viernes, 9 de junio de 2023

El caballo de troya - I


O juremos con gloria morir. Oíd ¡mortales! el grito sagrado: ¡Libertad, libertad, libertad!,  cantaba la muchedumbre enfervorizada a la espera del sonido del silbato que daría por iniciada la contienda—.

“¡Libertad, libertad, libertad!” tres silabas unidas para definir la mayor búsqueda de los seres humanos. Pero ¿estamos dispuestos a pagar el precio de alcanzarla y sostenerla?

Ayer por la noche me llamó Carlos Garaventa preocupado por la complejidad y desmesura de las desordenadas estrategias de cada contendiente hacia la próxima elección a Presidente de la Nación. Le preocupaba que se hubiera dejado sobre la arena aquel artilugio de Ulises: el Caballo de Troya.

Poder responderle a Carlos me impuso leer la Eneida y volver a revivir el enorme desafío y placer de los poemas de Homero y Virgilio. Lo humano y sus relaciones. Ellos inmortalizaron aquel artilugio, un regalo y a la vez una trampa para alcanzar la victoria, con un perverso costo: el exterminio de uno de los contendientes. Es el relato del final de una larga guerra en la voz de Eneas, a pedido de la reina Dido, que nos lleva a sumergirnos en la construcción de una estratagema llena de ardides y aprovechamiento de debilidades.

Estos sucesos ocurren en la región llamada Tróade donde se situaba Troya. Una ciudadela amurallada sobre un monte próxima a la costa. Sus oponentes, los aqueos, llegaron en barcos de la región de Tesalia, atravesando el mar Egeo.

Para entender debemos hacer el esfuerzo de imaginarnos aquella situación. Diez años de batallas, los troyanos resistiendo los embates de los aqueos que instalaron sus campamentos en la playa y en el valle. Una guerra tan prolongada requirió de una organización de recursos, sostenimientos de vías logísticas, fortalecimiento de la moral pública, una vida militarizada y la tolerancia a la angustia.

Dibujemos los alrededores de Troya, valles habitados por pastores y sembradíos. Personas conviviendo y comerciando con ambas partes. Una frontera cultural dilatada.

En ese contexto el supuesto retiro de los aqueos, el desaparecer por completo del paisaje, produjo un cambio sustancial. Pensemos en la euforia que se habría vivido. Ya los hijos no terminarían sus días antes que sus padres, los hijos podrían ver envejecer a sus padres, las mujeres ya dejarían de ser viudas y las niñas ya no perderían sus amores. Nietos y abuelos compartiendo los días sería lo normal.

Los versos cuentan que aquel caballo de madera, que tal vez no fue caballo, fue dejado en la playa, por olvido o como regalo, y encontrado por quienes salieron a buscar a los ausentes, por si se hubieran ocultado. Fueron los pastores los que vieron aquel artilugio como trofeo, al contrario de los estrategas que dudaron de aquel olvido y pretendieron destruirlo.

Ulises conocía que un monumento no bastaría para abrir las murallas, era necesario de un emisario, que fuera encontrado y atrapado, que supiera construir mentiras que lo mostraran escapando de su furia y luego, siendo liberado, venciera las dudas de los troyanos y el Caballo de Madera fuera llevado a Troya. Es aquí donde podemos observar cómo las divisiones internas, producidas por diálogos no construidos en el tiempo, consumen a las alianzas y a las organizaciones.

No podemos ser ajenos que los humanos jugamos en una cancha de intereses, que nuestras ambiciones particulares pesan en los acuerdos y los dificultan. Por ello, el diálogo y fomentar las experiencias comunes, que solo pueden ser construidas con tiempo y con voluntad de hacerlo, son el camino hacia la sustentabilidad de una alianza u organización.

Carlos, cómo responderte no siendo tan evidente la existencia del artilugio. Es por ello por lo que reflexioné que tal vez ese artilugio no es tal y es en realidad una entelequia. Un proceso no tan evidente que ha ido mutando algunos principios y justificando el no cumplimiento de otros. Si estuviéramos dispuestos a ceder en nuestros principios, Esteban Bullrich nos interpelaría: -¿para qué queremos ganar?

Troya encontró su debilidad en sus divisiones internas. Fueron ellas las que abrieron sus murallas, que permitieran que el pueblo no pudiera reconocer el peligro y en lugar de una trampa eligiera ver un trofeo de una gloria que nunca alcanzaron, porque asumieron ganar una guerra sin vencer a su enemigo.

Tal vez Carlos, debamos recordar a Luis Riva que supo hablarnos de política, a quien no debemos olvidar, porque él nos enseñó a defender la República con la determinación de los troyanos y con la astucia de los aqueos. A reconocer a esa entelequia que damos en llamar el Caballo de Troya en quienes buscan destruir las instituciones que la definen, en quienes no aceptan el balance del poder, la alternancia como una necesidad imperiosa al desarrollo humano y el voto como el medio para la transferencia de obligaciones y deberes desde los ciudadanos hacia sus representantes. Sin olvidar que la responsabilidad primaria está en las manos y el espíritu de aquellos que aceptaron el camino de la política para velar incansablemente por la República, a partir de la hermosa diversidad que nos une.

En la cancha los contendientes visten camisetas que los distinguen unos de otros, no para el exterminio de uno de ellos sino para jugar en un contexto de reglas y acuerdos. Desde las tribunas también los hinchas visten sus camisetas, viven sus glorias, sufren sus derrotas compartiendo el juego en el mismo estadio.

“¡Libertad, libertad, libertad!” tres silabas unidas para definir la mayor búsqueda de los seres humanos. Pero ¿estamos dispuestos a pagar el precio de alcanzarla y sostenerla?


Por Pablo A. Bevilacqua

Junio 2023

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