—O juremos con gloria morir. Oíd ¡mortales! el grito sagrado: ¡Libertad, libertad, libertad!, —cantaba la muchedumbre enfervorizada a la espera del sonido del silbato que daría por iniciada la contienda—.
“¡Libertad, libertad,
libertad!” tres silabas unidas para definir la mayor búsqueda de los seres
humanos. Pero ¿estamos dispuestos a pagar el precio de alcanzarla y sostenerla?
Ayer por la noche me llamó Carlos
Garaventa preocupado por la complejidad y desmesura de las desordenadas estrategias
de cada contendiente hacia la próxima elección a Presidente de la Nación. Le
preocupaba que se hubiera dejado sobre la arena aquel artilugio de Ulises: el Caballo
de Troya.
Poder responderle a Carlos me
impuso leer la Eneida y volver a revivir el enorme desafío y placer de los
poemas de Homero y Virgilio. Lo humano y sus relaciones. Ellos inmortalizaron aquel
artilugio, un regalo y a la vez una trampa para alcanzar la victoria, con un perverso
costo: el exterminio de uno de los contendientes. Es el relato del final de una
larga guerra en la voz de Eneas, a pedido de la reina Dido, que nos lleva a sumergirnos
en la construcción de una estratagema llena de ardides y aprovechamiento de
debilidades.
Estos sucesos ocurren en la región llamada Tróade donde se situaba Troya. Una ciudadela amurallada sobre un monte próxima a la costa. Sus oponentes, los aqueos, llegaron en barcos de la región de Tesalia, atravesando el mar Egeo.
Para entender debemos hacer el
esfuerzo de imaginarnos aquella situación. Diez años de batallas, los troyanos resistiendo
los embates de los aqueos que instalaron sus campamentos en la playa y en el valle.
Una guerra tan prolongada requirió de una organización de recursos, sostenimientos
de vías logísticas, fortalecimiento de la moral pública, una vida militarizada
y la tolerancia a la angustia.
Dibujemos los alrededores de Troya,
valles habitados por pastores y sembradíos. Personas conviviendo y comerciando
con ambas partes. Una frontera cultural dilatada.
En ese contexto el supuesto
retiro de los aqueos, el desaparecer por completo del paisaje, produjo un
cambio sustancial. Pensemos en la euforia que se habría vivido. Ya los hijos no
terminarían sus días antes que sus padres, los hijos podrían ver envejecer a
sus padres, las mujeres ya dejarían de ser viudas y las niñas ya no perderían
sus amores. Nietos y abuelos compartiendo los días sería lo normal.
Los versos cuentan que aquel
caballo de madera, que tal vez no fue caballo, fue dejado en la playa, por olvido
o como regalo, y encontrado por quienes salieron a buscar a los ausentes, por
si se hubieran ocultado. Fueron los pastores los que vieron aquel artilugio como
trofeo, al contrario de los estrategas que dudaron de aquel olvido y
pretendieron destruirlo.
Ulises conocía que un monumento
no bastaría para abrir las murallas, era necesario de un emisario, que fuera
encontrado y atrapado, que supiera construir mentiras que lo mostraran escapando
de su furia y luego, siendo liberado, venciera las dudas de los troyanos y el
Caballo de Madera fuera llevado a Troya. Es aquí donde podemos observar cómo
las divisiones internas, producidas por diálogos no construidos en el tiempo,
consumen a las alianzas y a las organizaciones.
No podemos ser ajenos que los humanos
jugamos en una cancha de intereses, que nuestras ambiciones particulares pesan
en los acuerdos y los dificultan. Por ello, el diálogo y fomentar las experiencias
comunes, que solo pueden ser construidas con tiempo y con voluntad de hacerlo, son
el camino hacia la sustentabilidad de una alianza u organización.
Carlos, cómo responderte no
siendo tan evidente la existencia del artilugio. Es por ello por lo que reflexioné
que tal vez ese artilugio no es tal y es en realidad una entelequia. Un proceso
no tan evidente que ha ido mutando algunos principios y justificando el no
cumplimiento de otros. Si estuviéramos dispuestos a ceder en nuestros principios,
Esteban Bullrich nos interpelaría: -¿para qué queremos ganar?
Troya encontró su debilidad en
sus divisiones internas. Fueron ellas las que abrieron sus murallas, que
permitieran que el pueblo no pudiera reconocer el peligro y en lugar de una
trampa eligiera ver un trofeo de una gloria que nunca alcanzaron, porque asumieron
ganar una guerra sin vencer a su enemigo.
Tal vez Carlos, debamos recordar a Luis
Riva que supo hablarnos de política, a quien no debemos olvidar, porque él nos
enseñó a defender la República con la determinación de los troyanos y con la
astucia de los aqueos. A reconocer a esa entelequia que damos en llamar el
Caballo de Troya en quienes buscan destruir las instituciones que la definen, en
quienes no aceptan el balance del poder, la alternancia como una necesidad
imperiosa al desarrollo humano y el voto como el medio para la transferencia de
obligaciones y deberes desde los ciudadanos hacia sus representantes. Sin
olvidar que la responsabilidad primaria está en las manos y el espíritu de aquellos
que aceptaron el camino de la política para velar incansablemente por la República,
a partir de la hermosa diversidad que nos une.
En la cancha los contendientes
visten camisetas que los distinguen unos de otros, no para el exterminio de uno
de ellos sino para jugar en un contexto de reglas y acuerdos. Desde las
tribunas también los hinchas visten sus camisetas, viven sus glorias, sufren
sus derrotas compartiendo el juego en el mismo estadio.
“¡Libertad, libertad,
libertad!” tres silabas unidas para definir la mayor búsqueda de los seres
humanos. Pero ¿estamos dispuestos a pagar el precio de alcanzarla y sostenerla?
Por Pablo A. Bevilacqua
Junio 2023
nobloyan@gmail.com
Nobloyan Contenidos

No hay comentarios.:
Publicar un comentario