sábado, 11 de abril de 2026

La mujer del vestido rojo

La casa está en un lote cubierto por Araucarias y Olivos que se extiende hasta el lago. Carmen por las
mañanas suele caminar por su orilla al calor de los primeros rayos del sol con la esperanza que el día continúe y Dora prefiere despertar cuando el día superó las primeras luces del amanecer, teme que el sol se extinga. Ellas suelen sentarse en el jardín a leer y escribir, aunque aún se sufren los olores y se teme por la oscuridad que ha dejado la guerra.

—Recién me llamaron de la Comisaría, quieren hablar conmigo. Voy para allá. —Le avisa Carmen a Dora.

—¿Estas segura? porque “Tuve un sueño, que no será del todo un sueño, el brillante sol se apagaba, y los astros vagaban apagándose por el espacio eterno, sin rayos, sin caminos, y la helada tierra oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna”. —Dora mientras la acompaña a la puerta no para de hablar. —¿Llevás ropa?, entras por unas preguntas y las respuestas te cierran las rejas. —Carmen va hacia la calle y Dora le grita desde la puerta— ¡Pedí un abogado!, ¿escuchaste? —Carmen levanta la mano como afirmando y saludando.

Carmen y el Sargento Lord están sentados en el despacho del Comisario. Paredes blancas recién pintadas, sin ventanas, dos armarios y una caja fuerte. Resalta la ausencia de sentimientos entre tantos libros que hablan de justicia. Las preguntas y respuestas enlazan más que de unir pistas y Carmen comienza a disfrutar de su condición de testigo.

—¿Voy a necesitar un abogado?

—No lo creo. —Le responde el Sargento Lord riendo. —Trate de recordar algo más.

—No sé, dejame ver. Recuerdo haber visto una mujer que no era de aquí, no muy distante de casa. Creo que fue por el bosque, en verdad no lo recuerdo bien. Usaba un vestido rojo y aquí nadie usa un vestido rojo para evadir los recuerdos de los tiempos de la guerra, parecía una mujer joven, pero yo estaba a unos 100 metros. ¿Por qué le interesa tanto?

—La estamos buscando y al parecer usted sería la última en haberla visto.

—¿La buscan por algún hecho?

—Podríamos decir que si, aunque no podemos darle ningún detalle.

—Yo le decía a Dora que esa mujer parecía rara. Muy delgada, como consumida por el hambre. Caminaba extraño como si un dolor agudo por el hambre se hubiera instalado en sus entrañas y sus pasos eran errantes como si el sol se hubiera apagado y no existieran caminos.

—Pero, ¿No la vio a unos 100 metros? ¿Cómo pudo observar tantos detalles?

—¿de quién?

—De la mujer.

—Eso es lo que le decía a Dora y también a ella le pareció raro que usara un vestido rojo. A veces el Dr. Samuel trae alguna acompañante desalineada, pero nada como esta mujer. Pero no me mal entienda, lo veo en sus ojos, Dora no es esa mujer, ni tampoco las amigas del Dr. Samuel. Ella es mi amiga, me refiero a Dora, no las que trae el Dr. Samuel, solo se parecen porque comparten su gusto por el color rubio del cabello, siempre se tiñó de rubio, creo que desde que nació, vos me preguntás por una mujer morocha.

—Gracias Señora Íñiguez.

—Dora me dijo que antes que me encierren puedo hacer un llamado y que diga que quiero un abogado.

—Señora Íñiguez … ¡por favor!

—Querido, si voy a pasar un tiempo en la comisaría tras las rejas puedes llamarme Carmen.

—Le agradezco su ayuda, puede irse. ¡Pero no deje la ciudad! —no pudo contenerse el Sargento Lord y le respondió imitando a un policía de serie de TV.

La casa de Carmen se encuentra a dos kilómetros de la comisaría atravesando el bosque, cerca de la costa del lago.

—¿Estás Dora? —Grita Carmen mientras abre la puerta de su casa.

—Si, ¡Evitando que el hambre se instale en nuestras entrañas! —Dora levanta la voz todo lo que puede para que Carmen la escuche.

—Pregunto por si estás con un muchacho. ¡No quisiera ver! —Carmen le responde asomada desde la puerta de entrada.

—¿Qué muchacho? Si se han ido muriendo todos. Este pueblo ya se parece a el planeta de las amazonas. —Dora grita desde la cocina, hasta que la ve entrar y sigue algo enojada prestando atención a lo que está cocinando.— No me llamaste. Estaba esperando que me llames por si necesitabas un abogado. El Dr. Samuel es el mejor y esta semana está en su casa. ¿Te llevaron a la sala de interrogatorios?, te pregunto porque siempre andás con esa cara de culpable.

—No, fue una entrevista con el Sargento.

—Le llaman entrevista, pero siempre es un interrogatorio. Sin equivocarme te puedo decir que la silla y la mesa eran de metal para que sintieras el frio de la justicia. Seguramente sin ventanas, paredes grises que apagan la luz, que mutan los sentimientos en impiadosos razonamientos retorcidos y solo para salir de ahí dices cualquier cosa. ¿Qué te hicieron firmar? Ya le mando un mensajito al Dr. Samuel, te va a decir que hacer.

—Dora, ¡basta! Estoy bien. Me puse nerviosa al principio con tanta cosa que me metiste en la cabeza. El Sargento Lord me invitó a la oficina del Comisario. Fue muy amable.

—Claro, el policía bueno.

—¡Dora! —Carmen hace un instante silencio para tomar aire y se sienta. —Recién cuando llegué a casa pude tranquilizarme. Me preguntaron por una mujer morocha, esa que te conté que vi hace unas semanas.

—¿La mataron? —Dora deja lo que esta haciendo y corre a la mesa para sentarse frente a Carmen esperando una gran historia.

—No. La están buscando.

—¡Aburrido! Si no hay occisa no hay intriga. Justo que esperaba que pasara algo para contar en el grupo de “las solitarias”.

—Tus amigas son terribles.

—Querida, trae hombres al pueblo y cambiaremos el nombre del grupo. —Comienzan a reír juntas. Dora de repente deja de reír y sigue con pesar— Se siente la soledad y el frio de la cama que debo calentar yo sola.

—Cuando pudiste tenerlos los echaste y ahora que no están los queres traer.

—Eran otros tiempos, parecía que todo era eterno. Que la soledad no existía, que amar era una cuestión que no era necesario aprender a hacerlo, que se daba solo … y … pasó … el tiempo pasó … luego la guerra … la oscuridad … la muerte … y ahora sola. —Habla mientras hace cosas en la cocina sin orden ni razón, como si tratara de encontrar algo.

—El Sargento tiene unos 40 años, no es muy guapo pero parece un buen muchacho.

—¿Cuándo viene Pablo? —Dora sigue dando vueltas en la cocina mientras continúa con la charla, se siente triste.

—Dijo que podría llegar la semana próxima. Está esperando al transbordador pero con el clima de tormentas están restringidos los viajes de ascenso y descenso.  

—¿Vendrá con los niños y su mujer insoportable? —sigue la conversación poniendo la mesa para el almuerzo.

—Esperemos que sí. Amalia no es insoportable, le cuesta adaptarse, somos algo intensas con Pablo y los niños, como si le robáramos su lugar. No podes siempre imaginar que ella extingue al sol.

—No me imagino nada, ella oscurece todo lo que la rodea y siento que devora mí energía.

—Es que es joven aun y no puede comprender la soledad. Tal vez, tiene miedo al vernos, miedo a vivir en la misma soledad. El trabajo de Pablo siempre lo aleja y ella debe imaginar su ausencia eterna y al vernos supone un futuro de soledad que quiere evadir.

Dora al poner los vasos sobre la mesa los golpea contra esta.

—No todas las personas merecen tu compasión, algunas han decidido ser difíciles y no hacer ningún esfuerzo para cambiar. Amalia es una de ellas y tu hijo ha visto algo en ella que yo no veo, o es ciego o yo me he vuelto una vieja insoportable. Sí debo admitir que ha criado muy bien a esos niños.

—Solo estarán dos semanas, como siempre. Ahora tenemos que ocuparnos por armar el puesto en la feria, todos llegarán a partir del próximo viernes. Tenemos mucho que preparar.


La noche llega pronto y casi perdiendo la noción del tiempo amanece.

—¡Buenos Días! —Saluda Dora entrando a la cocina mientras Carmen está preparando el desayuno.

—Buenos Días Dora. No sé qué hacer, hoy salí a caminar por la playa y volví a ver a la  mujer del vestido rojo resaltado por los primeros rayos del sol, muy parecida a la que está buscando la policía. ¿Debería llamar al Sargento Lord?

—¡Llámalo! Tal vez, entre interrogatorios puedas tener una aventura. —Dora se sienta en la mesa riéndose.

—Sigue riéndote, yo voy a tener una aventura y tu deberás caminar por el bosque sin senderos hasta que yo despida a mí amante, ja ja.

—¡Llamá al Sargento Lord!. Esta situación es rara. Yo anteayer también vi a una mujer parecida caminando hacia el bosque.

—Mirá Dora, un mensaje de Pablo. Ya aterrizaron. Vienen el viernes. Deberé dejar la aventura con el Sargento Lord. —Ambas comienzan a reír.

Carmen y Dora entran en la comisaría.

—Buenos días, Señora Iñiguez en qué la puedo ayudar. —Las recibe el Sargento Lord.

—Buenos días, ella es mi amiga Dora. Vimos a una mujer muy parecida a la que está buscando.

—Vengan por aquí, por favor siéntense. —El Sargento las lleva hasta la oficina del Comisario.

—¿No tienen un lugar más agradable para charlar? —Pregunta Dora.

—No, la otra sala es la de interrogatorios con sus sillas y su mesa de metal frio. ¿Tal vez la prefieran? —Responde el Sargento Lord sin emociones, con una voz apagada.

—Estamos bien aquí. —Interviene Carmen anticipándose a Dora.

La charla continúa sin mayores predicciones que las observaciones vagas de Carmen y Dora.

—¿Por qué la buscan? —le pregunta Dora

—Es una Errante.

—Una qué —pregunta Carmen.

—Son personas que no han podido salir de la oscuridad que dejó la guerra, no sienten al sol, sus rayos, se imaginan en un planeta helado sin caminos y vagan hasta encontrar a otro Errante y al verse mueren de su espanto mutuo. —respondió el Sargento Lord abandonando su mirada en una foto de una pareja colgada en la pared.

—¿Quiénes son? —Le pregunta Carmen con tono de madre, mientras Dora se levanta caminando hacia la foto.

—¿Es ella? —Dora se pregunta para sí misma— es ella con su vestido rojo y su cabello negro —repite en voz alta— ¿Es ella? —le pregunta al Sargento Lord.

Él guarda silencio, con su rostro apagado, como si los sentimientos hubieran sido sepultados. Entonces Dora mirando la foto dijo

—“Los rios, lagos y océanos estaban quietos, y nada se movía en sus silenciosos abismos” —se detuvo un instante y se volvió hacia ellos que seguían sentados— La estás cuidando, ¿Por qué proteges a una Errante?

—Ese fue el último día que la vi —mirando la foto—, fue el día de la guerra, el día de la oscuridad. Es mi esposa y no quiero que la guerra que me arrebató mí humanidad dentro de esa sala de interrogatorios me la arranque también a ella. Se que un día el sol volverá a irradiar energía para ella y sus rayos la iluminarán y su ser recuperará su calor.

Carmen y Dora se fueron de la Comisaría hacia su casa. En el camino la volvieron a ver. El viernes llegó pronto junto con Pablo, Amalia y los chicos.

La mañana del sábado Dora y Carmen disfrutaban del bullicio de la familia, el Sargentos Lord estaba sentado leyendo al lado del quincho y los chicos jugando en el jardín entre los rayos de sol que se colaban entre las hojas de las Araucarias y los Olivos.

—Abuela, hay una mujer con un vestido rojo encerrada en el quincho. ¿Quién es?

Carmen gira su cabeza hacia el quincho y murmura— Es el precio que pagamos por la guerra.



#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Abril 2026

nobloyan@gmail.com


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