sábado, 17 de octubre de 2026

Uno y el dolor

 Serie Taller L  (Secuela de La Padeciente)


“Un cuento sin tragedias es un cuento sin público”, con esta frase el Doctor Sigmund describe su teoría sobre los cuentos y la realidad, como dos partes que se vinculan en la mente humana. Su trabajo inició con Rafael, quien lo acompañó hasta el día de su desaparición. Entrando a los ojos de Rafael pudo observar la realidad desde el otro lado. Desde aquí, tres personajes te invitarán a entrar en sus ojos.

Laura, 22 años, y él, 30 años, comparten un departamento en un tercer piso. Ella, una chica alegre e ingenua, se enamoró de él. Sergio, 24 años, conocido como el gordo, es el arquero del equipo rival. Su misión es salvar a su equipo, evitar la humillación en las redes. Cursa la facultad con Laura, pero ella jamás lo vio. Sergio es como un ser invisible.

Los jueves por la noche, él organiza los partidos de fútbol que jugarán en las canchas de futsal en Haedo el sábado por la tarde. Todo por el sabor de proyectarse victorioso en las redes con un montaje artificial de imágenes y bardear a los derrotados. Reels teñidos con humor y empatía, con miles de seguidores.

Laura, aunque lo niegue, quiere darle a él todo lo que ella cree que su mamá le negó a su papá. Las tareas del hogar las siente como su obligación, tener la cena lista cuando él decide cenar.

Suena el celular de Laura, él revisa quién llama: “Laura, tu vieja, que no venga a joder acá”. Laura atiende: “Hola, mamá. Sí, ¿qué querés?... Todo bien… No, mamá, no puedo, sabés que no le gusta que llegue tarde, tengo que hacerle la cena… No, no soy una esclava… Terminá, mamá… No, el sábado no puedo, él quiere que lo filme en la cancha... Siempre lo criticás; por eso te odia. No te das cuenta de que sos vos… Bueno, cortala, si voy a Haedo el sábado te aviso”. Corta.

Es sábado por la tarde. Los tres están en la cancha. Él: el delantero dispuesto a perforar el arco del gordo; Sergio: concentrado en una misión imposible; Laura: fiel al juego que intenta jugar (obedece y filmará con el celular de él las imágenes que a él lo muestren victorioso).

En la cancha la amabilidad es solo para la pelota. El partido inicia, la pelota se disputa de arco a arco. El gordo defiende el suyo con cada gramo de su grasa. La pelota se va hacia el otro arco. El gordo abre un paquete de galletitas con chispas de chocolate que dejó al lado del arco, la pelota está lejos.

Laura apunta la lente hacia el gordo. Él patea al arco mientras piensa: “Gordo goloso, el gol es mío”, e imagina el reel del gol que subirá.

Un grito cruza la cancha: “¡Gordo, el arco!” El gordo se incorpora; la pelota pega en su cabeza y se desvía al córner. La galletita con chispas de chocolate cae a los pies de él, que le grita “Maldita suerte, gordo”.

Con su pie aplasta la galletita y corre hacia Laura. Le arranca el celular de la mano y ve lo que grabó. Solo ve al gordo. Le recrimina a Laura: “No me filmaste”. Ella no soporta el juego. “Pendejos, con pendejadas”, dice en voz baja y se aleja de las canchas hacia la estación de Haedo. “¿A dónde vas?”, le grita de nuevo.

El gordo reconoce a su compañera de facultad, la sigue con su mirada. “¿Qué mirás, gordo? Nunca una mina así te va a dar bola. ¡No existís!” Él agarra la pelota y patea el córner.

Laura llega tarde al departamento. Está en silencio con las luces apagadas. La luz exterior ilumina una silueta parada en el balcón. “¿Sos vos?”, la silueta no responde ni se mueve. Retrocede unos pasos y tropieza con el sillón, cae al suelo. Está aterrada, grita: “¿Sos vos?” La silueta desaparece. Siente como si su corazón se paralizara, no puede respirar. La puerta se abre y la luz se enciende. “No vuelvas a hacer eso”, le dice él pasando a su lado sin ayudarla.

El gordo obtuvo una victoria inesperada: el apodo. Ya no es “el gordo”: desde hoy es “Galletita”. Por fin ganó algo: el Nobel al Meme, una galletita con chispas de chocolate con su rostro en el arco.

La semana siguiente, Galletita recibe todos los días en su casa diez cajas de paquetes de galletitas con chispas de chocolate con su cara impresa en los paquetes. Laura tampoco lo reconoce en la facultad. No vuelve a jugar.

El tiempo transcurre y la rutina no cambia, salvo por el nuevo vecino: “Se mudó a planta baja un chico. ¿Lo invito a la fiesta de hoy?”, dice Laura. Él, sin dejar de mirar su celular, le responde: “Ya te dije que yo me encargo de la gente, vos ocupate de que todo esté listo. Se muda un boludito y ya te lo querés transar”.

Laura sigue jugando a ser grande.

La fiesta es un éxito. Ya se fueron todos y él edita los videos para transformarlos en historias, solo falta el texto para el reel: “Divertida, explosiva y…”. No encuentra un tercer adjetivo, y eso lo atormenta. Lo publica así. Una y otra vez repasa su reel y cuenta el amor que le depara el planeta, likes como besos.

“Debería mudarme”, piensa, “a un departamento más grande”. Más invitados, más likes, más amigos. “Laura, deberíamos mudarnos”, grita buscándola entre los objetos desparramados sobre el piso del departamento.

Él sigue inmerso en la pantalla del celular. Los likes no llegan: “¡La puta! Esos tres puntos… y vos, Laura, no me ayudás. ¡El reel es una mierda!” La busca: “¡Laura! ¿Dónde estás?”

Laura sale del baño desnuda y lo ve con el celular en alto. “¡La puta, está haciendo un vivo!”, cree. Se esconde detrás del sillón y se pone una remera que recoge de las cosas tiradas. Acurrucada imagina los miles de emoticones y comentarios que juzgarán sus imperfecciones. Se siente atrapada, quiere abrir la puerta y escapar, pero no sabe a dónde ir.

Él sigue caminando por el departamento esperando los likes. Sus pies entran al balcón, él tropieza y el celular cae… mira hacia abajo estirando su mano libre para alcanzar eso que se fue, con la otra se sujeta de la baranda. Su cuerpo cuelga mientras su mente cae.

El celular golpea la cabeza del vecino de planta baja y rebota terminando contra un córner del patio interno. Un grito desde el tercer piso: “Flaco, disculpá, ¿se rompió? Fijate si grabó la historia, ¡publicala!”

El flaco aún siente el dolor del golpe. “Pelotudo de mierda, ¿qué historia? Me rompiste la cabeza”. Se incorpora y mira hacia arriba.

El pelotudo cuelga del balcón del tercer piso anclado a la baranda con su mano izquierda.

“¡Galletita!”, grita el pelotudo.

“¿Sos vos?”, grita Galletita reconociendo al pelotudo que lo bautizó: el autor del meme premiado.

Galletita, aquel gordo hoy flaco, es vecino de su verdugo. Levanta el celular, lo mira y con todas sus fuerzas lo tira hacia el tercer piso.

El pelotudo ve pasar su celular delante de su rostro y aún está grabando la historia. Estira su mano para atraparlo y presionar publicar. Lo logra soltando su mano de la baranda. La historia subió y el pelotudo cayó al lado de Galletita.

Laura se asoma al balcón, mira hacia abajo. La escena se resume en su grito que cruza hacia el vacío. Aterrada.

Galletita vuelve su mirada hacia arriba: la chica… Ella lo reconoce y recuerda que solo oculta sus imperfecciones con una remera. Da un paso atrás, se oculta. Inmóvil, se llena de miedos.

Galletita siente placeres extraños: venganza, piedad y sexo. Se culpa.

Laura corre hacia planta baja, llega al patio interno y se inclina sobre el pelotudo tendido sobre el suelo. Aún respira. Galletita llama al SAME. Vuelve su mirada hacia ellos para descubrir lo que Laura no pudo ocultar en el balcón. Galletita no puede escapar a esos placeres confusos: sexo, venganza… y ¿piedad?

Laura no deja de llorar y temblar. Galletita la cubre con su campera. Otra vez atrapada: si tira la campera, ¿con qué ocultará su desnudez? La confusión la desgarra. Llega la ambulancia. Finalmente corre hacia el departamento.

Huesos rotos y un celular destruido. Eso llegó al hospital. El cuerpo sana, el celular se reemplaza. “Laura, ¿dónde está mi celular?”, grita el pelotudo gimiendo de dolor en un cuarto descolorido lleno de equipos cuyos acordes le recuerdan que sigue vivo. Ella se lo alcanza. Otra vez atrapada.

“Escuché la voz de la trola de tu vieja, ¿vino para disfrutar del panorama?” Él le muestra su cuerpo vendado. Laura no puede irse, la culpa se lo impide: por ocultar su desnudez lo dejó caer.

Laura sale del cuarto hacia la sala de espera. Se encuentra con su mamá. “Sabés que no quiere que vengas”, le dice Laura. Su mamá trata de tomarle la mano y Laura le dice: “Dejame”. Sigue su camino.

Galletita la encuentra en la sala de espera, se sonroja, prefiere ocultarse. Ella lo llama y le devuelve la campera. Galletita se acerca, le acomoda la campera sobre los hombros y le responde: “Aquí hace frío. Te la presto un día más”. Ella sonríe.

La puerta del cuarto se abre. “Hola, Doctor. ¿Qué hace por aquí?”, dice él y deja su celular sobre la almohada. El Doctor camina hacia él, revisa sus ojos y se sienta a su lado. “No llamaste y ¡qué sorpresa! Ya hablé con los doctores. Vas a estar bien”.

Él sonríe. “¿Y mamá? No trajiste la pipa”.

Le responde Sigmund: “Emilia te extraña. En cuanto puedas moverte volvemos a casa. Haedo es un lugar muy lindo, pero…”. Él levanta su celular y le responde mirando la pantalla: “No sé, desde que el tío Rafael falleció no es lo mismo. Aquí hay un mundo”. El Doctor se levanta y apoya su mano sobre el hombro de él: “El mismo que podés tener desde casa. Allí también tendrás tu mundo virtual y te podemos cuidar”.

Él sigue mirando su celular: “¿Y las fiestas?”. El Doctor le responde: “Eso se puede arreglar. ¿Quién es la chica?”. Deja el celular y lo mira: “Laura. Necesito un lugar grande para las fiestas”. El Doctor le señala que lo mire a sus ojos: “¿Está todo bien?”. Él hace un silencio unos instantes y mira hacia la puerta: “Con ella sí, su madre me la quiere robar”.

El Doctor le toma el rostro y lo hace girar hacia él: “Yo creo que no podés tener a una sin la otra. Es un lazo de conveniencia. Te ayudaría regresar. La casa es grande y tu tío te la dejó”. “Puede ser”, le responde él.

El Doctor le vuelve a preguntar: “¿Estás bien?”. Él esta vez es elusivo: “Sí, algo”. Sigmund se vuelve a sentar: “Respuestas cortas. ¿Duele?”. Él le responde casi encima de su pregunta, como si ya conociera la rutina: “Sí. ¿Y si la dejo ir?”

Entra Laura: “Hola. ¿Quién es?”, le pregunta a él. Le responde con una sonrisa: “Ella es Laura. El Doctor Sigmund, un amigo de mi familia”.

El Doctor se para: “Un placer, Laura. Los dejo, ya me estoy yendo. Pronto nos volvemos a ver”. Sale.

Laura, algo enojada: “Nunca me hablaste de tu familia”. Él le responde con un tono de naturalidad: “¿Para qué? Vos tenés la tuya y yo te tengo a vos”. Vuelve a concentrarse en el celular.

Laura sale y sigue al Doctor Sigmund: “¡Doctor! ¡Sigm…!”

“¿Sí, Laura?”, le responde con una voz paternal.

Laura, algo agotada por correrlo, le pregunta: “¿Se va a curar?”

“Hay lesiones que sanan y otras que no. Creo que me preguntás por las que sanan. Va a estar muy bien”. El Doctor sonríe, ella siente alivio. El Doctor apoya su mano sobre el brazo de Laura con afecto: “Sos igual a ella. Dale mis saludos a tu mamá”. El Doctor Sigmund se va y desaparece entre la gente de la sala de espera.

Son las doce de la noche. Las enfermeras están encerradas en la enfermería. Él está dormido con el celular en la mano. Entra alguien. El ruido de la puerta lo despierta y entreabre los ojos, apenas ve una silueta. Se cierra la puerta. “Hola querido, parece que encontraste el lugar que te mereces”. Él trata de distinguir quién es, sospecha por la voz: “Laura es mía”. La respuesta es un susurro: “No vine a discutir tus propiedades, solo a negociar el precio del dolor”. Apoya su mano sobre la pierna fracturada. El intenso dolor lo desmaya.

Por la mañana cuenta a las enfermeras el sueño que tuvo. Sospecha algo. Todos suponen que delira por los calmantes. Insiste ante la enfermera: “No es un delirio, sé muy bien lo que es un delirio”. La enfermera se va y él se queda solo con Laura. Escucha una voz en el pasillo, la reconoce y le pregunta a Laura: “¿Qué hace Galletita otra vez acá?” La pregunta solo obtiene el silencio de Laura. Ella abre la puerta y sale del cuarto: ya sabe a dónde ir.

En la sala de espera están Galletita y la mamá de Laura. Ella se sorprende al verlos charlando como si se conocieran de siempre. “Hola, Laura. Qué muchacho tan agradable. Me contó que te ayudó durante el accidente. Me cae bien este muchacho”. Laura sonríe.

“Vamos a tomar un café”, le dice su mamá. Laura se vuelve hacia Galletita y le pregunta: “¿Venís mañana?” Galletita sonríe. Laura vuelve con su mamá: “Mamá, ¿podemos hablar?”. Su mamá solo la abraza. Las dos caminan juntas hacia el bar del hospital en busca de las charlas perdidas. Cuando se están despidiendo, Laura recuerda y le da los saludos del Doctor Sigmund. Su mamá queda petrificada: “¿Está aquí?”. Laura le responde: “No sé, es un amigo de su familia”.

La mamá la saluda y se va. Murmura para sí: “¿Qué mierda?, ¡No puede ser!”.

Los días pasan y Laura trata de devolverle a Galletita la campera y Galletita se la vuelve a acomodar sobre los hombros. Las charlas en la sala de espera continúan.

Otro amanecer llega. El pelotudo se despierta sufriendo la somnolencia de los analgésicos. Estira la mano buscando el celular: “Laura, ¿dónde está mi celular?” No hay respuesta.

Escucha jadeos en el baño de su cuarto. El jadeo termina con un gemido que alguna vez escuchó. Sigue buscando el celular. “Laura, ¿dónde está mi celular?”, vuelve a preguntar sin obtener respuesta. Se abre la puerta del baño: sale Laura, detrás Galletita… ahora Sergio.

Laura y Sergio lo observan jugando con el celular, pero él no ve más que a Galletita, quien le robó la victoria. “Galletita, ¿vos también venís a buscar mi celular?”, le dice tratando de subir la historia. No lo logra. Sergio lo mira y le sonríe: “No. A ella”.

Sin sacar la mirada de Galletita, le devuelve la sonrisa y le dice: “¿Un lazo de conveniencia?”, le ofrece una galletita con chispas de chocolate: “¿Galletita?” y se la come.

Sergio pone su campera sobre los hombros de Laura. “¿Vuelvo mañana?”, le pregunta. Ella no responde; solo lo mira a los ojos y vuelve a la imagen del balcón: siente que entra en los ojos del pelotudo, tropieza y cae con sus historias al vacío. Entonces, mira hacia abajo con sus propios ojos y encuentra los ojos de Sergio.


Paulus – Octubre 2026

nobloyan@gmail.com

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por compartir tu opinión