene  cada alma unida a su cuerpo y si buscás ser parte de ella necesitás de una llave específica que solo puedes encontrar si descubres qué da libertad a esa alma. En María fue una flor de pétalos rojos la llave y así vio sus ojos en los míos.

Es el año 1800, inicio de un nuevo siglo en busca de su música y su estética, que trae un nuevo mensaje: "Si lo buscas serás capaz de guiar tu propio destino". Esta es nuestra historia, yo soy Martín Thompson, marino de guerra, soñador, tenaz en mis causas y amante de los imposibles y ella es María, el mar que quise navegar.

Nuestra vida fue signada por los encuentros y las despedidas, permanecer juntos sería la batalla que nos impusiera el universo para que aprendiéramos a amarnos.

No esperé tener que izar las velas tan pronto, fue el 23 de octubre de 1819, para navegar junto al "Gran Almirante". No tuve la oportunidad de despedirme de María y los niños. Me enfermé durante el viaje de regreso y quedé en el mar, al menos Dios me llamó en mi reino. En esos días, cuando la fiebre lo permitía, recordaba el tiempo perdido que no dediqué a los niños y a María. Desde mi lecho ser el "Capitán de Puertos" ya no se sentía tan importante. Antes de mi último suspiro recordé cada flor que le regalé a María cada domingo hasta que nos casamos. Quisiera hoy dejarle una flor de pétalos rojos otra vez, la última.

Yo soy María, una mujer intrépida, con la fuerza que impulsa las causas justas. Elegí el mismo día para organizar la tertulia del “Gran Almirante”, 23 de octubre de 1868. Hoy abrí la puerta a mi alma y salió al encuentro de Martin que me regaló la última flor de pétalos rojos, como aquel domingo en el atrio de La Merced, yo con mi vestido blanco con encajes en rojo y él con su uniforme de gala.

Primero de noviembre de 1800, me desperté temprano y corrí al salón, hoy cumplo 14 años, ya soy una mujer. Tengo tanto miedo, el vestido que me regalaron mamá y papá está colgado en el salón esperándome, es tan hermoso. La peineta me la trajo mi madrina desde el Callao. Papá quiere llevarme del brazo al entrar al atrio de La Merced, creo que está más nervioso que yo. Mamá está tan feliz. Encargaron la Misa del domingo en la Iglesia de La Merced para dar Gracias por mi cumpleaños, las criadas, que saben todo lo que pasa en Buenos Aires me dijeron que va todo el pueblo.

No quería admitirlo, pero estaba ansioso esperando a María, aún la recuerdo como una niña. Parece una fiesta organizada por el Cabildo, todos con sus vestidos de domingo en el atrio de la Iglesia antes de que iniciara la Misa. Parado a un costado del atrio la vi llegar del brazo de Don Sánchez, con su sonrisa que jamás se apaga. Pisó el atrio como siempre lo ha hecho, con la seguridad de quién gobierna con sabiduría. Se ve tan hermosa con su vestido blanco con pequeñas flores rojas bordadas.

Ya no tenía dudas que ella sería la mujer con quien compartir una familia, la vida. No sé por qué, pero tomé una flor de pétalos rojos de un arreglo floral, como las de su vestido, y se la llevé. Ella la dejó caer y me incliné para recogerla, al levantar la mano con la flor quedé frente a ella en genuflexión. María tomó la flor y nuestros ojos se entretejieron. Ella solo dijo "Sí". Mis piernas se aflojaron, quedé atónito.

Ya estamos llegando. Levanté la vista en la esquina y en el atrio de La Merced están todos. Tenía tanta vergüenza que quería entrar rápido al templo, pero papá solo piensa en saludar a cada uno. Alguien me quiere dar una flor de pétalos rojos, como las que tenía bordadas en mi vestido, pero no llegué a agarrarla y se cayó al suelo. Es mi primo Martín de rodillas frente a mí con una flor en su mano y entonces vi mis ojos en sus ojos. Me sentí como la Virgen ante el Arcángel Gabriel y yo respondí igual que ella, solo dije "Sí" y ya no había nadie más a nuestro alrededor, éramos solo Martín y yo.

Papá tiró de mi brazo. Me di cuenta que no le había gustado ese encuentro casual, apenas lo saludó a Martín. En ese momento se acercó un anciano al que Papá le dispensó saludos más generosos que a los demás, algo me decía que pronto tendría problemas.

El lunes llegó muy rápido y solo esperaba al siguiente domingo para ir a la Misa y verlo a Martin. Desde ese día cada domingo que nos encontrábamos me trajo una flor. A veces la tenía que esconder porque mis padres no lo querían. La ponía sobre el mueble de mi cuarto, para verla antes de dormirme y al despertar. Sentir así sus abrazos cada noche y cada mañana.

Pasaron unos meses y mis sospechas se cumplieron. Me sentí desolada, traicionada. Habían acordado mi casamiento con aquel anciano que papá había saludado con tanto esmero en el atrio de La Merced. Era un hombre gris de unos 54 años. Es el precio a pagar para conservar los lujos con los que fui criada. Mamá dice que el amor es cosa de los pobres porque ellos no tienen nada que perder ni que ganar.

Desde ese día la tristeza y el enojo me invadieron. Me llené de rebeldía. Al principio creí que podría convencer a mis padres, inútil cada intento. Las clases fueron lo único que me distraía. Aunque Martín no se dejó vencer y con su más atrevido ingenio se disfrazó de lo que fuera para verme. Recuerdo aquel día que se pintó el rostro de negro para hacerse pasar por un sirviente.

Aprovechaba las tertulias para verla, al menos un rato. El piano no paraba de sonar y las charlas se hacían eternas. Ella estaba allí, participando animadamente de cada charla, de cada detalle. Tuve que ingeniármelas para verla y evitar ser corrido por Don Sánchez. Me disfracé de todo para que no me reconocieran y poder ingresar a la casa o a la chacra para verla, aunque sea un instante. Hasta un domingo, próximo a la Pascua, tomé de la sacristía una sotana, una estola y un gorro. Me acerqué a María que estaba con sus padres en el templo y justo su padre se me acerca, entre rápidamente al confesionario y María reconoció mis zapatos y en seguida se arrojó al confesionario, antes que su padre se arrodillara. Dio que hablar aquella confesión tan larga. Fray Pantaleón Rivarola en esos días se alojaba en el Convento, me reconoció cuando traté de salir del Templo vestido aún con la sotana. Como penitencia y para guardar el secreto tuve que ayudar con las caridades de la Semana Santa.

Mis padres no ceden ante mis ruegos. Para ellos el amor requiere de la seguridad económica. El casamiento con aquel hombre gris ya tenía fecha. Una tarde, en uno de esos encuentros con Martin no lo dude y nos comprometimos, ya no podía soportar el dolor de estar obligada a olvidarlo para sobrevivir. Solo queda lo único que daría a nuestras vidas una oportunidad, luchar para ser dueños de nuestro destino.

No pude evitar que me llevaran al altar con el hombre gris. Parecía que había perdido todo. Entonces desde mí alma cambie el “Sí” por "Estoy comprometida con otro hombre".

Me acuerdo el día que no pudimos evitar que te llevaran hasta el altar para casarte con el viejo, la cara que puso ese hombre cuando miraste al cura y le dijiste “Estoy comprometida con otro hombre". Yo estaba atrás, medio escondido. El dolor de aquel hombre fue mi felicidad.

Me puse el vestido blanco para vos y vos el uniforme de gala, es 1805, vos cumpliste 27 y yo 18, con el permiso del Virrey, entramos juntos a la Iglesia y juntos dijimos “Sí”, desde ese día nadie ha olvidado nuestras tertulias.

Pero desde aquí, 24 de octubre de 1868, todo parece tan simple, ya todo tomó su forma, escribimos la partitura de la melodía de nuestra vida, de nuestra familia, y pintamos con los colores que elegimos juntos. Siempre lamenté aquel viaje, si me hubiera quedado en Buenos Aires, tal vez la vida hubiera sido otra.

Aquel día que llegó la noticia que ya no bajarías del barco, que tu cuerpo fue entregado al mar que tanto amas, me enojé mucho, parecía que el universo me obligaba a seguir luchando y esta vez sola. Pero hoy queda la hermosa simpleza de aquel día que me diste la primera flor de pétalos rojos, también el día que quisiste y no me la pudiste dar y hoy que estamos aquí, de nuevo juntos, yo con mi vestido blanco y flores bordadas y vos con tu uniforme de gala y la flor de pétalos rojos en nuestras manos. ¿Escuchás?, el piano no deja de tocar nuestra melodía.

#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026


El cuento es una ficción basada en la vida de Mariquita Sanchez y Martín Thompson. 

La imagen: Detalles para ver XX | Museo Histórico Nacional

sábado, 10 de junio de 2023

No todo es malo, ¡abre tus puertas!

Recuerdo como Ricardo, mi vecino, el de la casa rosa de dos plantas y un jardín desarreglado, hace un tiempo cerró la puerta de su casa, bajó las persianas y no lo volvimos a ver. Pensamos lo peor, pero comenzaron a llegar repartidores surtiéndolo de todo lo que él consideraba necesario.

En casa nos preguntábamos por lo que le habría pasado. Pero, cómo saber, solo podíamos conjeturar. En la granja, la panadería y el almacén cada uno tenía una versión del encierro de Ricardo.

El que me pareció más jocoso fue el de Dora, —No lo repitan, pero me contó mi esposo que un conocido del trabajo le dijo que Ricardo es un espía y se esta escondiendo.

No pude más, algo le había pasado a Ricardo. Crucé y toqué el timbre. Vi que alguien corría la cortina de la ventana, era Ricardo.

—¿Estas bien?, hace tiempo que no te vemos.

—Hola Amelia, es que estoy trabajando de noche. Me despidieron de la empresa en la que trabajé 20 años y solo conseguí un trabajo de sereno. ¿Te puedo ayudar en algo?

Volví a casa enojada conmigo misma porque había dejado pasar mucho tiempo sin interesarme por Ricardo. Él también es hermano de Jesús como yo y no fui a visitarlo. El domingo le pediré al Pastor que lo visite.

No vivimos lejos de la Iglesia, solemos ir caminando salvo que llueva. Este domingo no llovía; al contrario, el sol lo colmaba todo, hacía más soportable el frio de este duro invierno. Como es habitual Elsy y Aiden, mis hijos, se han puesto algo rebeldes para visitar al Señor, aunque luego en el templo se encuentran con sus amigos. Esta generación se está olvidando de hablar con Jesús.

Caminando al templo le decía a Albert, mi marido, justamente lo rebelde que están estos jóvenes. Él comenzó a reír y me dice,

—Parece que te estás haciendo vieja, la memoria te está fallando. Recuerdo muy bien lo difícil que era encontrarte en el templo y a tu madre ofreciendo las más insólitas excusas al Pastor. Por eso me enamoré de ti. —continuó riéndose y miraba a los niños que también reían.— 

Alcé mi cabeza, aceleré el paso como si me hubiera ofendido, pero en lo más íntimo recordaba lo maravillosamente rebelde que fui en mi adolescencia.

Doblamos la esquina y en la puerta del templo estaba Ricardo hablando con el Pastor. Nos acercamos para saludar.

—Gracias Amelia, —dijo Ricardo apenas nos vio­— al verte el otro día recordé que no podía seguir sin mis amigos. Hablé con el Pastor y entendí que esto es lo que hoy me toca vivir. Que en este trabajo encontraré muchos desafíos que antes los dejaba pasar.

—Queridos amigos, —comenzó el Pastor su sermón— Jesús nunca nos deja solos, somos nosotros los que solemos alejarnos. En algunas oportunidades nos alejamos por estar enojados con nosotros mismos, cerramos nuestras puertas y nos encerramos en un monólogo que solo habla de lo malo. Hay cambios que duelen, como cuando perdemos amigos, recordemos a Gigi y Kobe, y luego alguien nos ayuda a abrir la puerta que cerramos. Esa es la luz al final del camino, es abrir la puerta sin saber que habrá del otro lado, por ello es importante hacerlo con amigos, ellos nos ayudarán a cruzar seguros a lo nuevo. Y lo nuevo traerá cosas nuevas que aprender y cosas nuevas para vivir. A caso, ¿piensan que Jesús habría dejado subirse a la cruz si no hubiera algo maravilloso después?. Esa cruz, donde fue puesto, es la puerta que lo trajo para vivir junto con todos nosotros. Jesús siempre está allí, donde lo necesitamos, por eso... Amen. —respondimos Amén, ¡gloria a Dios! y cantamos—.

A todos se nos presentan cambios, cada día, cada noche. Algunos nos hacen saltar de algarabía y otros nos causan mucho dolor. Es así, es la vida que como humanos este universo nos ofrece. Los cambios también se presentan en las sociedades; son como movimientos de la corteza terrestre, que en su reacomodarse produce una onda que sobre la superficie se traduce en un terremoto.

Recordemos la caía del Imperio Romano, un suceso prolongado en el tiempo. Esos días fueron motivo de angustia e inseguridad; todo temblaba, nada parecía estable. Les fue muy difícil resolver los problemas a los que se enfrentaron aquellas sociedades. Finalmente, se abrió una nueva puerta hacia una nueva civilización, la nuestra.

No todo es malo, aunque lo parezca. Los cambios nos proponen aprender a vivir en nuevos entornos, donde los principios que supimos sembrar y cosechar pueden ayudarnos, no solo a aprovechar cada cambio como una oportunidad de resiliencia sino también a iluminar ese nuevo contexto. En eso estriba lo que llamamos oportunidad.

No todo es malo, no temas, ¡abre tus puertas!


Pablo A. Bevilacqua

nobloyan@gmail.com
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