Recuerdo como Ricardo, mi vecino,
el de la casa rosa de dos plantas y un jardín desarreglado, hace un tiempo
cerró la puerta de su casa, bajó las persianas y no lo volvimos a ver. Pensamos
lo peor, pero comenzaron a llegar repartidores surtiéndolo de todo lo que él
consideraba necesario.
En casa nos preguntábamos por lo
que le habría pasado. Pero, cómo saber, solo podíamos conjeturar. En la granja,
la panadería y el almacén cada uno tenía una versión del encierro de Ricardo.
El que me pareció más jocoso fue el
de Dora, —No
lo repitan, pero me contó mi esposo que un conocido del trabajo le dijo que
Ricardo es un espía y se esta escondiendo.
No pude más, algo le había pasado
a Ricardo. Crucé y toqué el timbre. Vi que alguien corría la cortina de la
ventana, era Ricardo.
—¿Estas bien?, hace tiempo que
no te vemos.
—Hola Amelia, es que estoy
trabajando de noche. Me despidieron de la empresa en la que trabajé 20 años y
solo conseguí un trabajo de sereno. ¿Te puedo ayudar en algo?
Volví a casa enojada conmigo
misma porque había dejado pasar mucho tiempo sin interesarme por Ricardo. Él también
es hermano de Jesús como yo y no fui a visitarlo. El domingo le pediré al Pastor
que lo visite.
No vivimos lejos de la Iglesia,
solemos ir caminando salvo que llueva. Este domingo no llovía; al contrario, el
sol lo colmaba todo, hacía más soportable el frio de este duro invierno. Como
es habitual Elsy y Aiden, mis hijos, se han puesto algo rebeldes para visitar
al Señor, aunque luego en el templo se encuentran con sus amigos. Esta generación
se está olvidando de hablar con Jesús.
Caminando al templo le decía a
Albert, mi marido, justamente lo rebelde que están estos jóvenes. Él comenzó a reír
y me dice,
—Parece que te estás haciendo vieja, la memoria te está fallando. Recuerdo muy bien lo difícil que era encontrarte en el templo y a tu madre ofreciendo las más insólitas excusas al Pastor. Por eso me enamoré de ti. —continuó riéndose y miraba a los niños que también reían.—
Alcé mi cabeza, aceleré el paso como si me hubiera ofendido, pero en lo más íntimo recordaba lo maravillosamente rebelde que fui en mi adolescencia.
Doblamos la esquina y en la puerta del
templo estaba Ricardo hablando con el Pastor. Nos acercamos para saludar.
—Gracias Amelia, —dijo Ricardo apenas
nos vio— al verte el otro día recordé que no podía seguir sin mis amigos. Hablé
con el Pastor y entendí que esto es lo que hoy me toca vivir. Que en este
trabajo encontraré muchos desafíos que antes los dejaba pasar.
—Queridos amigos, —comenzó el Pastor
su sermón— Jesús nunca nos deja solos, somos nosotros los que solemos
alejarnos. En algunas oportunidades nos alejamos por estar enojados con nosotros
mismos, cerramos nuestras puertas y nos encerramos en un monólogo que solo
habla de lo malo. Hay cambios que duelen, como cuando perdemos amigos,
recordemos a Gigi y Kobe, y luego alguien nos ayuda a abrir la puerta que
cerramos. Esa es la luz al final del camino, es abrir la puerta sin saber que
habrá del otro lado, por ello es importante hacerlo con amigos, ellos nos ayudarán
a cruzar seguros a lo nuevo. Y lo nuevo traerá cosas nuevas que aprender y
cosas nuevas para vivir. A caso, ¿piensan que Jesús habría dejado subirse a la
cruz si no hubiera algo maravilloso después?. Esa cruz, donde fue puesto, es la
puerta que lo trajo para vivir junto con todos nosotros. Jesús siempre está
allí, donde lo necesitamos, por eso... Amen. —respondimos Amén, ¡gloria a Dios!
y cantamos—.
A todos se nos presentan cambios, cada
día, cada noche. Algunos nos hacen saltar de algarabía y otros nos causan mucho
dolor. Es así, es la vida que como humanos este universo nos ofrece. Los cambios
también se presentan en las sociedades; son como movimientos de la corteza
terrestre, que en su reacomodarse produce una onda que sobre la superficie se
traduce en un terremoto.
Recordemos la caía del Imperio Romano,
un suceso prolongado en el tiempo. Esos días fueron motivo de angustia e
inseguridad; todo temblaba, nada parecía estable. Les fue muy difícil resolver los
problemas a los que se enfrentaron aquellas sociedades. Finalmente, se abrió
una nueva puerta hacia una nueva civilización, la nuestra.
No todo es malo, aunque lo parezca. Los
cambios nos proponen aprender a vivir en nuevos entornos, donde los principios que
supimos sembrar y cosechar pueden ayudarnos, no solo a aprovechar cada cambio
como una oportunidad de resiliencia sino también a iluminar ese nuevo contexto.
En eso estriba lo que llamamos oportunidad.
No todo es malo, no temas, ¡abre
tus puertas!

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