domingo, 27 de julio de 2025

Otra Historia, ¡So Long?

 



Traer los recuerdos de Lello, de nuestra adolescencia, es volver a casa, a aquel living con algunos cuadros pintados con acuarela y otros con fotos de tiempos pasados, la gran ventana que lo iluminaba, el sillón de 3 cuerpos en el centro mirando hacia la ventana con una mesa ratona haciendo juego y otro de un cuerpo con su velador de pie al lado de la ventana.

 Lello sentado leyendo en el sillón individual con su luz siempre encendida del que se había adueñado desde aquel día que pudo treparlo, mientras nosotras vivíamos nuestra adolescencia desde el sillón grande pasando horas sentadas hablando de mil cosas o jugando a nuestros juegos adolescentes y cuando menos lo esperábamos Lello interrumpía con alguna ocurrencia.

No recuerdo ya los años que han pasado, ¿fueron 20?, algo así. Ya había olvidado ese olor tan particular y lo incómodo que era el sillón que creíamos tan cómodo. Pensábamos que no había nada igual más allá de la puerta. No puedo dejar de imaginar a Lello leyendo al lado de la ventana y de repente su voz:

—Sunthorn Phu nació en 1786 en la provincia de Chango Wat Rayong en Tailandia. ¿Estás escuchando Sheila? No encuentro como traducir el tailandés, ¿A quién se le ocurre comprar un libro que jamás podremos leer? Dile a tu novio que tiene olor a cigarrillo, lo siento desde aquí, me distrae.

Nunca le habló a Richard y al final tuvo razón, no valía la pena hablarle, sólo se escuchaba a sí mismo. Tardé en aceptarlo, al final lo eché. Pero era lindo. Creo que lo que más odió ese día que le abrí la puerta para que no volviera fue que no pudo ser el primero.

—Hace una semana que no viene el cigarrillo con la persona que lo sostiene. —Fueron las últimas palabras que Lello dijo de Richard, no las pude olvidar.

Lello, tenía razón, tuvimos que lavar el sillón para sacarle ese espantoso olor a cigarrillo. Todavía recuerdo su tono despectivo, cuanto me hacía reír y sufrir. Aunque deba ser así, despedir duele. Lello me enseñó a no dejarme traicionar.

Hoy imagino que toda nuestra vida transcurrió en ese sillón. Tal vez porque en la memoria sólo guardamos aquello que consideramos importante aunque no lo sea.

—¡Mamá! … ¡Mamá! … ¡Mamá! Están matando al sillón de angustia, —Gritaba Lello porque con …, ¿Cómo era su nombre? ah sí Lucio, con Lucio rotamos el sillón— sólo puede ver la pared, el sol ya no lo ilumina y me ocultaron la vida que allí ocurre.

En cuanto entró mamá, Lello la miró como buscando complicidad y luego me miró y no tuvo más ocurrencia que recitar un tango:

—“Quién sos, que no puedo salvarme, muñeca maldita, castigo de Dios … Ventarrón que destroza en su furia un ayer de ternuras, de hogar y de fe… Por vos se ha cambiado mí vida … “ ¿Entendiste o llamo a Discépolo?.

Ese día no volvió a mencionar el nombre de Lucio y supe que también había terminado su tiempo en el sillón. Esa tarde abrí la puerta para que la cruzara por última vez. El sillón volvió a mirar hacia la ventana.

No sé cómo podía tener tanta memoria. Ese tango, que poco después supe que se llamaba Secreto, lo habíamos escuchado con Lello en un podcast que puso esa mañana. Siempre escuchaba podcast por la mañana de 7 a 8 con el desayuno los Martes, Miércoles y Jueves.

Sólo en el desayuno se sentaba en el sillón grande, siempre creí que era porque podía apoyar la taza y el plato en la mesa ratona, aunque la razón era otra, lo supe una mañana que le dije:

—No soporto más ese podcast, por qué no vas a tu sillón, sólo estás aquí para usar esta mesa.

—No, no es así Sheila. Si quisiera desayunar en mí sillón pondría la mesita portátil, pero no estaría con vos, estaría solo.

Lello era un universo extraño de vivencias que hacían verte lo más importante, todo aquello que sólo valía conservar, abrazar y disfrutar.

Él nunca se sentaba en el sillón grande cuando estaban mis amigos. Tampoco permitía que ocuparan el suyo.  Nunca nos dijo por qué dejó a Luis sentarse en su sillón y leer sus libros. Como si conociera el futuro, como si viera dentro de nosotros todo aquello que nosotros no éramos capaces de ver. Finalmente, me casé con Luis. No tengo dudas que Lello lo eligió.

—Es él. No busques más, ahora puedes dejar el sillón y salir por la puerta acompañada. —Si me preguntan qué no podría olvidar, fue ese día. Estábamos con mamá, Lello y yo sentadas en el sillón, fue un miércoles, y Lello escuchaba su podcast. Le contaba a mamá sobre Luis y que me parecía que él era alguien distinto, entonces Lello silenció el podcast y sólo escuchó nuestra charla. Creo que sintió que dudaba demasiado y sólo lo dijo.

Él también tenía esos días que no sabía cómo vivirlos. No era fácil ayudarlo, se protegía de todo lo externo, porque desde afuera llegaba aquello que encendía su dolor.

—Hay personas que se van sin avisar. No está bien. Uno no puede sólo estar aquí sin saber si no vienen porque se cansaron de uno o que uno por su franqueza lo hizo enojar o quien se va abre y cierra la puerta para no volver y esa voz, que espero con tanta alegría, no vuelve a abrir la puerta. Si no los quisiera no notaría su ausencia, pero la noto … hoy tampoco escuché su voz llegando a la puerta. —Fue la primera vez que vi correr lágrimas por el rostro de Lello. Martha, nuestra abuela, tenía una conexión especial con nosotros y especialmente Lello con ella. Fue cuando falleció. Lello no dijo nada por dos semanas, tampoco escuchó podcasts. El dolor en él se mostraba de una forma particular; por un tiempo se ausentaba, estaba allí y no estaba.

Los primeros días disfruté de ese silencio, dije —por fin. —Luego me odié por mí satisfacción. Me faltaba su voz y comencé a percibir la profundidad de su dolor.

—¿Esperas que diga algo Sheila? ¿Por qué? el sillón grande está lleno de lágrimas y silencio y en el mío no hay voces … ¿Qué palabras calmarán el dolor?

 Aprendí con él a escuchar el dolor en el otro y lo difícil que es superarlo solo. Tan difícil como lo es para mí hoy.

Verlo allí, recostado en ese cajón de madera y no en su sillón me recordó que se acabaron para siempre esas sorpresivas intervenciones. Tantas veces las odié … las amé … y ahora sólo espero escucharlas nuevamente. No quiero estás lágrimas, lo quiero a él en su sillón …

—¡Sheila!, “¡So long!. Remember my words  -I may again return, I love you- I depart from materials; I am as one disembodied, triumphant, dead.”  Walt Whitman … Walt … Whit … Man. ¿Entendiste Sheila? … No lo olvides … 


#Paulus – Pablo A Bevilacqua

Julio de 2025

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