sábado, 9 de mayo de 2026

El uniforme de gala


—!Está muerto! —Un soldado tunecino del ejército otomano parado al lado de un jinete británico y su caballo gritó alzando su brazo.

—¿Quién está muerto? —Pregunta un Dragón luciendo su uniforme de gala parado al lado del tunecino mientras mantenía la mano alzada sin inmutarse.

William Wood, sargento de la Brigada Ligera, nacido en Leeds el 25 de octubre de 1820, hijo de Susan Shaw y Jack Wood, artesanos textiles. Yace junto a su caballo en el campo de Balaclava.

El Dragón vestido de gala sigue esperando la respuesta del soldado tunecino que no cede a su persistente obstinación de sostener su brazo alzado.

Un carro tirado por dos caballos en mal estado se detiene frente a ellos. Un soldado francés sentado al lado del mayoral se para y mirando al jinete y su caballo le dice al tunecino.

—Ya puede bajar el brazo, este jinete y su caballo serán enterrados aquí. —se vuelve a sentar y el mayoral agita las riendas avanzando por el campo.

—!Hey!, Galo ¿a dónde vas? No puedes dejar a un soldado británico para que sea carroña, y su caballo que ha sido amigo en todas sus conquistas no puede ser abandonado sobre la tierra. ¡Ven aquí maldito francés! ¿no me oyes? —quiso salir corriendo tras el carro, pero sus piernas no se lo permitieron, era como si fueran un arbusto plantado en el suelo.

El soldado tunecino baja el brazo y gira su cuerpo hacia el sur extendiendo su mirada hacia el Mar Negro, el silencio cubre todo el campo de la muerte, levanta sus manos abiertas a la altura de sus hombros. El Dragón lo observa y escucha la voz del tunecino y entiende cada palabra.

—Allahu Akbar, -su voz se eleva “Dios es Grande”.

Baja sus manos y las cruza sobre su pecho, el Dragón repite el gesto.

—Detente Mayoral —Se escucha la orden del galo, mira hacia atrás y salta del carro. —Ayúdame Mayoral este otro soldado está vivo, tal vez el médico pueda mantenerlo en este mundo. —Baja de su asiento y al ver al tunecino le grita,

—Ne yapiyorsun Tunuslu? O senin kardesin degil! —Indignado le dice “¿Qué haces tunecino? Ese no es un hermano”, él sigue mirando al sur.

—¡Callaté Turc! y ven aquí que debemos ocuparnos de los vivos. Deja al tunecino que se ocupe de los muertos. —el Mayoral y el francés suben al carro al soldado herido.— Ten cuidado, su pierna derecha está partida en tres, y su brazo apenas sigue unido a su cuerpo. Me han convertido en enfermero por no haber perecido como todos los Dragones. Haber sobrevivido ya no es digno, tantos muertos me han robado la gloria.

—Bismillah ir-rahman ir-rahim. Al-hamdu lillahi rabb il-alamin. Ar-rahman ir-rahim. Maliki yawm id-din —recita en voz baja y el Dragón repite “En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Alabado sea Dios, Señor de los mundos. El Compasivo, el Misericordioso. Dueño del Día del Juicio.”

—Allahu Akbar —levantan suavemente sus manos, y repite “Dios es grande”.

—Allahumma salli ala Muhammad wa ala ali Muhammad —el Dragón repite la oración del profeta “Oh Dios, bendice a Muhammad y a la familia de Muhammad”.

—Allahu Akbar —alzando las manos, “Dios es grande”. El tunesino inclina levemente la cabeza y recita la súplica por el difunto —Allahumma ghfir lahu warhamhu wa afihi wa´fu anhu. Allahumma la tahrimna ajrahu wa la taftinna ba’dahu —y el Dragón también inclina su cabeza “Oh Dios, perdónalo ten misericordia de él, protégelo y perdona sus faltas. Oh Dios, no nos prives de su recompensa y no nos pongas a prueba después de él”. —Ambos levantan sus manos por última vez

—Allahu Akbar —silencian sus voces y giran sus cabezas hacia la derecha— As-salamu alaykum wa rahmatullah —“La paz sea con ustedes y la misericordia de Dios”, giran la cabeza hacia la izquierda— As-salamu alaykum wa rahmatullah —Bajan sus brazos.

Una luz aclara el sitio y el Dragón al ver el rostro del jinete se reconoce en él.

—William qué haces allí y tu Orión ¿quién les ha hecho esto? ¿Quién me ha hecho esto?… solo veo camaradas y tunecinos durmiendo. ¿Mi gala acaso es una broma? Tu William Wood vistes las ropas desgarradas, húmedas por la sangre, teñidas por el barro. Yo William Wood visto de gala en el campo de la muerte. ¿Qué broma tan cruel es esta? Tunecinos que hallan muertos para elevarlos y un galo para hallar británicos que aún gimen con sus esforzados alientos, que sueñan con una efímera oportunidad para regresar y abrazar a sus hijos, para amar a su mujer. No hay nada en este hedor de muerte que me honre en usar la gala, debería portar el sable y el uniforme de la batalla y alzarme y llevar a las almas enemigas al infierno.

—Te quejas sargento inglés como si fueras el único que ha sido castigado por el cielo y olvidado por los ángeles. Yo también he sido vestido de gala como si el Zar me hubiera llamado. ¿Parece que somos los únicos? O el cielo nos ha premiado por una vida honrada que sé que no he tenido o el infierno quiere recibirnos con glorias y mujeres para satisfacer nuestra gula.

—¿Quién sos? O más bien ¿quién fuiste?, porque si yo estoy tendido allí junto a Orión, tú eres …

—Nicolai Popov de San Petersburgo, teniente de Caballería. Tal vez, también padre, si pudiera portar ese grado, de Irina Popov, a quién he conocido solo por las cartas de su madre.

—William Wood, de Leeds, hasta hoy sargento, mañana quién abre o cierra las puertas del cielo dirá si ángel o demonio. Lamento tu dolor por Irina, aún no he tenido hijos por los que deba velar, me espera una hermosa y testaruda mujer, Laura, y mis padres Susan y Jack. Veo tu cuerpo y el de tu caballo, él ha sufrido mucho no ha muerto enseguida.

—Mi más fiel camarada. Ha cuidado de mí hasta en las batallas del amor. Krasny, así lo llamé, porque nació hermoso. Sea en el cielo o sea en el infierno siempre será él a quien extrañe.

—Es nuestro destino, llegar a viejos no se nos permite. Nacimos para ser héroes y solo muertos se concede tal honor.

—Esa es nuestra vida, cabalgar no en un desfile sino en la carga de caballería hacia el enemigo, lanzados sin más ambición que cumplir la misión y si en ella perecemos la gloria nos es otorgada. Y aquí estamos los dos, para custodiar todas estas almas y llevarlas al último cuartel.

—Si esa es la razón entonces el mayor honor se nos ha concedido, guiar a nuestros camaradas hacia la nueva Brigada. Este campo de la muerte renacerá como un camposanto. Nuestros cuerpos serán alimento de la vida futura, y nuestras almas tendrán la misión de luchar por quienes aún siguen sobre esta tierra.

—Ven, vayamos. Los tunecinos harán su trabajo y sus oraciones despertarán las almas de nuestros camaradas y antes que los demonios los demanden cumplamos nuestra tarea de mayorales para llevarlos a la gloria que merecen.

—Si, vayamos. No sea que el galo imagine un aliento en nuestros cuerpos que dejamos y pretenda que volvamos a ellos para robarnos la misión que la muerte nos encomendó.

Las almas de William y Nicolai caminan hacia el horizonte con sus uniformes de gala, donde el sol nace, tendiendo sus manos a cada alma que encuentran. Allí va el nuevo ejército con sus mejores uniformes, muertos como enemigos renacidos como camaradas.


------------

#Paulus - Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

25 de octubre de 1854, Batalla de Balaclava, Crimea. Brigada Ligera. Regimiento de Dragones Ligero

La imagen es la Estampa de Moraine cuyo original digitalizado se encuentra https://gallica.bnf.fr - Bibliothèque Nationale de France.

nobloyan@gmail.com

viernes, 8 de mayo de 2026

Los sucesos extraños suelen acaecer en noches frías de invierno

 

Ya es de noche y estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires.  Estoy cansado, necesito alejar a mí mente de esa batalla virtual en la que me involucraron. Tal vez, detenerme para cenar sea lo mejor. Vi la luz del bodegón encendida, el que está en la esquina frente a la plaza.

Los Bodegones son lugares que te transportan hacia una estética definida por los sabores y las texturas de aquellos platos que firmaban mis abuelas, recuerdos culinarios de mí infancia en aquellas reuniones que transcurrían en la cocina y reunían a la familia. Hoy manos hábiles recuperan aquellos sabores, texturas y un ambiente de familia con el mismo bullicio de aquella cocina de mí infancia.

Estacioné y caminé hacia la luz. No se oyen conversaciones en la calle, sólo resaltan los manchones de luz que pintan las luminarias sobre la calle tiñendo el paisaje de un aire estremecedor. Aceleré el paso y a través de las ventanas del bodegón puedo ver seres algo difusos, a veces inmóviles como si el tiempo se congelara y otras veces en movimiento. La sensación es rara. Alcancé la puerta.

Traté abrirla sin lograrlo. Volví a intentarlo y fracasé nuevamente. Escucho movimientos en el interior. Busqué algo que indicara cómo abrir esa puerta. Un timbre, un cartel con las palabras "¡golpee aquí:", un teclado para ingresar un código, un escáner biométrico, pero no había nada.

La espera no es placentera por el frío y esa llovizna persistente. Una brisa helada inesperada golpeó mi espalda y todo a mi alrededor se volvió difuso, salvo la puerta. Algo está sucediendo. Una fuerza desconocida me transforma en energía y siento a mis moléculas viajar hacia el interior para finalmente reconstruirme dentro.

  —El plato de hoy es mondongo, —dijo un ser de azul parado frente a mí para recibirme mientras me palpo mí cuerpo con la esperanza de que nada se haya perdido en el viaje cuántico.

  —No, hoy prefiero milanesa con papas fritas y una cerveza.  —Le respondí.

Me senté en la mesa que se encuentra sobre la ventana y a la altura del mostrador donde los seres de azul se congregan. Abrí el libro que lleve conmigo aprovechando la capacidad de contraer el tiempo que posee la lectura, durante la espera del arribo de la comida. Cada tanto levanto la vista y veo a través de la ventana el exterior difuso provocado por un extraño juego en movimiento caprichoso de las luminarias en la oscuridad, a veces inmóviles y otras en movimiento a variadas velocidades, como quien viaja en un tren.

  —El plato de hoy es mondongo, —escuché otra vez la voz del ser de azul, el más joven del lugar, que repetía como saludo ante la aparición de una nueva persona,

— No gracias, ¿Puede ser matambre al horno con papas? —Le responde el nuevo comensal.

—Sí, y ¿para beber? —Le pregunta el joven ser de azul.

—El vino. —Refiriéndose a una botella de vino que guardan para él, que consume de a poco con cada visita al bodegón.

Se ubicó en la mesa junto al mostrador vecina a la mía, como si fuéramos un mismo ser que se refleja en un espejo, con la apariencia de compartir un mismo tiempo, ambos estamos sentados solos, pero no en soledad. Pronto comencé a darme cuenta de la variación del tiempo, a veces transcurre más lento y otras se acelera.

Llegó la comida, una fuente colmada para al menos dos comensales. Al mismo tiempo, en la mesa contigua, la que ocupa Juan Carlos, a quien conocí más tarde, sucede una charla entre él y un ser de azul, el mayor a todos, de nombre Marcelino. Un ser hábil en construir diálogos.

Volví la mirada hacia la ventana y algo cambio. Ya no veo la calle sino que se suceden lugares y situaciones reales coincidiendo con los tópicos de la charla que llevan Juan Carlos y Marcelino. Puedo sentir los aromas, el clima, los sentimientos, las alegrías y dolores, como si yo hubiera vivido esos eventos en otro tiempo y los rescatara de la memoria para vivirlos nuevamente. Estoy desorientado y tratando de encontrar una explicación racional.

—Aunque quieras no puedes ni debes, cambiar nada allí. —dijo otro ser de azul, sobrino de Marcelino, que apareció frente a mí como si las moléculas del aire le dieran su forma.— El tiempo es una necesidad de la mente, si cambias algo en tu pasado, ya no estarías aquí y tu futuro tendría otro camino. —Quise responderle, pero de pronto lo vi tras el mostrador.

Entonces, volví mi mirada hacia la mesa contigua, y Marcelino, mirándome a los ojos, comenzó a responder las argumentaciones de Juan Carlos como si esas respuestas fueran necesariamente para mí.

Seguimos la charla de mesa a mesa, Marcelino ya se había trasladado a otro lugar, mientras disfrutábamos de nuestros platos. Al avanzar la charla se hacía cada vez más notable las similitudes entre nuestras vidas; como si Juan Carlos fuera yo mismo en otro plano, una suerte de juego perverso del espacio-tiempo en una danza que me excluye y me obliga a ser observador. La intriga de lo que seguirá me desorienta, esa incertidumbre que hace imposible predecir el siguiente instante.

Terminé la cena y me despedí de Juan Carlos y de los seres de azul. Salí del Bodegón de la misma forma que ingresé, conté mis moléculas, están todas. Mientras camino hacía el auto regresé mi mirada hacia el Bodegón y en su interior sólo vi a los seres de azul.

Una brisa helada golpea mi espalda, qué sensación rara, nuevamente todo se vuelve difuso.

Estoy volviendo a casa en mi auto por un barrio de Buenos Aires. Más adelante veo la luz de un bodegón en una esquina frente a una plaza, pienso en detenerme para cenar, freno y finalmente sigo hacia casa. Miré por el espejo retrovisor y la luz del bodegón ya no está, sólo veo la luminaria de la calle con su caprichoso juego con la oscuridad.

#Paulus  Pablo A. Bevilacqua
Mayo 2026

Escrito en el Bodegón de Marcelino, Villa Sarmiento, Buenos Aires en Julio 2023. Varios de los cuentos y ensayos nacieron allí.

nobloyan@gmail.com

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Por suerte no …

 Su rostro se desfiguró al ver la bala que se dirigía hacia ella. Ya nada que hiciera la evitaría. Fue el destello o el sonido de la detonación o ambos lo que la advirtió, no lo sé. Repaso ese instante en mi mente una y otra vez y no logro entender, ser testigo te encierra en una rueda que gira sin detenerse en el mismo instante. 

Me duele la cabeza, debe ser por no dormir. Cierro los ojos y se encienden las luces de la escena, los personajes están allí, en el centro de un callejón que cruza una manzana a 90 grados, cada uno en su marca, la obra empieza. Un destello y luego una detonación y una bala sale de un revólver que lo sujeta el primer personaje. Zapatillas negras, pantalón de Jean, buzo con capucha que cubre su cabeza, un mechón de pelo rubio que sobresale de la capucha, el pie izquierdo 15 cm delante del derecho, las manos juntas sujetando el revólver a la altura de sus hombros, su cabeza algo inclinada mirando a su víctima.

En el otro extremo el segundo personaje que en unos instantes caerá al suelo. Pantalón claro, remera azul, saco celeste y un gorro. Está caminando con paso presuroso con su vista fija en mí. Un tercer personaje opuesto al tirador es una señorita con un vestido rojo que le llega hasta su rodilla, cabello oscuro suelto que llega por debajo de sus hombros y lentes negros; inmóvil, viendo pasar al segundo personaje delante de ella y mirando hacia el tirador.

El destello y la detonación sorprenden a la señorita que busca de alguna forma evadir la bala que viene hacia ella ocultándose detrás del segundo personaje. Del otro lado el tirador, ausente, sin sentimientos, seguro de su tarea y la calidad de la misma. Esa tarde había limpiado y aceitado el arma, revisó que las balas fueran las nuevas y llenó el mismo el cargador. Lo hizo en su departamento, a tres horas de tren del lugar planificado para el trabajo. Verificó cuidadosamente la tensión del gatillo, lo suficientemente blando para que la tensión de la mano no mueva el arma y lo suficientemente duro para evitar un tiro por error. Disparó tres balas para verificar el arma y luego repuso esas balas.

El segundo personaje también advirtió la detonación, pero su reacción fue distinta, apenas giró su cabeza hacia la señorita y observando sorprendido su rostro entrando en pánico. Esa tarde había escuchado tres detonaciones de un arma cuando pasó caminando delante de un callejón hacia la estación del tren. Apuró el paso y llegó agitado a la estación. Al entrar al andén tropieza con una señorita de revestido rojo. Quiso disculparse y aprovechar la oportunidad para iniciar una charla, pero ella no estaba dispuesta, lo dejó hablando solo. El tren arriba al andén y suben tres personas.

Todo se precipita en la escena. El segundo personaje es golpeado por una bala justo cuando pasa delante de la señorita del vestido rojo. El primer personaje ya había girado su cuerpo para huir cuando advierte que olvidó recoger el casquillo, trató de volver sobre sus pasos pero el grito desgarrador de la señorita lo obliga a abandonar la escena preguntándose cómo no había advertido que el segundo personaje no se detendría.

El cuerpo tirado en el piso, una joven de vestido rojo llena de lágrimas sentada a unos pasos del cuerpo, unos lentes oscuros tirados a un costado. Los ojos del segundo personaje mirándome. El primer personaje subido al tren de regreso repasando una y otra vez la escena, ya al borde de la tortura. Tratando de visualizar cualquier otro error, se había confiado.

Aún no puedo dormir más de una hora seguida. Veo la bala buscando un destinatario, como si el tiempo se dilatara de tal forma que su movimiento pudiera ser visto desde su salida del arma hasta golpear en un cuerpo desafortunado. 

Las presuntas van y vienen en la mente del herido. Todo concluía en que la bala lo había encontrado por casualidad, por no haberse detenido a disfrutar un café en el bar o a comprar el regalo para el cumpleaños de Ana, la decisión de postergar todo y solo vivir el apuro lo puso en el lugar equivocado, ¿casualidad o …? 

Desandó sus pasos desde el instante que la bala lo encuentra y descienden del tren. Es esa la morocha de vestido rojo y gafas oscuras que camina delante de mí, entre nosotros un hombre de cabello rubio que parece no quitar la vista de ella e iguala constantemente su paso. Pero, por algún motivo que ya no recuerdo estoy sumamente apurado, no hay tiempo para detenerme. 

Luego me detuve en la joyería, ahí está el anillo que estaba buscado para el regalo de Ana. Abrí la puerta y recordé que estaba apurado, podría comprarlo de regreso, seguí caminando. Unas cuadras más adelante me cruzo con Jorge, tenía tantas ganas de tomar un café con él, podría hacerlo volviendo a la tarde si no me atraso mucho. Seguí mi camino y apuré el paso, tomando el callejón llegaría antes. Entro al callejón, al llegar al centro y doblar 90 grados está la morocha otra vez, veo su rostro, la esquivo, no me detengo y siento un golpe en mí pecho. Me caigo, bajo de mi la aspereza del suelo. Sus gritos son lo último que recuerdo y a Ana. 

Vuelvo a la escena, me despierto nuevamente todo transpirado, nervioso, como en una pesadilla, de esas que no te dejan ir. 

Alguien llamó a la policía, se escuchan las sirenas y un murmullo. La joven parece reconocerme a pesar nuestro encuentro tan fugaz en la estación. Siento sus lágrimas sobre mi rostro, ella se aproxima, creo que quiere saber si respiro. ¿Sabrá que la bala la buscaba a ella?

—Perdóname, no tuve opción —me susurró al oído— Seguro te preguntarás por qué, debía ser así. Dame la joya y me iré. Ya están por llegar. —Trata de parase y siente correr sangre desde su pecho. La bala había seguido un recorrido inesperado. 

Ella no podía imaginar que el precio de una bala no compraría el anillo que él debía comprar para Ana. Su rostro ya no está junto al mío, siento su mano recorre cada bolsillo sin encontrar nada. 

—Idiota, ¿dónde la dejaste? —Se levanta, la policía está entrando al callejón, ella sale corriendo, tambalea y cae sobre el suelo antes de dejar la escena y golpea su frente contra un casquillo.

La escena se desvanece y yo logro dormir. Despierto con su rostro a mi lado, bajo de mí la suavidad de las sábanas, siento sus lágrimas caer sobre mi rostro y su mano sostiene mi mejilla, apenas percibo su perfume. 

—¡Ana! … 



Pablo A Bevilacqua

#Paulus

Diciembre 2025

 

viernes, 29 de agosto de 2025

Mr. Jerney, in bocca al lupo!!

En la calle el aire se está enfriando y la noche está por llegar. El bar está lleno y el ritmo late componiendo historias extraordinarias de las vivencias simples de esas personas comunes. En la barra corre la cerveza, el whisky, la charla,  el Rock que vibra mezclado con los cantos de fanáticos por el partido que se transmite en las pantallas y cada tanto la rivalidad de los presentes se resuelve con una apuesta …

Mr. Jerney tiró su moneda de la suerte al aire.  La ve subir dando vueltas con la esperanza que la gravedad la devuelva al suelo del lado … ¿Qué lado había elegido? Olvidar algo tan simple,  solo transcurrieron unos segundos de la elección, justo antes de arrojarla al aire.


La moneda alcanzó su cima. Por un instante rogó que ya no regresara como si fuera posible vencer la gravedad con solo desearlo, pero no, ello no sucedería, la moneda caprichosa y irrespetuosa cedió ante las leyes del universo y comenzó su viaje de regreso, eso que suelen llamar caída libre, aunque Mr. Jerney, ayudado por unos previos vasos de Whisky, en su mente cuestionaba el término “libre: pues que libertad posee si es esclava de las leyes de la física, entonces ¿el azar sería verdaderamente azar o solo azar por el desconocimiento de la fórmula que lo explique?”, filosofía que no puede evitar su caída hacia su destino. 


Mr. Jerney comenzó a ver cada vuelta de la moneda al girar, primero Cara y luego Cruz, tratando de recordar su apuesta. Los nervios lo invaden ¿cómo saber si deberá  festejar o pagar la apuesta? 


Comenzó a imaginar una estrategia para que nadie notara su olvido. La moneda continua su viaje sin paradas intermedias sin detener sus giros. Así comenzó a tramar que hacer, pero ese plan ingenioso al ver Cara, lo descarta al ver Cruz.


Para Mr. Jerney el tiempo se dilata, los segundos parecen minutos.


Imperdonable, una vergüenza insuperable. La moneda ya gira frente a sus ojos. Su corazón parece endurecerse como una roca, su garganta se estrangula. El frío sudor que desciende desde su frente hacia su pecho le recuerda que se aproximaba el final, los últimos instantes de su vida y comienza a revivir su pasado: “Aquel día que llegué a la ciudad  trayendo tantos sueños. El tren frenó abruptamente y casi caigo sobre una hermosa chica con aroma a perfume de vainilla que estaba frente a mí. Cómo olvidar sus ojos, su sonrisa. De repente el bullicio, la prisa, nadie se detenía. Caminé hacia la puerta del vagón con mi valija en la mano y me detuve con un pila de sueños y ansiedades, era tan joven, tan imprudente. Había llegado al umbral de mi futuro.”


La moneda da otra vuelta … Cara … y otra … Cruz. Mr. Jerney comienza a sentir que sus piernas ya no lo pueden sostener. Otra vuelta … Cara … y otra … Cruz.


“Nunca podré olvidar cuando crucé el umbral de aquel edificio imponente una mañana templada. Mi primer trabajo en la ciudad, mi primer sueldo y el primer día en el bar con mis compañeros. Fue una tarde fría que en ese mismo umbral mis piernas se aflojaron el día que me despidieron y ya no tendría el sueldo ni el bar con mis compañeros.”


Las vueltas de la moneda continúan. Cara … Cruz … Cara. Mr. Jerney mira fijamente su moneda en el aire observando cada detalle, como si fueran las sombras sobre la Luna.


“Había Luna llena, esa noche por alguna razón brillaba como si fuera un sol, no podía quitar la mirada de ella. Cuando baje la vista vi sus ojos, su rostro, su sonrisa. Era aquella chica del tren con aroma a vainilla en mi primer día en la ciudad. Mi Camila, ella despertó mi vida. Mi mejor apuesta.”


La moneda llegó a su destino, Mr Jerney se enfrentó a lo inevitable, ya nada puede ocultar su peor fracaso. Cerró sus ojos y la moneda impactó contra el suelo. Enfrenta lo imposible. Una algarabía estalló, como si el lugar se llenara de fuegos artificiales, gritos y chiflidos.


Mr. Jerney no sabe que ocurre. Al abrir sus ojos ve la moneda allí erguida, de canto. No era ni Cara ni Cruz, de canto. 


“Era primavera y yo lo sentía como otoño, aquel día que caminábamos con Camila por la ribera del rio. Estaba tan angustiado como si el cielo se desplomará sobre mí y Camila me dijo: —Siempre esperamos que la moneda caiga cara o cruz, pero cuando menos lo esperamos cae de canto. Siempre hay una opción novedosa.”


Mr Jerney lo recordó. Su apuesta fue que caería de canto, lo imposible.


#Paulus - Pablo A Bevilacqua

Otoño 2025

domingo, 24 de agosto de 2025

El diario de Emma

—¿Quién es Emma? —Pregunta el Sr. Red a la Sra. Bianca. Como si la Sra. Bianca no se diera cuenta de la fascinación del Sr. Red por acumular cosas nuevas.

—La hija menor de la familia Hernández, los que se mudaron a la residencia que vendieron los Chiskey en el norte del club. —Le responde la Sra. Bianca al Sr. Red mientras gira su cabeza a ambos lados tratando de distinguir a los nuevos vecinos.

La mirada de ambos como la de los demás siguen a la joven Emma, de recientes 18 años cumplidos y realmente hermosa, imposible de no ser encantado por ella. La fiesta se desarrolla en los jardines del Club House, donde Emma y su familia se presentan a la comunidad en un ambiente distendido (a veces fingido). El jardín está dominado por una variada gama de verdes e iluminado con canteros florales sobre los que destacan los blancos y rojos, con sus intensos aromas de primavera; perfectamente mantenido (el jardín y los secretos).

La ocasión le permitió elegir su vestido blanco, ese que el sol trasluce, de modo que cada rasgo de su cuerpo puede ser imaginado en su detalle más íntimo. La elección no fue un error, tal vez si una imprudencia reprochable para esta ocasión y sancionada por sus padres y hermanas. Es un lugar selecto donde nada ni nadie se desconoce. Vidas libres y privadas, esclavas de sus deseos y de sus secretos guardados. Ambiente al que Emma gusta confrontar y ciertamente lo disfruta.

Muy joven para comprender los alcances de sus juegos sociales, aunque experta en algunos de ellos, al menos aquellos que alteran a su familia. Los meses pasan y los eventos del Club House se suceden donde los ojos de los presentes siguen los movimientos de Emma mientras simulan participar de las charlas insustanciales del club. Emma busca esas miradas aunque le intrigan aquellas que distingue de los hombres que prefieren otros intereses y de las mujeres que ocultan su estremecimiento por ella. No hay mente que no la haya memorizado, que no la haya deseado u odiado.

Cuando llega la noche y es propicia la hora para los encuentros que dan comienzo a los juegos íntimos entre amantes, el rito es abatido por otros pensamientos. Ellos, que pretenden ser los dueños del clímax, en el momento preciso del éxtasis el rostro de la mujer que comparte el lecho se transforma en el rostro de Emma. Ellas ven los ojos de sus amantes tornar lejos de ellas e imaginan la traición de aquella jovencita que como un mal espejo resalta de sus cuerpos todo lo que ellas imaginan les roba la belleza. El placer se escapa, el clímax se pierde.

En varias oportunidades fue abordada por algún hombre o alguna mujer y Emma conserva la distancia porque intuye que en cuanto alguno alcanzara satisfacer sus deseos quedaría expuesta ante todos. Los secretos en este mundo no existen, los amantes secretos jamás son secretos. También duda, que aunque cada parte de su cuerpo se enlaza con mayor perfección que el de Afrodita, pueda dar respuesta a las pasiones y el clímax imaginados por esos pretendientes fantasmas en la misma medida de su perfección corporal. Emma no tiene interés en compartir su cuerpo, tal vez por miedos, tal vez por rituales, al menos con esos extraños de juventudes perdidas.

Nada impide a Emma pasear, charlar y reír. Todo es guardado en las páginas de un diario, su diario secreto. Un libro del que ella dice "contiene aquello que pude observar, enriquecido al imaginar la avaricia de acumular conquistas de una breve duración, la ira que emerge al traslucir todo aquello que se desea ocultar y la gula por devorar hasta el último placer". Emma compone una cápsula del tiempo que recuerda al reloj que en su carrera infinita es la condena que Afrodita impone: una joven nueva, un espejo nuevo.

—¿Quién es esa anciana? —Le pregunta el joven White a la joven Hernández, quien es seguida por todas las miradas en el jardín del Club House, embellecido por la primavera.

—Es Emma, mi abuela. —se aleja del joven White y corre hacia Emma, la toma del brazo—. Abu, ¿Hay más historias en tu diario?

—Mi querida Emita, muchas, algunas felices y otras no tanto. Ven, caminemos juntas y disfrutemos ambas del jardín que ya habrá otro momento para capturar miradas y seguir escribiendo porque el placer sin amor es su sombra.

#Paulus - Pablo A Bevilacqua

Agosto 2025