lunes, 10 de julio de 2023

El bodegón de Marcelino, un lugar de sucesos inesperados

Los sucesos extraños suelen acaecer en una noche fría de invierno. Venía manejando mi auto en un barrio de Buenos Aires. Esa noche estaba cansado y necesitaba alejarme de esa batalla virtual en la que me habían involucrado. Me enfrentaba a la duda de detenerme o seguir.

Más adelante, en una esquina, divisé una luz, la de un bodegón en frente a una plaza. Los bodegones son esos lugares que me trasladan a esa estética, aromas y sabores de mis recuerdos de la infancia, como cuando nos reuníamos en familia en la cocina de casa. Hoy manos hábiles elaboran esos aromas y sabores que activan los recuerdos emotivos que me predisponen a revivir sentimientos. Allí recibo los mismos platos que firmaban mis abuelas.

Estacioné y caminé hacia la luz. No se oían conversaciones, sólo resaltaban las manchas de luz que pintaban las luminarias sobre la calle, tiñendo el paisaje de un aire estremecedor. Aceleré el paso hasta alcanzar la puerta.

A través de las ventanas del bodegón se veían seres algo difusos, a veces se los observaba inmóviles como si el tiempo se congelara y otras veces en movimiento. La sensación era rara.

Traté de abrir la puerta sin lograrlo. Volví a intentar para fracasar nuevamente. Se escuchaban movimientos en el interior. Busqué algo que indicara cómo abrir esa puerta. Un timbre, un cartel de golpee aquí, un teclado, un escáner biométrico, pero no había nada.

La espera no era placentera. Una brisa helada golpeó mi espalda y todo a mi alrededor se volvió difuso, salvo la puerta. Algo estaba sucediendo. Una fuerza desconocida me transformaba en energía y sentía como mis moléculas viajaban hacia dentro del bodegón para volver a unirse reconstruyéndome.

  —El plato de hoy es mondongo, —dijo un ser de azul parado frente a mi recibiéndome—.

  —No, hoy no. —mi mente aún confusa, se iba recuperando lentamente—, hoy prefiero milanesa con papas fritas y una cerveza.

Caminé hacia la mesa que se encontraba pegada a la ventana y a la altura del mostrador, preparada para cuatro comensales. Dejé sobre la mesa un libro, un cuaderno, un lápiz y mis lentes. Me quité la campera y la apoyé en la silla contigua.

Mientras esperaba la comida abrí el libro que llevaba de Lope de Vega, aquel escritor español del 1500. Desde la ventana podía observar el exterior difuso con algunas luces repartidas en caprichoso orden como manchas en la oscuridad, a veces inmóviles y otras en movimiento a variadas velocidades, como quien viaja en un tren.

  —El plato de hoy es mondongo, —escuché otra vez la voz de ese ser de azul, el más joven del lugar, que repetía como saludo ante la aparición de una nueva persona—, no gracias, ¿Puede ser matambre al horno con papas?

  ­—Sí y ¿para beber? —Le respondió el joven ser de azul—

  —El vino. —Refiriéndose a la botella de vino que guardaban para él, que consumía de a poco en

cada visita al bodegón—.

Se ubicó en la mesa junto al mostrador en línea con la mía, como si fuéramos un mismo ser que se refleja en un espejo. Parece que compartimos un mismo tiempo en la vida, ambos estamos solos, pero no en soledad. Pronto comencé a darme cuenta de la variación del tiempo, a veces transcurría más lento y otras se aceleraba.

Llegó la comida, una fuente colmada para al menos dos comensales. Al mismo tiempo, en la mesa contigua, la que ocupaba Juan Carlos, a quien conocí más tarde, sucedía una charla entre él y un ser de azul, el mayor a todos, de nombre Marcelino. Un ser hábil en construir diálogos.

Volví la mirada hacia la ventana y algo había cambiado. Ya no se veía la calle sino se sucedían lugares y situaciones reales coincidiendo con los tópicos de la charla que llevaban Juan Carlos y Marcelino. Podía sentir los aromas, el clima, los sentimientos, alegrías y dolores, como si yo hubiera vivido esos eventos en otro tiempo y los rescatara de la memoria para vivirlos nuevamente. Estaba desorientado y tratando de encontrar una explicación racional.

—Aunque quieras no puedes ni debes, cambiar nada allí. —dijo otro ser de azul, sobrino de Marcelino, que apareció frente a mí como si las moléculas del aire lo hubieran construido— El tiempo es una necesidad de la mente, construye un pasado con sus recuerdos e imagina el futuro con sus anhelos. Si cambiaras algo en tu pasado, ya no estarías aquí y tu futuro tendría otro camino.

No entendía sus palabras, me eran difíciles de comprender. Quise retomar la charla con ese ser de azul y ya no estaba, parecía haberse desvanecido. Entonces, volví mi mirada hacia la mesa contigua, y Marcelino, mirándome a los ojos, comenzó a responder las argumentaciones de Juan Carlos como si esas respuestas fueran necesariamente para mí.

Seguimos la charla de mesa a mesa, Marcelino ya se había trasladado a otro lugar, mientras disfrutábamos de nuestros platos. Al avanzar la charla se hacía cada vez más notable las similitudes entre nuestras vidas; como quien se refleja en un espejo; como quien vive condenado a reencarnar eternamente con diferentes rostros para vivir la misma vida en diferentes tiempos y con diferentes compañías, y en un instante sucede el encuentro en un punto donde los diferentes planos de espacio-tiempo se comprimen hasta tocarse. La intriga por los sucesos en este lugar me desorientaba.

Culminada la cena llegó el momento de retirarme, de regresar a mi dimensión. Saludé a Juan Carlos y a los seres de azul saliendo del Bodegón de la misma forma que ingresé. El exterior seguía igual. Mientras caminaba hacía el auto regresé mi mirada hacia el Bodegón y en su interior sólo se veía a los seres de azul.

Una brisa helada golpea mi espalda, qué sensación rara, nuevamente todo se vuelve difuso. Manejaba por un barrio de Buenos Aires. Más adelante vi la luz de un bodegón en una esquina, frente a una plaza. Cansado y dudando detenerme, opté por seguir viaje. Estaba muy cansado y preferí ir a cenar a casa, otra noche solo. Miré por el espejo retrovisor y la luz del bodegón ya no estaba, sólo se veía la luminaria de la calle como manchones en la oscuridad. 


Pablo A. Bevilacqua 

nobloyan@gmail.com

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Julio 2023