La casa está en un lote cubierto por Araucarias y Olivos que se extiende hasta el lago. Carmen por las
mañanas suele caminar por su orilla al calor de los primeros rayos del sol con la esperanza que el día continúe y Dora prefiere despertar cuando el día superó las primeras luces del amanecer, teme que el sol se extinga. Ellas suelen sentarse en el jardín a leer y escribir, aunque aún se sufren los olores y se teme por la oscuridad que ha dejado la guerra.
—Recién
me llamaron de la Comisaría, quieren hablar conmigo. Voy para allá. —Le avisa
Carmen a Dora.
—¿Estas
segura? porque “Tuve un sueño, que no será del todo un sueño, el brillante sol
se apagaba, y los astros vagaban apagándose por el espacio eterno, sin rayos,
sin caminos, y la helada tierra oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin
luna”. —Dora mientras la acompaña a la puerta no para de hablar. —¿Llevás
ropa?, entras por unas preguntas y las respuestas te cierran las rejas. —Carmen
va hacia la calle y Dora le grita desde la puerta— ¡Pedí un abogado!,
¿escuchaste? —Carmen levanta la mano como afirmando y saludando.
Carmen
y el Sargento Lord están sentados en el despacho del Comisario. Paredes blancas
recién pintadas, sin ventanas, dos armarios y una caja fuerte. Resalta la
ausencia de sentimientos entre tantos libros que hablan de justicia. Las
preguntas y respuestas enlazan más que de unir pistas y Carmen comienza a disfrutar
de su condición de testigo.
—¿Voy
a necesitar un abogado?
—No
lo creo. —Le responde el Sargento Lord riendo. —Trate de recordar algo más.
—No
sé, dejame ver. Recuerdo haber visto una mujer que no era de aquí, no muy
distante de casa. Creo que fue por el bosque, en verdad no lo recuerdo bien.
Usaba un vestido rojo y aquí nadie usa un vestido rojo para evadir los
recuerdos de los tiempos de la guerra, parecía una mujer joven, pero yo estaba
a unos 100 metros. ¿Por qué le interesa tanto?
—La
estamos buscando y al parecer usted sería la última en haberla visto.
—¿La
buscan por algún hecho?
—Podríamos
decir que si, aunque no podemos darle ningún detalle.
—Yo
le decía a Dora que esa mujer parecía rara. Muy delgada, como consumida por el hambre.
Caminaba extraño como si un dolor agudo por el hambre se hubiera instalado en
sus entrañas y sus pasos eran errantes como si el sol se hubiera apagado y no
existieran caminos.
—Pero,
¿No la vio a unos 100 metros? ¿Cómo pudo observar tantos detalles?
—¿de
quién?
—De
la mujer.
—Eso
es lo que le decía a Dora y también a ella le pareció raro que usara un vestido
rojo. A veces el Dr. Samuel trae alguna acompañante desalineada, pero nada como
esta mujer. Pero no me mal entienda, lo veo en sus ojos, Dora no es esa mujer, ni
tampoco las amigas del Dr. Samuel. Ella es mi amiga, me refiero a Dora, no las
que trae el Dr. Samuel, solo se parecen porque comparten su gusto por el color
rubio del cabello, siempre se tiñó de rubio, creo que desde que nació, vos me
preguntás por una mujer morocha.
—Gracias
Señora Íñiguez.
—Dora
me dijo que antes que me encierren puedo hacer un llamado y que diga que quiero
un abogado.
—Señora
Íñiguez … ¡por favor!
—Querido,
si voy a pasar un tiempo en la comisaría tras las rejas puedes llamarme Carmen.
—Le
agradezco su ayuda, puede irse. ¡Pero no deje la ciudad! —no pudo contenerse el
Sargento Lord y le respondió imitando a un policía de serie de TV.
La
casa de Carmen se encuentra a dos kilómetros de la comisaría atravesando el
bosque, cerca de la costa del lago.
—¿Estás
Dora? —Grita Carmen mientras abre la puerta de su casa.
—Si,
¡Evitando que el hambre se instale en nuestras entrañas! —Dora levanta la voz
todo lo que puede para que Carmen la escuche.
—Pregunto
por si estás con un muchacho. ¡No quisiera ver! —Carmen le responde asomada
desde la puerta de entrada.
—¿Qué
muchacho? Si se han ido muriendo todos. Este pueblo ya se parece a el planeta
de las amazonas. —Dora grita desde la cocina, hasta que la ve entrar y sigue algo
enojada prestando atención a lo que está cocinando.— No me llamaste. Estaba
esperando que me llames por si necesitabas un abogado. El Dr. Samuel es el
mejor y esta semana está en su casa. ¿Te llevaron a la sala de
interrogatorios?, te pregunto porque siempre andás con esa cara de culpable.
—No,
fue una entrevista con el Sargento.
—Le
llaman entrevista, pero siempre es un interrogatorio. Sin equivocarme te puedo
decir que la silla y la mesa eran de metal para que sintieras el frio de la
justicia. Seguramente sin ventanas, paredes grises que apagan la luz, que mutan
los sentimientos en impiadosos razonamientos retorcidos y solo para salir de
ahí dices cualquier cosa. ¿Qué te hicieron firmar? Ya le mando un mensajito al
Dr. Samuel, te va a decir que hacer.
—Dora,
¡basta! Estoy bien. Me puse nerviosa al principio con tanta cosa que me metiste
en la cabeza. El Sargento Lord me invitó a la oficina del Comisario. Fue muy
amable.
—Claro,
el policía bueno.
—¡Dora!
—Carmen hace un instante silencio para tomar aire y se sienta. —Recién cuando
llegué a casa pude tranquilizarme. Me preguntaron por una mujer morocha, esa
que te conté que vi hace unas semanas.
—¿La
mataron? —Dora deja lo que esta haciendo y corre a la mesa para sentarse frente
a Carmen esperando una gran historia.
—No.
La están buscando.
—¡Aburrido!
Si no hay occisa no hay intriga. Justo que esperaba que pasara algo para contar
en el grupo de “las solitarias”.
—Tus
amigas son terribles.
—Cuando
pudiste tenerlos los echaste y ahora que no están los queres traer.
—Eran
otros tiempos, parecía que todo era eterno. Que la soledad no existía, que amar
era una cuestión que no era necesario aprender a hacerlo, que se daba solo … y
… pasó … el tiempo pasó … luego la guerra … la oscuridad … la muerte … y ahora
sola. —Habla mientras hace cosas en la cocina sin orden ni razón, como si
tratara de encontrar algo.
—El
Sargento tiene unos 40 años, no es muy guapo pero parece un buen muchacho.
—¿Cuándo
viene Pablo? —Dora sigue dando vueltas en la cocina mientras continúa con la
charla, se siente triste.
—Dijo
que podría llegar la semana próxima. Está esperando al transbordador pero con
el clima de tormentas están restringidos los viajes de ascenso y descenso.
—¿Vendrá
con los niños y su mujer insoportable? —sigue la conversación poniendo la mesa
para el almuerzo.
—Esperemos
que sí. Amalia no es insoportable, le cuesta adaptarse, somos algo intensas con
Pablo y los niños, como si le robáramos su lugar. No podes siempre imaginar que
ella extingue al sol.
—No
me imagino nada, ella oscurece todo lo que la rodea y siento que devora mí
energía.
—Es
que es joven aun y no puede comprender la soledad. Tal vez, tiene miedo al vernos,
miedo a vivir en la misma soledad. El trabajo de Pablo siempre lo aleja y ella
debe imaginar su ausencia eterna y al vernos supone un futuro de soledad que
quiere evadir.
Dora
al poner los vasos sobre la mesa los golpea contra esta.
—No
todas las personas merecen tu compasión, algunas han decidido ser difíciles y
no hacer ningún esfuerzo para cambiar. Amalia es una de ellas y tu hijo ha
visto algo en ella que yo no veo, o es ciego o yo me he vuelto una vieja
insoportable. Sí debo admitir que ha criado muy bien a esos niños.
—Solo
estarán dos semanas, como siempre. Ahora tenemos que ocuparnos por armar el
puesto en la feria, todos llegarán a partir del próximo viernes. Tenemos mucho
que preparar.
La noche llega pronto y casi perdiendo la noción del tiempo amanece.
—¡Buenos
Días! —Saluda Dora entrando a la cocina mientras Carmen está preparando el
desayuno.
—Buenos
Días Dora. No sé qué hacer, hoy salí a caminar por la playa y volví a ver a la mujer del vestido rojo resaltado por los
primeros rayos del sol, muy parecida a la que está buscando la policía.
¿Debería llamar al Sargento Lord?
—¡Llámalo!
Tal vez, entre interrogatorios puedas tener una aventura. —Dora se sienta en la
mesa riéndose.
—Sigue
riéndote, yo voy a tener una aventura y tu deberás caminar por el bosque sin
senderos hasta que yo despida a mí amante, ja ja.
—¡Llamá
al Sargento Lord!. Esta situación es rara. Yo anteayer también vi a una mujer parecida
caminando hacia el bosque.
—Mirá
Dora, un mensaje de Pablo. Ya aterrizaron. Vienen el viernes. Deberé dejar la
aventura con el Sargento Lord. —Ambas comienzan a reír.
Carmen
y Dora entran en la comisaría.
—Buenos
días, Señora Iñiguez en qué la puedo ayudar. —Las recibe el Sargento Lord.
—Buenos
días, ella es mi amiga Dora. Vimos a una mujer muy parecida a la que está
buscando.
—Vengan
por aquí, por favor siéntense. —El Sargento las lleva hasta la oficina del
Comisario.
—¿No
tienen un lugar más agradable para charlar? —Pregunta Dora.
—No,
la otra sala es la de interrogatorios con sus sillas y su mesa de metal frio. ¿Tal
vez la prefieran? —Responde el Sargento Lord sin emociones, con una voz apagada.
—Estamos
bien aquí. —Interviene Carmen anticipándose a Dora.
La
charla continúa sin mayores predicciones que las observaciones vagas de Carmen
y Dora.
—¿Por
qué la buscan? —le pregunta Dora
—Es
una Errante.
—Una
qué —pregunta Carmen.
—Son
personas que no han podido salir de la oscuridad que dejó la guerra, no sienten
al sol, sus rayos, se imaginan en un planeta helado sin caminos y vagan hasta
encontrar a otro Errante y al verse mueren de su espanto mutuo. —respondió el
Sargento Lord abandonando su mirada en una foto de una pareja colgada en la
pared.
—¿Quiénes
son? —Le pregunta Carmen con tono de madre, mientras Dora se levanta caminando
hacia la foto.
—¿Es
ella? —Dora se pregunta para sí misma— es ella con su vestido rojo y su cabello
negro —repite en voz alta— ¿Es ella? —le pregunta al Sargento Lord.
Él
guarda silencio, con su rostro apagado, como si los sentimientos hubieran sido
sepultados. Entonces Dora mirando la foto dijo
—“Los
rios, lagos y océanos estaban quietos, y nada se movía en sus silenciosos
abismos” —se detuvo un instante y se volvió hacia ellos que seguían sentados— La
estás cuidando, ¿Por qué proteges a una Errante?
—Ese
fue el último día que la vi —mirando la foto—, fue el día de la guerra, el día
de la oscuridad. Es mi esposa y no quiero que la guerra que me arrebató mí
humanidad dentro de esa sala de interrogatorios me la arranque también a ella.
Se que un día el sol volverá a irradiar energía para ella y sus rayos la
iluminarán y su ser recuperará su calor.
Carmen
y Dora se fueron de la Comisaría hacia su casa. En el camino la volvieron a
ver. El viernes llegó pronto junto con Pablo, Amalia y los chicos.
La
mañana del sábado Dora y Carmen disfrutaban del bullicio de la familia, el
Sargentos Lord estaba sentado leyendo al lado del quincho y los chicos jugando
en el jardín entre los rayos de sol que se colaban entre las hojas de las
Araucarias y los Olivos.
—Abuela,
hay una mujer con un vestido rojo encerrada en el quincho. ¿Quién es?
Carmen gira su cabeza hacia el quincho y murmura— Es el precio que pagamos por la guerra.
Abril 2026
nobloyan@gmail.com


No hay comentarios.:
Publicar un comentario