“Un
cuento sin tragedias es un cuento sin público”, con esta frase el Doctor
Sigmund describe su teoría sobre los cuentos y la realidad, como dos partes que
se vinculan en la mente humana. Su trabajo inició con Rafael, quien lo acompañó
hasta el día de su desaparición. Entrando a los ojos de Rafael pudo observar la
realidad desde el otro lado. Desde aquí, tres personajes te invitarán a entrar
en sus ojos.
Laura,
22 años, y él, 30 años, comparten un departamento en un tercer piso. Ella, una
chica alegre e ingenua, se enamoró de él. Sergio, 24 años, conocido como el
gordo, es el arquero del equipo rival. Su misión es salvar a su equipo, evitar
la humillación en las redes. Cursa la facultad con Laura, pero ella jamás lo
vio. Sergio es como un ser invisible.
Los
jueves por la noche, él organiza los partidos de fútbol que jugarán en las
canchas de futsal en Haedo el sábado por la tarde. Todo por el sabor de
proyectarse victorioso en las redes con un montaje artificial de imágenes y
bardear a los derrotados. Reels teñidos con humor y empatía, con miles de
seguidores.
Laura,
aunque lo niegue, quiere darle a él todo lo que ella cree que su mamá le negó a
su papá. Las tareas del hogar las siente como su obligación, tener la cena
lista cuando él decide cenar.
Suena
el celular de Laura, él revisa quién llama: “Laura, tu vieja, que no venga a
joder acá”. Laura atiende: “Hola, mamá. Sí, ¿qué querés?... Todo bien… No, mamá,
no puedo, sabés que no le gusta que llegue tarde, tengo que hacerle la cena… No,
no soy una esclava… Terminá, mamá… No, el sábado no puedo, él quiere que lo
filme en la cancha... Siempre lo criticás; por eso te odia. No te das cuenta de
que sos vos… Bueno, cortala, si voy a Haedo el sábado te aviso”. Corta.
Es
sábado por la tarde. Los tres están en la cancha. Él: el delantero dispuesto a
perforar el arco del gordo; Sergio: concentrado en una misión imposible; Laura:
fiel al juego que intenta jugar (obedece y filmará con el celular de él las
imágenes que a él lo muestren victorioso).
En
la cancha la amabilidad es solo para la pelota. El partido inicia, la pelota se
disputa de arco a arco. El gordo defiende el suyo con cada gramo de su grasa.
La pelota se va hacia el otro arco. El gordo abre un paquete de galletitas con
chispas de chocolate que dejó al lado del arco, la pelota está lejos.
Laura
apunta la lente hacia el gordo. Él patea al arco mientras piensa: “Gordo
goloso, el gol es mío”, e imagina el reel del gol que subirá.
Un
grito cruza la cancha: “¡Gordo, el arco!” El gordo se incorpora; la pelota pega
en su cabeza y se desvía al córner. La galletita con chispas de chocolate cae a
los pies de él, que le grita “Maldita suerte, gordo”.
Con
su pie aplasta la galletita y corre hacia Laura. Le arranca el celular de la
mano y ve lo que grabó. Solo ve al gordo. Le recrimina a Laura: “No me filmaste”.
Ella no soporta el juego. “Pendejos, con pendejadas”, dice en voz baja y se
aleja de las canchas hacia la estación de Haedo. “¿A dónde vas?”, le grita de
nuevo.
El gordo
reconoce a su compañera de facultad, la sigue con su mirada. “¿Qué mirás, gordo?
Nunca una mina así te va a dar bola. ¡No existís!” Él agarra la pelota y patea
el córner.
Laura
llega tarde al departamento. Está en silencio con las luces apagadas. La luz
exterior ilumina una silueta parada en el balcón. “¿Sos vos?”, la silueta no
responde ni se mueve. Retrocede unos pasos y tropieza con el sillón, cae al
suelo. Está aterrada, grita: “¿Sos vos?” La silueta desaparece. Siente como si
su corazón se paralizara, no puede respirar. La puerta se abre y la luz se
enciende. “No vuelvas a hacer eso”, le dice él pasando a su lado sin ayudarla.
El
gordo obtuvo una victoria inesperada: el apodo. Ya no es “el gordo”: desde hoy
es “Galletita”. Por fin ganó algo: el Nobel al Meme, una galletita con chispas
de chocolate con su rostro en el arco.
La
semana siguiente, Galletita recibe todos los días en su casa diez cajas de
paquetes de galletitas con chispas de chocolate con su cara impresa en los
paquetes. Laura tampoco lo reconoce en la facultad. No vuelve a jugar.
El
tiempo transcurre y la rutina no cambia, salvo por el nuevo vecino: “Se mudó a planta
baja un chico. ¿Lo invito a la fiesta de hoy?”, dice Laura. Él, sin dejar de
mirar su celular, le responde: “Ya te dije que yo me encargo de la gente, vos
ocupate de que todo esté listo. Se muda un boludito y ya te lo querés transar”.
Laura
sigue jugando a ser grande.
La fiesta
es un éxito. Ya se fueron todos y él edita los videos para transformarlos en
historias, solo falta el texto para el reel: “Divertida, explosiva y…”. No encuentra
un tercer adjetivo, y eso lo atormenta. Lo publica así. Una y otra vez repasa
su reel y cuenta el amor que le depara el planeta, likes como besos.
“Debería
mudarme”, piensa, “a un departamento más grande”. Más invitados, más likes, más
amigos. “Laura, deberíamos mudarnos”, grita buscándola entre los objetos desparramados
sobre el piso del departamento.
Él
sigue inmerso en la pantalla del celular. Los likes no llegan: “¡La puta! Esos
tres puntos… y vos, Laura, no me ayudás. ¡El reel es una mierda!” La busca: “¡Laura!
¿Dónde estás?”
Laura
sale del baño desnuda y lo ve con el celular en alto. “¡La puta, está haciendo
un vivo!”, cree. Se esconde detrás del sillón y se pone una remera que recoge
de las cosas tiradas. Acurrucada imagina los miles de emoticones y comentarios
que juzgarán sus imperfecciones. Se siente atrapada, quiere abrir la puerta y escapar,
pero no sabe a dónde ir.
Él
sigue caminando por el departamento esperando los likes. Sus pies entran al
balcón, él tropieza y el celular cae… mira hacia abajo estirando su mano libre
para alcanzar eso que se fue, con la otra se sujeta de la baranda. Su cuerpo
cuelga mientras su mente cae.
El
celular golpea la cabeza del vecino de planta baja y rebota terminando contra
un córner del patio interno. Un grito desde el tercer piso: “Flaco, disculpá,
¿se rompió? Fijate si grabó la historia, ¡publicala!”
El
flaco aún siente el dolor del golpe. “Pelotudo de mierda, ¿qué historia? Me
rompiste la cabeza”. Se incorpora y mira hacia arriba.
El pelotudo
cuelga del balcón del tercer piso anclado a la baranda con su mano izquierda.
“¡Galletita!”,
grita el pelotudo.
“¿Sos
vos?”, grita Galletita reconociendo al pelotudo que lo bautizó: el autor del
meme premiado.
Galletita,
aquel gordo hoy flaco, es vecino de su verdugo. Levanta el celular, lo mira y
con todas sus fuerzas lo tira hacia el tercer piso.
El pelotudo
ve pasar su celular delante de su rostro y aún está grabando la historia.
Estira su mano para atraparlo y presionar publicar. Lo logra soltando su mano
de la baranda. La historia subió y el pelotudo cayó al lado de Galletita.
Laura
se asoma al balcón, mira hacia abajo. La escena se resume en su grito que cruza
hacia el vacío. Aterrada.
Galletita
vuelve su mirada hacia arriba: la chica… Ella lo reconoce y recuerda que solo
oculta sus imperfecciones con una remera. Da un paso atrás, se oculta. Inmóvil,
se llena de miedos.
Galletita
siente placeres extraños: venganza, piedad y sexo. Se culpa.
Laura
corre hacia planta baja, llega al patio interno y se inclina sobre el pelotudo
tendido sobre el suelo. Aún respira. Galletita llama al SAME. Vuelve su mirada
hacia ellos para descubrir lo que Laura no pudo ocultar en el balcón. Galletita
no puede escapar a esos placeres confusos: sexo, venganza… y ¿piedad?
Laura
no deja de llorar y temblar. Galletita la cubre con su campera. Otra vez
atrapada: si tira la campera, ¿con qué ocultará su desnudez? La confusión la
desgarra. Llega la ambulancia. Finalmente corre hacia el departamento.
Huesos
rotos y un celular destruido. Eso llegó al hospital. El cuerpo sana, el celular
se reemplaza. “Laura, ¿dónde está mi celular?”, grita el pelotudo gimiendo de
dolor en un cuarto descolorido lleno de equipos cuyos acordes le recuerdan que
sigue vivo. Ella se lo alcanza. Otra vez atrapada.
“Escuché
la voz de la trola de tu vieja, ¿vino para disfrutar del panorama?” Él le
muestra su cuerpo vendado. Laura no puede irse, la culpa se lo impide: por
ocultar su desnudez lo dejó caer.
Laura
sale del cuarto hacia la sala de espera. Se encuentra con su mamá. “Sabés que
no quiere que vengas”, le dice Laura. Su mamá trata de tomarle la mano y Laura
le dice: “Dejame”. Sigue su camino.
Galletita
la encuentra en la sala de espera, se sonroja, prefiere ocultarse. Ella lo
llama y le devuelve la campera. Galletita se acerca, le acomoda la campera
sobre los hombros y le responde: “Aquí hace frío. Te la presto un día más”. Ella
sonríe.
La
puerta del cuarto se abre. “Hola, Doctor. ¿Qué hace por aquí?”, dice él y deja
su celular sobre la almohada. El Doctor camina hacia él, revisa sus ojos y se
sienta a su lado. “No llamaste y ¡qué sorpresa! Ya hablé con los doctores. Vas
a estar bien”.
Él
sonríe. “¿Y mamá? No trajiste la pipa”.
Le
responde Sigmund: “Emilia te extraña. En cuanto puedas moverte volvemos a casa.
Haedo es un lugar muy lindo, pero…”. Él levanta su celular y le responde
mirando la pantalla: “No sé, desde que el tío Rafael falleció no es lo mismo.
Aquí hay un mundo”. El Doctor se levanta y apoya su mano sobre el hombro de él:
“El mismo que podés tener desde casa. Allí también tendrás tu mundo virtual y
te podemos cuidar”.
Él sigue
mirando su celular: “¿Y las fiestas?”. El Doctor le responde: “Eso se puede
arreglar. ¿Quién es la chica?”. Deja el celular y lo mira: “Laura. Necesito un
lugar grande para las fiestas”. El Doctor le señala que lo mire a sus ojos:
“¿Está todo bien?”. Él hace un silencio unos instantes y mira hacia la puerta: “Con
ella sí, su madre me la quiere robar”.
El
Doctor le toma el rostro y lo hace girar hacia él: “Yo creo que no podés tener
a una sin la otra. Es un lazo de conveniencia. Te ayudaría regresar. La casa es
grande y tu tío te la dejó”. “Puede ser”, le responde él.
El
Doctor le vuelve a preguntar: “¿Estás bien?”. Él esta vez es elusivo: “Sí, algo”.
Sigmund se vuelve a sentar: “Respuestas cortas. ¿Duele?”. Él le responde casi encima
de su pregunta, como si ya conociera la rutina: “Sí. ¿Y si la dejo ir?”
Entra
Laura: “Hola. ¿Quién es?”, le pregunta a él. Le responde con una sonrisa: “Ella
es Laura. El Doctor Sigmund, un amigo de mi familia”.
El
Doctor se para: “Un placer, Laura. Los dejo, ya me estoy yendo. Pronto nos
volvemos a ver”. Sale.
Laura,
algo enojada: “Nunca me hablaste de tu familia”. Él le responde con un tono de
naturalidad: “¿Para qué? Vos tenés la tuya y yo te tengo a vos”. Vuelve a concentrarse
en el celular.
Laura
sale y sigue al Doctor Sigmund: “¡Doctor! ¡Sigm…!”
“¿Sí,
Laura?”, le responde con una voz paternal.
Laura,
algo agotada por correrlo, le pregunta: “¿Se va a curar?”
“Hay
lesiones que sanan y otras que no. Creo que me preguntás por las que sanan. Va
a estar muy bien”. El Doctor sonríe, ella siente alivio. El Doctor apoya su
mano sobre el brazo de Laura con afecto: “Sos igual a ella. Dale mis saludos a
tu mamá”. El Doctor Sigmund se va y desaparece entre la gente de la sala de
espera.
Son
las doce de la noche. Las enfermeras están encerradas en la enfermería. Él está
dormido con el celular en la mano. Entra alguien. El ruido de la puerta lo
despierta y entreabre los ojos, apenas ve una silueta. Se cierra la puerta.
“Hola querido, parece que encontraste el lugar que te mereces”. Él trata de
distinguir quién es, sospecha por la voz: “Laura es mía”. La respuesta es un
susurro: “No vine a discutir tus propiedades, solo a negociar el precio del
dolor”. Apoya su mano sobre la pierna fracturada. El intenso dolor lo desmaya.
Por
la mañana cuenta a las enfermeras el sueño que tuvo. Sospecha algo. Todos
suponen que delira por los calmantes. Insiste ante la enfermera: “No es un delirio,
sé muy bien lo que es un delirio”. La enfermera se va y él se queda solo con
Laura. Escucha una voz en el pasillo, la reconoce y le pregunta a Laura: “¿Qué
hace Galletita otra vez acá?” La pregunta solo obtiene el silencio de Laura. Ella
abre la puerta y sale del cuarto: ya sabe a dónde ir.
En
la sala de espera están Galletita y la mamá de Laura. Ella se sorprende al verlos
charlando como si se conocieran de siempre. “Hola, Laura. Qué muchacho tan
agradable. Me contó que te ayudó durante el accidente. Me cae bien este
muchacho”. Laura sonríe.
“Vamos
a tomar un café”, le dice su mamá. Laura se vuelve hacia Galletita y le
pregunta: “¿Venís mañana?” Galletita sonríe. Laura vuelve con su mamá: “Mamá, ¿podemos
hablar?”. Su mamá solo la abraza. Las dos caminan juntas hacia el bar del hospital
en busca de las charlas perdidas. Cuando se están despidiendo, Laura recuerda y
le da los saludos del Doctor Sigmund. Su mamá queda petrificada: “¿Está aquí?”.
Laura le responde: “No sé, es un amigo de su familia”.
La
mamá la saluda y se va. Murmura para sí: “¿Qué mierda?, ¡No puede ser!”.
Los
días pasan y Laura trata de devolverle a Galletita la campera y Galletita se la
vuelve a acomodar sobre los hombros. Las charlas en la sala de espera continúan.
Otro
amanecer llega. El pelotudo se despierta sufriendo la somnolencia de los
analgésicos. Estira la mano buscando el celular: “Laura, ¿dónde está mi celular?”
No hay respuesta.
Escucha
jadeos en el baño de su cuarto. El jadeo termina con un gemido que alguna vez
escuchó. Sigue buscando el celular. “Laura, ¿dónde está mi celular?”, vuelve a
preguntar sin obtener respuesta. Se abre la puerta del baño: sale Laura, detrás
Galletita… ahora Sergio.
Laura
y Sergio lo observan jugando con el celular, pero él no ve más que a Galletita,
quien le robó la victoria. “Galletita, ¿vos también venís a buscar mi celular?”,
le dice tratando de subir la historia. No lo logra. Sergio lo mira y le sonríe:
“No. A ella”.
Sin
sacar la mirada de Galletita, le devuelve la sonrisa y le dice: “¿Un lazo de
conveniencia?”, le ofrece una galletita con chispas de chocolate: “¿Galletita?”
y se la come.
Sergio
pone su campera sobre los hombros de Laura. “¿Vuelvo mañana?”, le pregunta. Ella
no responde; solo lo mira a los ojos y vuelve a la imagen del balcón: siente
que entra en los ojos del pelotudo, tropieza y cae con sus historias al vacío. Entonces,
mira hacia abajo con sus propios ojos y encuentra los ojos de Sergio.
Paulus – Octubre 2026

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