—¿Quién es Emma? —Pregunta el Sr. Red a la Sra. Bianca. Como
si la Sra. Bianca no se diera cuenta de la fascinación del Sr. Red por acumular
cosas nuevas.—La hija menor de la familia Hernández, los que se mudaron a la residencia que vendieron los Chiskey en el norte del club. —Le responde la Sra. Bianca al Sr. Red mientras gira su cabeza a ambos lados tratando de distinguir a los nuevos vecinos.
La mirada de ambos como la de los demás siguen a la joven Emma, de recientes 18 años cumplidos y realmente hermosa, imposible de no ser encantado por ella. La fiesta se desarrolla en los jardines del Club House, donde Emma y su familia se presentan a la comunidad en un ambiente distendido (a veces fingido). El jardín está dominado por una variada gama de verdes e iluminado con canteros florales sobre los que destacan los blancos y rojos, con sus intensos aromas de primavera; perfectamente mantenido (el jardín y los secretos).
La ocasión le permitió elegir su vestido blanco, ese que el sol trasluce, de modo que cada rasgo de su cuerpo puede ser imaginado en su detalle más íntimo. La elección no fue un error, tal vez si una imprudencia reprochable para esta ocasión y sancionada por sus padres y hermanas. Es un lugar selecto donde nada ni nadie se desconoce. Vidas libres y privadas, esclavas de sus deseos y de sus secretos guardados. Ambiente al que Emma gusta confrontar y ciertamente lo disfruta.
Muy joven para comprender los alcances de sus juegos sociales, aunque experta en algunos de ellos, al menos aquellos que alteran a su familia. Los meses pasan y los eventos del Club House se suceden donde los ojos de los presentes siguen los movimientos de Emma mientras simulan participar de las charlas insustanciales del club. Emma busca esas miradas aunque le intrigan aquellas que distingue de los hombres que prefieren otros intereses y de las mujeres que ocultan su estremecimiento por ella. No hay mente que no la haya memorizado, que no la haya deseado u odiado.
Cuando llega la noche y es propicia la hora para los encuentros que dan comienzo a los juegos íntimos entre amantes, el rito es abatido por otros pensamientos. Ellos, que pretenden ser los dueños del clímax, en el momento preciso del éxtasis el rostro de la mujer que comparte el lecho se transforma en el rostro de Emma. Ellas ven los ojos de sus amantes tornar lejos de ellas e imaginan la traición de aquella jovencita que como un mal espejo resalta de sus cuerpos todo lo que ellas imaginan les roba la belleza. El placer se escapa, el clímax se pierde.
En varias oportunidades fue abordada por algún hombre o alguna mujer y Emma conserva la distancia porque intuye que en cuanto alguno alcanzara satisfacer sus deseos quedaría expuesta ante todos. Los secretos en este mundo no existen, los amantes secretos jamás son secretos. También duda, que aunque cada parte de su cuerpo se enlaza con mayor perfección que el de Afrodita, pueda dar respuesta a las pasiones y el clímax imaginados por esos pretendientes fantasmas en la misma medida de su perfección corporal. Emma no tiene interés en compartir su cuerpo, tal vez por miedos, tal vez por rituales, al menos con esos extraños de juventudes perdidas.
Nada impide a Emma pasear, charlar y reír. Todo es guardado en las páginas de un diario, su diario secreto. Un libro del que ella dice "contiene aquello que pude observar, enriquecido al imaginar la avaricia de acumular conquistas de una breve duración, la ira que emerge al traslucir todo aquello que se desea ocultar y la gula por devorar hasta el último placer". Emma compone una cápsula del tiempo que recuerda al reloj que en su carrera infinita es la condena que Afrodita impone: una joven nueva, un espejo nuevo.
—¿Quién es esa anciana? —Le pregunta el joven White a la joven Hernández, quien es seguida por todas las miradas en el jardín del Club House, embellecido por la primavera.
—Es Emma, mi abuela. —se aleja del joven White y corre hacia Emma, la toma del brazo—. Abu, ¿Hay más historias en tu diario?
—Mi querida Emita, muchas, algunas felices y otras no tanto. Ven, caminemos juntas y disfrutemos ambas del jardín que ya habrá otro momento para capturar miradas y seguir escribiendo porque el placer sin amor es su sombra.
#Paulus - Pablo A Bevilacqua
Agosto 2025
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