Su rostro se desfiguró al ver la bala que se dirigía hacia ella. Ya nada que hiciera la evitaría. Fue el destello o el sonido de la detonación o ambos lo que la advirtió, no lo sé. Repaso ese instante en mi mente una y otra vez y no logro entender, ser testigo te encierra en una rueda que gira sin detenerse en el mismo instante.
Me duele la cabeza, debe ser por no dormir. Cierro los ojos y
se encienden las luces de la escena, los personajes están allí, en el centro de
un callejón que cruza una manzana a 90 grados, cada uno en su marca, la obra
empieza. Un destello y luego una detonación y una bala sale de un revólver que
lo sujeta el primer personaje. Zapatillas negras, pantalón de Jean, buzo con
capucha que cubre su cabeza, un mechón de pelo rubio que sobresale de la
capucha, el pie izquierdo 15 cm delante del derecho, las manos juntas sujetando
el revólver a la altura de sus hombros, su cabeza algo inclinada mirando a su
víctima.
En el otro extremo el segundo personaje que en unos instantes
caerá al suelo. Pantalón claro, remera azul, saco celeste y un gorro. Está
caminando con paso presuroso con su vista fija en mí. Un tercer personaje
opuesto al tirador es una señorita con un vestido rojo que le llega hasta su
rodilla, cabello oscuro suelto que llega por debajo de sus hombros y lentes
negros; inmóvil, viendo pasar al segundo personaje delante de ella y mirando
hacia el tirador.
El destello y la detonación sorprenden a la señorita que
busca de alguna forma evadir la bala que viene hacia ella ocultándose detrás
del segundo personaje. Del otro lado el tirador, ausente, sin sentimientos,
seguro de su tarea y la calidad de la misma. Esa tarde había limpiado y
aceitado el arma, revisó que las balas fueran las nuevas y llenó el mismo el
cargador. Lo hizo en su departamento, a tres horas de tren del lugar
planificado para el trabajo. Verificó cuidadosamente la tensión del gatillo, lo
suficientemente blando para que la tensión de la mano no mueva el arma y lo
suficientemente duro para evitar un tiro por error. Disparó tres balas para
verificar el arma y luego repuso esas balas.
El segundo personaje también advirtió la detonación, pero su
reacción fue distinta, apenas giró su cabeza hacia la señorita y observando
sorprendido su rostro entrando en pánico. Esa tarde había escuchado tres
detonaciones de un arma cuando pasó caminando delante de un callejón hacia la
estación del tren. Apuró el paso y llegó agitado a la estación. Al entrar al
andén tropieza con una señorita de revestido rojo. Quiso disculparse y
aprovechar la oportunidad para iniciar una charla, pero ella no estaba
dispuesta, lo dejó hablando solo. El tren arriba al andén y suben tres
personas.
Todo se precipita en la escena. El segundo personaje es
golpeado por una bala justo cuando pasa delante de la señorita del vestido
rojo. El primer personaje ya había girado su cuerpo para huir cuando advierte que
olvidó recoger el casquillo, trató de volver sobre sus pasos pero el grito
desgarrador de la señorita lo obliga a abandonar la escena preguntándose cómo
no había advertido que el segundo personaje no se detendría.
El cuerpo tirado en el piso, una joven de vestido rojo llena
de lágrimas sentada a unos pasos del cuerpo, unos lentes oscuros tirados a un
costado. Los ojos del segundo personaje mirándome. El primer personaje subido
al tren de regreso repasando una y otra vez la escena, ya al borde de la
tortura. Tratando de visualizar cualquier otro error, se había confiado.
Aún no puedo dormir más de una hora seguida. Veo la bala
buscando un destinatario, como si el tiempo se dilatara de tal forma que su
movimiento pudiera ser visto desde su salida del arma hasta golpear en un
cuerpo desafortunado.
Las presuntas van y vienen en la mente del herido. Todo
concluía en que la bala lo había encontrado por casualidad, por no haberse
detenido a disfrutar un café en el bar o a comprar el regalo para el cumpleaños
de Ana, la decisión de postergar todo y solo vivir el apuro lo puso en el lugar
equivocado, ¿casualidad o …?
Desandó sus pasos desde el instante que la bala lo encuentra
y descienden del tren. Es esa la morocha de vestido rojo y gafas oscuras
que camina delante de mí, entre nosotros un hombre de cabello rubio que parece
no quitar la vista de ella e iguala constantemente su paso. Pero, por algún
motivo que ya no recuerdo estoy sumamente apurado, no hay tiempo para
detenerme.
Luego me detuve en la joyería, ahí está el anillo que estaba
buscado para el regalo de Ana. Abrí la puerta y recordé que estaba apurado,
podría comprarlo de regreso, seguí caminando. Unas cuadras más adelante me
cruzo con Jorge, tenía tantas ganas de tomar un café con él, podría hacerlo
volviendo a la tarde si no me atraso mucho. Seguí mi camino y apuré el paso, tomando
el callejón llegaría antes. Entro al callejón, al llegar al centro y doblar 90
grados está la morocha otra vez, veo su rostro, la esquivo, no me detengo y siento
un golpe en mí pecho. Me caigo, bajo de mi la aspereza del suelo. Sus gritos
son lo último que recuerdo y a Ana.
Vuelvo a la escena, me despierto nuevamente todo transpirado,
nervioso, como en una pesadilla, de esas que no te dejan ir.
Alguien llamó a la policía, se escuchan las sirenas y un
murmullo. La joven parece reconocerme a pesar nuestro encuentro tan fugaz en la
estación. Siento sus lágrimas sobre mi rostro, ella se aproxima, creo que
quiere saber si respiro. ¿Sabrá que la bala la buscaba a ella?
—Perdóname, no tuve opción —me susurró al oído— Seguro te
preguntarás por qué, debía ser así. Dame la joya y me iré. Ya están por llegar.
—Trata de parase y siente correr sangre desde su pecho. La bala había seguido
un recorrido inesperado.
Ella no podía imaginar que el precio de una bala no compraría
el anillo que él debía comprar para Ana. Su rostro ya no está junto al mío,
siento su mano recorre cada bolsillo sin encontrar nada.
—Idiota, ¿dónde la dejaste? —Se levanta, la policía está
entrando al callejón, ella sale corriendo, tambalea y cae sobre el suelo antes
de dejar la escena y golpea su frente contra un casquillo.
La escena se desvanece y yo logro dormir. Despierto con su
rostro a mi lado, bajo de mí la suavidad de las sábanas, siento sus lágrimas
caer sobre mi rostro y su mano sostiene mi mejilla, apenas percibo su
perfume.
—¡Ana! …
Pablo A Bevilacqua
#Paulus
Diciembre 2025