Breves relatos del Clan Leviatán del X milenio, XXX siglo. Tercera Dinastía.
Primera parte
Cerré la puerta, di unos pasos, me detuve y volví para chequear que
realmente haya quedado cerrada. Mientras el sol ascendía sobre el horizonte continué
hacia el parque para disfrutar de una caminata a la sombra de los árboles que
rodean los senderos. Con paso ligero, libre de carga, sólo con una pequeña
riñonera para llevar las llaves y algo de dinero. La cotidiana aventura dura un
tiempo no preciso, lo suficiente para alcanzar 10 mil pasos.
Como los sabores, ciertos placeres necesitan sus años para ser disfrutados.
Caminar, como una necesidad cotidiana, es uno de ellos. Llega con la edad en la
que uno deja de correr para alcanzar la vida y comienza a dejar que la vida lo
alcance. Este placer es poco valorado en la juventud y en los años que uno se
niega a dejar de ser joven, pero que toma vitalidad con la experiencia y la
necesidad de lentitud.
Camino con manos libres; no llevo ningún artilugio del Siglo XXI. Vamos
paso a paso, mi sombra y yo, esa que nace grande con el amanecer, se
empequeñece con la verticalidad del sol y retoma su crecimiento hasta desaparecer
en el ocaso. Cada nuevo día mientras el sol cruza el cielo de Este a Oeste, mi
sombra nace, vive y se extingue, es efímera. Esto me recuerda las charlas con Nietzsche
y el eterno retorno: explicar la sensación de los hechos que vuelven a
repetirse.
El parque es atravesado por muchas personas y sus sombras caminando,
trotando o corriendo. Los motivos que nos llevan allí son muchos, tantos como
personas. Algunos vamos livianos y otros con diferentes cargas; oyendo el mundo
que habitamos o temas musicales o noticias o solo sintiendo a la sombra que nos
acompaña, esa que está vinculada a cada uno desde los pies.
Mi recorrido tiene su final en el bar de la esquina, a una cuadra de casa,
que aún conserva sus calles empedradas, uno de esos que después de la 7 de la
tarde muta en bodegón. Cuando llego elijo una de las mesas a la sombra del
jacarandá, de las pintadas con pequeños manchones de sombra y destellos de luz.
Salvo los días de lluvia.
En ocasiones tomo uno de los periódicos que dejan en un revistero que está colgando
en la entrada de la diagonal. Pero lo común es gozar de las charlas con mi
sombra, a veces con un vecino de mesa y también con Alicia. Sobre mi mesa posa una
botella de agua para hidratar, un café cortado en jarrito, una medialuna de
grasa y otra de manteca; sabores de Buenos Aires. Sentado veo pasar a los
transeúntes a diferentes ritmos, preocupaciones y latidos.
Alicia, la moza, de cabello rubio oscuro con sus raíces negras, ojos claros
y una sonrisa infinita, siempre me pregunta si mi caminata es por ejercicio.
Decir que sí, sería lo oportuno. Sólo bastaría agregar un comentario jocoso o
una breve justificación médica pero por el contrario, abordar la razón
fundamental es lo complejo, sea por la brevedad del tiempo disponible como por
el interés de la oyente.
Ya es tiempo de despertar a la sombra de Alicia para que pueda comprender
cuál es la razón real de mis caminatas diarias. Ella es quien debe continuar
con mi trabajo. Aunque, conseguir que alguien desee escuchar un relato, real o
ficticio, requiere de una singular empatía del relator. Es necesario contar una
historia veraz, con aventuras entrelazadas por intrigas y secretos.
Entonces, ¿Cómo podría atraer el interés de Alicia? Debería probar con la verdad:
Soy un médico de sombras y ayudo a curar, pero no tengo dudas de que se reiría.
La verdad suele ser difícil de ser aceptada, es más sencillo comprender desde
la ficción. Un cuento con situaciones de suspenso e intrigas, sospechas y
conspiraciones.
Proponer un tema tan fugaz como las sombras no es normal. No forma parte
del habitual decálogo de conversaciones de bar. Clima, turnos médicos, trámites
en la municipalidad, los baches de las calles … esos sí componen los diálogos
aceptados.
Tal vez, mañana será el día adecuado. Dejé la mesa y volví a casa para
continuar con mi jornada.
La noche es el momento ideal para tejer historias, imaginar intrigas y
saborear el suspenso. Pero, toda ficción necesita de un gran personaje. Así di
vida a Chandra Bose, el doctor del Karma. Hindú de nacimiento, hoy ciudadano norteamericano
e investigador en una Universidad -cuyo nombre no es necesario citar- sobre la
profundidad del ser humano, su karma y su sombra. Apegado a sus tradiciones
ancestrales, suele vestir un Sari heredado, el cual fue mencionado en el libro
Rigveda. No existe registro de su nacimiento, dicen que es tan longevo como su
karma. Las noches de luna de sangre su piel se vuelve dorada.
Me desperté y repasé los detalles de cómo iniciaría la charla con Alicia y
la solidez del personaje. Sanar es nuestro negocio, sanar sombras de este lado
para curar al ser que la proyecta. Todo listo. Iniciamos nuestra caminata, mi
sombra y yo, disfrutando cada paso y atentos a nuestras obligaciones, con la
seguridad de que nos esperan el desayuno y Alicia.
Planifiqué cada detalle menos lo inesperado. Caminábamos al paso habitual y
las personas estaban acompañadas por sus sombras. Al tomar el sendero hacia el
lado este del parque nos cruzamos con alguien, o algo tal vez, y sentí descender
abruptamente la temperatura, al mismo tiempo los colores se opacaron. Me detuve
para ver hacia atrás. El sendero estaba vacío. No se escuchaba nada. Fue solo
un instante. Tal vez sea falta de azúcar, es tiempo de ir hacia el bar.
La misma mesa de ayer estaba libre y Alicia ya se acercaba con lo
acostumbrado. Cruzamos saludos, comentarios del clima, y alguna que otra frase
ocasional.
Podemos pensar que no existen los sucesos extraordinarios como los milagros
o aquellos que, por su origen, fuera del conocimiento o el entendimiento, nos
sumergen en el asombro y nos precipitan a buscar explicaciones o dotarlos de
divinidad. Las sombras habitan en el mundo de los sucesos extraordinarios. Existen
distintos tipos de ellas.
Alicia se acercó a limpiar la mesa de al lado, miré sus ojos y brillaban con
un destello especial. Le pregunté por su sombra, que por esas cuestiones
inesperadas parecía desaparecer. Ella, sólo por amabilidad respondió con un
sonido que no llegó a ser palabra, pero lo suficiente para conseguir un breve
instante de su atención. Allí le dije categóricamente que su sombra, brillo de
su karma, estaba enferma; seguidamente le pregunté si conocía al Dr. Chandra Bose.
Pero, obviamente no podía conocerlo -¿Quién podría conocer a quien no existe?-. Sorprendentemente dijo que sí. Vaya a saber
con quién lo ha confundido.
Siguió con su rutina. Levantó vasos de una mesa y fue hacia la barra del
bar. Pensé que había fracasado en mi misión, por lo cual estaba dejando sobre
la mesa el monto habitual cuando ella se acercó y dejó caer una tarjeta de
presentación al pasar. La levanté y la miré una y otra vez tratando de
encontrar alguna empírica razón.
Exploté sorprendido: ¿De dónde ha salido esto? Busqué a Alicia a mi alrededor y no la encontraba. Pregunté dentro del Bar y nada. ¿A dónde se habría ido?
Comencé a sentir frío y ver todo opacado. Sentí que alguien pasaba a mi lado. Pensé en Alicia. Giré sobre mi buscándola y no había nadie. Todo transcurrió en un instante -como cuando abres una puerta y entra una ráfaga de aire-.
Regresé a mi mesa y Alicia estaba limpiando la
mesa junto a la mía. Me senté tratando de entender. Sobre la mesa veo la
tarjeta envejecida, como si hubiera estado guardada por mucho tiempo en una
billetera. Alcé la tarjeta con mi mano izquierda con la intención de
preguntarle a Alicia, pero ella solo sonrió y volvió al interior del bar.
Mire a mi alrededor buscando alguna señal o persona u objeto inusual. Nada. Ninguna señal del clan. Es hora de volver a casa, a mi casa real, pero algo me retiene. Te presiento. Es tu sombra, estas allí. Al fin te veo.
Mi nombre es Jorge Alfredo Sanches, ciudadano de Buenos Aires, miembro del clan Leviatán y Doctor sanador de sombras. Todos los días, hasta los lluviosos, cumplí con mi misión. Una caminata diaria hasta el bar donde trabajaba Alicia, hasta la puerta.
Hace un tiempo alguien preguntó
si los Leviatán somos seres humanos. Una cuestión interesante, que obliga a una
respuesta muy extensa, pero hoy sólo diré que sí. Pertenecemos a la especie
humana. Creo necesario aclarar esta duda porque podrías suponer erróneamente
otra conclusión. La generación humana de esta tercera civilización niega lo
extraordinario, y asigna estos sucesos a influencias divinas o a acciones de otras
especies que habitan el cosmos.
Si andas por aquí, no esperes
encontrarme porque mi tiempo de partir ha llegado. Tampoco busques a Alicia, su
nombre es ficticio porque ella habita aquí, entre ustedes. El clan Leviatán
protege a los suyos, cuida su misión, su lugar en el universo.
Ahora debo hablarte acerca de
Chandra Bose, llegó para despertar a la sombra de Alicia. Le he abierto la
puerta a esta dimensión. Ya está aquí. Ahora está con Alicia, los veo juntos.
Están en la barra del bar.
Si decides seguir con la lectura de nuestra historia debes saber que serás parte, que tendrás un lugar reservado para ti. Los sucesos que aquí se relatan son tan reales o ficticios como tú lo decidas.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario