Ya
es de noche y estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos
Aires. Estoy cansado, necesito alejar a
mí mente de esa batalla virtual en la que me involucraron. Tal vez, detenerme
para cenar sea lo mejor. Vi la luz del bodegón encendida, el que está en la
esquina frente a la plaza.
Los
Bodegones son lugares que te transportan hacia una estética definida por los
sabores y las texturas de aquellos platos que firmaban mis abuelas, recuerdos
culinarios de mí infancia en aquellas reuniones que transcurrían en la cocina y
reunían a la familia. Hoy manos hábiles recuperan aquellos sabores, texturas y
un ambiente de familia con el mismo bullicio de aquella cocina de mí infancia.
Estacioné
y caminé hacia la luz. No se oyen conversaciones en la calle, sólo resaltan los
manchones de luz que pintan las luminarias sobre la calle tiñendo el paisaje de
un aire estremecedor. Aceleré el paso y a través de las ventanas del bodegón
puedo ver seres algo difusos, a veces inmóviles como si el tiempo se congelara
y otras veces en movimiento. La sensación es rara. Alcancé la puerta.
Traté
abrirla sin lograrlo. Volví a intentarlo y fracasé nuevamente. Escucho
movimientos en el interior. Busqué algo que indicara cómo abrir esa puerta. Un
timbre, un cartel con las palabras "¡golpee aquí:", un teclado para
ingresar un código, un escáner biométrico, pero no había nada.
La
espera no es placentera por el frío y esa llovizna persistente. Una brisa
helada inesperada golpeó mi espalda y todo a mi alrededor se volvió difuso,
salvo la puerta. Algo está sucediendo. Una fuerza desconocida me transforma en
energía y siento a mis moléculas viajar hacia el interior para finalmente
reconstruirme dentro.
—El plato de hoy es mondongo, —dijo un ser de
azul parado frente a mí para recibirme mientras me palpo mí cuerpo con la
esperanza de que nada se haya perdido en el viaje cuántico.
—No, hoy prefiero milanesa con papas fritas y
una cerveza. —Le respondí.
Me
senté en la mesa que se encuentra sobre la ventana y a la altura del mostrador
donde los seres de azul se congregan. Abrí el libro que lleve conmigo
aprovechando la capacidad de contraer el tiempo que posee la lectura, durante
la espera del arribo de la comida. Cada tanto levanto la vista y veo a través
de la ventana el exterior difuso provocado por un extraño juego en movimiento
caprichoso de las luminarias en la oscuridad, a veces inmóviles y otras en
movimiento a variadas velocidades, como quien viaja en un tren.
—El plato de hoy es mondongo, —escuché otra
vez la voz del ser de azul, el más joven del lugar, que repetía como saludo
ante la aparición de una nueva persona,
— No
gracias, ¿Puede ser matambre al horno con papas? —Le responde el nuevo comensal.
—Sí,
y ¿para beber? —Le pregunta el joven ser de azul.
—El
vino. —Refiriéndose a una botella de vino que guardan para él, que consume de a
poco con cada visita al bodegón.
Se
ubicó en la mesa junto al mostrador vecina a la mía, como si fuéramos un mismo
ser que se refleja en un espejo, con la apariencia de compartir un mismo
tiempo, ambos estamos sentados solos, pero no en soledad. Pronto comencé a
darme cuenta de la variación del tiempo, a veces transcurre más lento y otras
se acelera.
Llegó
la comida, una fuente colmada para al menos dos comensales. Al mismo tiempo, en
la mesa contigua, la que ocupa Juan Carlos, a quien conocí más tarde, sucede
una charla entre él y un ser de azul, el mayor a todos, de nombre Marcelino. Un
ser hábil en construir diálogos.
Volví
la mirada hacia la ventana y algo cambio. Ya no veo la calle sino que se
suceden lugares y situaciones reales coincidiendo con los tópicos de la charla
que llevan Juan Carlos y Marcelino. Puedo sentir los aromas, el clima, los
sentimientos, las alegrías y dolores, como si yo hubiera vivido esos eventos en
otro tiempo y los rescatara de la memoria para vivirlos nuevamente. Estoy
desorientado y tratando de encontrar una explicación racional.
—Aunque
quieras no puedes ni debes, cambiar nada allí. —dijo otro ser de azul, sobrino
de Marcelino, que apareció frente a mí como si las moléculas del aire le dieran
su forma.— El tiempo es una necesidad de la mente, si cambias algo en tu
pasado, ya no estarías aquí y tu futuro tendría otro camino. —Quise responderle,
pero de pronto lo vi tras el mostrador.
Entonces,
volví mi mirada hacia la mesa contigua, y Marcelino, mirándome a los ojos,
comenzó a responder las argumentaciones de Juan Carlos como si esas respuestas
fueran necesariamente para mí.
Seguimos
la charla de mesa a mesa, Marcelino ya se había trasladado a otro lugar,
mientras disfrutábamos de nuestros platos. Al avanzar la charla se hacía cada
vez más notable las similitudes entre nuestras vidas; como si Juan Carlos fuera
yo mismo en otro plano, una suerte de juego perverso del espacio-tiempo en una
danza que me excluye y me obliga a ser observador. La intriga de lo que seguirá
me desorienta, esa incertidumbre que hace imposible predecir el siguiente
instante.
Terminé
la cena y me despedí de Juan Carlos y de los seres de azul. Salí del Bodegón de
la misma forma que ingresé, conté mis moléculas, están todas. Mientras camino
hacía el auto regresé mi mirada hacia el Bodegón y en su interior sólo vi a los
seres de azul.
Una
brisa helada golpea mi espalda, qué sensación rara, nuevamente todo se vuelve
difuso.
Estoy
volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires. Más adelante veo la
luz de un bodegón en una esquina frente a una plaza, pienso en detenerme para
cenar, freno y finalmente sigo hacia casa. Miré por el espejo retrovisor y la
luz del bodegón ya no está, sólo veo la luminaria de la calle con su caprichoso
juego con la oscuridad.
#Paulus Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026
Escrito en el Bodegón de Marcelino, Villa Sarmiento, Buenos Aires en Julio 2023. Varios de los cuentos y ensayos nacieron allí.
nobloyan@gmail.com

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